Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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miércoles, 26 de diciembre de 2012

LOS ESPEJOS NO MIENTEN

Una vergüenza que no se siente. Se miró en el espejo mientras caminaba y eludió casi como acto reflejo una mirada que le pertenecía, pero que no deseaba confrontar. Una mirada cándida, que no le mostraría sus pasiones futuras, sus desamparos inciertos, o cualquiera de sus múltiples reacciones ante la hostilidad de la vida. No podía ser. Y a pesar de tal blancura y docilidad de ojos diáfanos por mocedad, no soportaba mirarse. No lo soportaba. Vaciló unos instantes, fugaces, para aclarar su mente, en la soledad de una habitación que no le pertenecía y resolvió en regresar unos pasos hacia aquel aparato proyectando el vacío del tiempo. Eso era su escasa experiencia, un vacío del tiempo. Sólo así comprendió que, efectivamente, ese vacío causaba el recalcitrar de su cuerpo entero frente a su propia imagen; el recalcitrar de su propia ilusión. Sólo ilusión, pues se estimaba ser de un modo, aunque resultaba ser de otro.

Mirando fijamente alcanzó a descubrir que prefería acercarse lo más posible, tan sólo para apreciarse definitivamente en su completa perspectiva. Viendo a tan poca distancia sus globos oculares, las pupilas se dilataron y la sequedad acudió sin piedad para producir el ardor, como una imagen de fuego que no se veía, pero que estaba allí, en sus ojos. Se alejó un poco para llorar ese dolor minúsculo y retomar la brillantez acuosa y salada, aséptica, de su visión. Un pequeño llanto de nada. Entonces apreció su nariz de gota simpática. Una gotita fina, especialmente digna, llena de presunción. Presunción por siempre. La curiosidad fue invadiendo poco a poco los terrenos que el temor pretendía conquistar. Volteó hacia arriba y hacia abajo, y a todas partes de las tierras vírgenes de su propio rostro. A todas partes. Descubría lunares sobre estepas de piel, manchas morenas sobre mesetas de color uniforme, poros de diversos tipos, vellosidades de finuras obvias, y a cada paso profundo de su observación todo parecía interesarle más y más. Dejó de preocuparle el tiempo. Dejó de atender a la intemperie voraz. Su contemplación eterna fue provocada por un éxtasis sin precedentes, con el cual lograba compaginar sus ánimos con sus sonrisas, sus frustraciones con el juguete de unas cejas que tomaban la forma del ceño fruncido, y sus sorpresas con las arrugas que desaparecían en un santiamén al pasar de nuevo a las sonrisas.

Se admiraba. Había antes visto los cuadros de retratos y los cuadros de paisajes, pero nada le generaba tanta expectación y duda como aquel espectáculo ofrecido por algo que no concebía y que era su propio rostro. Con ello sintió desilusión. Una muy enorme. Sabía que le sería imposible mirarse con sus propios ojos tal y como miraba en carne y hueso a las personas que más quería, su gente. Sabía que sólo podía entretenerse con aquella función de increíbles artificios a través de un trozo de cristal que nada tenía que ver con la carne y el hueso del resto del mundo. Y sabía que las decepciones que antes había sorteado eran nada en comparación con aquella cosa tan triste para sí. Buscó consuelo. Tomó con sus manos esa piel y esos poros, y la grasa sobre la piel y los poros. Tomó con las yemas dactilares los párpados y con unos dedos cerró uno de ellos mientras su otro ojo le apreciaba cerrado. Nada más suave y dulce que ello, un párpado. Tomó también sus pestañas y las pasó una por una cual si fuesenn las cuerdas de un arpa. Sus cejas, sus labios, sus fosas, todo se sentía. Logrando empatar la imagen visual con la imagen al tacto, la sinestesia le ofreció lo que la naturaleza no le pudo otorgar, si bien irreal, un gusto del cual no quiso asegurar nada tan sólo por aliviar la desazón al comienzo.

Llegó la calma. Finalmente, despertó del trance por hacerse de satisfacción plena y sin más que hacer, siguió el curso que había interrumpido antes. No lograba creer lo que su narcisismo le hizo apreciar y gozar, pues no se trataba de su belleza o de su fealdad, conceptos vanos éstos, sino de su verdad, la que le hizo abrir los ojos a su yo sin límites, el único que tenía y del que no cesaba de recordar con admiración. Una verdad que cambiaría el rumbo de su destino por querer mostrársela a su gente. No sentía vergüenza por nada gracias a esa verdad (tal y como otras verdades nos hacen sentir) y siguió sin pensar en aquel miedo que tenía, pero que se esfumó. Y sólo quedó el espejo, reflejando eternamente cada paso del tiempo.

26 de Diciembre de 2012

LA INMUNDICIA DE LOS ERRORES

No faltaba armonizar el hogar, pues ya se había asumido la decisión de su madre, o de su esposa: siempre era la misma mujer. Apenas transcurrían las primeras horas y las vidas de ambos ya estaban casi reconstruidas por completo, ya que ninguno necesitaba de ella, no en aquellos instantes solamente, sino desde hacía una eternidad acaecida entre el desconsuelo de tener que soportarla y el amargo sabor que resultaba tan sólo de verla caminar por los pasillos de un apartamento con tres habitaciones, un número que premonitoriamente anunciaba la cisma familiar. La cena, preparada por su padre, había sido planeada en la imaginación de cada uno, y al resultar que los detalles supuestos con antelación y anhelo coincidían con la realidad tan deliciosamente experimentada, ambos se sonrieron espontáneamente. No obstante, dentro de toda esa imagen de paz y tranquilidad ensayadas, existía una leve expresión que pervertía la realidad de la celebración. Una mirada. Aquella tan llena de coquetería y dirigida hacia él. La misma que sin equivocación había percibido su madre y que la escandalizó en un grado agudo, pero insuficiente para liberarla de sus prejuicios, mismos que la obligaron a esconder sus ideas acertadas sobre la hija respecto al padre. Al instante de detectarla, mucho antes de partir, la mujer se indignó por un fingido motivo que la hizo alejarse cobardemente del comedor, pues jamás había concebido el confrontar a su hija para corregirlo en el momento apropiado. Siempre ella con sus prejuicios.

Avanzados los días, y luego de un año y medio de cotidianidad eternizada, la falsa señora de la casa había olvidado el incidente, más por eludirlo que por no tomarle importancia, sin embargo ya habían comenzado las disputas ocultas en contra de ella. No terminaba una discusión con la hija por su tardanza al llegar del colegio, cuando ya el marido le soltaba un sermón pesadumbroso y lleno de quejas sobre porqué no debía reprender a la «niña». Un ejemplo de tantos enumerables que terminaron con la paciencia de ella para preservar su matrimonio y con el instinto que debió necesitar para proteger a su hija. Protegerla de la realidad, tal y como nunca logró hacerlo. Tan sólo habríase de recordar la ocasión en que la menor ingresó a la cocina y por una cuestión de suerte no terminó sino con un diminuto rasguño ocasionado por herirse con una astilla de alguno de los muebles de madera al colocar su brazo muy cerca de él y rozarlo por alejarse con mucho susto de la olla que cayó con el estrépito del agua hirviendo que contenía. Hechos como éste fundaron un odio persistente que la joven (años después), necesitada de una madre como las auténticas, alimentaría de una forma sutil: con un retrasado complejo de Electra.

Ya no habiendo marcha atrás, sin el único obstáculo para seducir a su padre, que era su madre, externó con mucho descaro la sensualidad inconcebible en el sano juicio de las personas para con sus progenitores, pues no siempre los hijos heredan los rasgos corporales, pero sí los hábitos y costumbres de respeto para con los miembros que no «conservan la misma sangre», pero como si así fuese. Como hombre distraído, el padre torpemente intuye que esa actitud es debida a los efectos de su alegría y encanto por la buena noticia que era para ambos la partida de la «bruja». Así que, como mujer astuta que había nacido la hija, hizo mucho más obvio y hormonal, estimulante, el ejercicio de atracción. Dejó entreabierta la puerta de su habitación y comenzó a exclamar sensualidad a través de gemidos sugerentes mientras se encontraba envuelta por su desnudez. El padre, muy extrañado por unos sonidos que en algún momento había interpretado con su esposa ya lejana y que a su habitación llegaban, acercóse al ámbito de origen de éstos, donde su hija se estimulaba con el propósito de lograr que el hombre la estuviese observando, tal y como ocurriría unos pasos más tarde.

Una puerta sin rechinar y suave en su transcurrir fue con la que lidió estupefacto al comienzo él. Más aún, la imagen que lo recibió fue una especie de revelación para un hombre lleno de una libido impenitente. Él no quiso pensar nada y a la vez lo pensó todo. Y la joven fingía que no sabía de tal presencia ante el marco de la puerta, pues actuaba con las manos llenas de una labor de autocomplacencia. No sabiendo qué hacer, sus instintos carnales terminaron guiándolo a su perdición. Una a una se deshizo de las prendas que portaba. Uno a uno tiró por la borda sus instintos paternales, los que debieron hacerlo retroceder y maldecir la situación indecorosa en que halló a su hija, y finalmente aferróse a la joven, cuyo rostro era casi el reflejo del rostro de aquel hombre destinado a morir antes de pensar en lo que hacía. Apenas comenzaban a culminar el festejo por la huída de la madre, cuando la sobrecarga de adrenalina que corría por el torrente sanguíneo del padre, debida ésta a lo inesperado y sofocante de la ocasión, invadió su corazón haciéndole sufrir de una inmensa taquicardia, dejándolo en el más puro estado de inmovilidad. El dolor por la apuración del músculo en cuestión hízole exclamar apenas cinco o seis sonidos guturales que terminaron convertidos en nada, simple deseo acallado por la justicia de la evolución biológica.

Junto al cadáver, la joven huérfana padeció la tristeza de su soledad, la pena de su futuro incierto, y las lágrimas incontenibles que fueron causadas por un error entramado desde el primer instante de su adolescencia transtornada y cruenta. Preparó a su padre para yacer en su cama, tan femenina ésta, hasta pudrirse por completo; lo vistió con un traje sastre lleno de arrugas y lo encerró bajo llave en la habitación. Después salió a vagar por la calle, donde se perdió sin saber ni quién era, ni quién debía de ser. Se perdió en la inmundicia de otros tantos con errores más imaginables o creíbles que el suyo.

26 de Diciembre de 2012

viernes, 21 de diciembre de 2012

EL TIGRE MANSO DEL AMOR

La marea va y viene, va y viene.
Se derrama sobre la arena;
escurre de vuelta la sal hacia el océano.
Es un movimiento hipnótico,
alusinante,
que perdura en un sólo instante,
éste eterno, ciclo tras ciclo
de únicas facciones todos,
pero siempre iguales.
La perpetuidad esperada
y a la vez sorpresiva impide la partida,
porque refleja el miedo.
El agua infude su poder,
su imperio de cristal flexible,
sin fracturas.
Sin quebrantos.
No obstante, sus ojos lagriman
en cada acercamiento,
junto a la bahía del faro luminoso,
mismo que en las tardes obscuras
embarra la negrura incidiosa.
En apariencia la Luna nos guía
con su luz de plata.
Y el Sol, la analogía dorada,
revive al mundo.
Aún así, esta revelación
depende del mundo.
Porque los ojos del tigre duermen
con la vitalidad de Apolo.
Porque las fauces felinas apetecen
sangre por la incandecendecia apagada.
Tus ojos me recuerdan al tigre manso...

24 de Junio de 2012


EL CRUCIFIJO CROMADO

Una veladora blanca, la luz.
Otro par de zapatos y el nuevo vestido;
un último traje.
El crucifijo.
Más veladoras, parafina.
Flores.
Muchas flores, y aromas.
Bebedizos intactos y bocadillos.
Amargos y dulces,
café y galletas,
o té con más galletas.
Madera única sólo en el ataúd.
Y piel falsa, asientos de poliamida.
Más polímeros:
poliestireno, vasos,
por supuesto, platos también,
o acrilamida, rosarios,
celulosa, rezos (libros)
junto a los silicatos, una lupa.
Cigarros prohibidos, poco veneno.
De rosas plena la canastilla;
mimbre entrelazado.
Sin alcano sólido, menos luz;
las rosas marchitas, marchitas.
En el ataúd vacío con barniz encima,
una fórmula.
No así el crematorio.
Cenizas abundantes,
y la mezcla de hueso, polvo,
únicamente poteína.
Agua salada el llanto escaso.
Agua dulce,
cualquier bebedizo en ollas de acero.
Una estufa negra, el calor,
la reacción de otro alcano.
Ese calor, junto al cadáver.

24 de Junio de 2012


ROMANCE QUÍMICO

 
Titulando con lágrimas el destilado del corazón,
absorbiendo los grumos de la vida,
los desechos tóxicos del amor,
el azufre calcinado por el fuego de la pasión,
y cada mililitro del denso mercurio
de la perdición romántica
con los solventes de la ironía,
la cristalería del desengaño transparente,
y el entramado onírico de la filtración;
llamas del mechero alimentado con ansiedad
permiten translucir el espectro
según cada partícula de tu ser.

Y tantas pruebas y muestras
arrojan unánimes los resultados analíticos:
composiciones despreciables de rencor
en soluciones impregnadas de trazas de locura.

Luego, el compuesto del maniatismo,
de fugacidad insospechada,
oprime las fibras más rígidas de la desesperación,
y a condiciones estándar provoca
el deseo de morirse en un baño ácido
aunado a las bases conjugadas de un espíritu trágico:
el dolor y la amargura.

Queda así un nuevo mecanismo
de catálisis solitaria.

12 de Marzo de 2012

[Esta entrada participa en la III Edición del Carnaval de Humanidades alojado por Luis Moreno Martínez en el blog El cuaderno de Calpurnia Tate.]

[Esta entrada participa en la XXV Edición del Carnaval de Química alojado por @ISQCH_Divulga en el blog Moléculas a reacción.]


EN LA BRUMA

...sueño que te desnuda a zarpazos la furia de mis manos,
recargando tu cintura en ellas,
y alcanzo a percibir el hálito asombroso,
tuyo,
en la bruma del cálido baño,
donde las almas resuenan,
reverberando,
con la caída de manatial bajo la regadera,
con tus largos cabellos divinos,
nipones,
y mis lágrimas increíbles se derraman por vivirte,
adorándote en la salacidad de mi cuerpo,
doblegado por la realidad mundana,
sin la divinidad que te invade siempre,
pero vives con el placer de mis yemas dactilares,
sobre tu nuca,
rozando tu pudor eterno,
pudor en la desnudez,
estremeciendo la sangre dorada que denotas como diosa oriental,
delatando tus deseos terrenales,
olvidándonos ambos de que es un sueño,
lejano de día,
tan diáfano por el dominio de la luna,
cuando sueño que te desnuda a zarpazos la furia de mis manos,
recargando tu cintura en ellas,
y alcanzo a recibir el hálito asombroso,
tuyo,
en la bruma...

Febrero 2012


AQUEL HÁLITO SENSUAL

Tan cerca de la vellosidad lánguida
que recubre mis ilusiones contigo,
se encuentra el delicado rostro
del placer llano y puro, franco,
aquél hálito tosco, o rosa violáceo,
o simplemente sensual.
Las tibias falanges danzando juntas,
por nuestros brazos,
cercando el presente
para alejarlo del pasado cautivador,
rodeando la piel
que soslaya cada efecto del frío,
del calor, hallando siempre gran deseo.

Febrero 2012


LECTURA Y ESCRITURA

Leo; sé más.
¿Y qué hago con estas manos?
Con ellas escribo.
De allí leo y sé.
Leerás y sabrás.
Y con tus manos escribirás.
Yo sé grabar el papel.
Tú grabarás aun el aire.
Con mis manos lo haré.
Mis manos son de tinta,
las tuyas son cincel.
¿Cuáles valen más?
Escriben igual.
Se lee igual, se sabe igual.
Y leeré tu texto.
Sabré más.
Escribiré con mis manos de tinta.
Y leerás para saber más.
Escribirás sobre las piedras.
¿Qué manos valen más?
Todas escriben.

15 de Julio de 2011

[Esta entrada participa en la VI Edición del Carnaval de Humanidades alojado por @crazy_apotheek en el blog Cajón desastre.]
 
 

EL CONSEJO IDEAL

Te lo digo y lo ignoras.
Quizá no fue el mejor.
Lo intento y fracaso.
Mi consejo es vano.
¿Cómo hago útil la palabra?
Te la digo y la ignoras.
La echas por el aire.
Mi palabra no sirve.
¿Podrá servir esta vez?
Me oyes pero fallas.
¡Qué culpa cargo!
No hablo; seguro oirás.
No falla.
Parece lo mejor.
Quería ayudarte.
¿Por qué hablar para ayudar?
Hice y te ayudé.
Ni una palabra.
Ya no pretendo controlarte.
Seguro escuchaste.
También yo escuché.

15 de Julio de 2011
 
 

jueves, 20 de diciembre de 2012

LA AGONÍA DEL ABUELO

...ya no hay más,
ni una imagen,
ni la inquietud del viento,
las notas de los valses,
o las risas dentro de la conciencia,
sino fuera,
muy fuera,
los llantos fúnebres,
desplegando soledad el biombo que cautiva,
la pared del silencio,
postrando al alma enferma dentro del cuerpo también enfermo,
sin pasado,
sin recordar nada,
tratando sólo de escuchar,
de alcanzar el sonido de los trinos,
fuera,
donde yace el llanto,
a donde nunca más se volverá,
reducida la vida,
antes de morir,
al petate,
con la sabana mortuoria,
ensangrentada,
regurgitando las entrañas,
tras el padecimiento final,
sin la madre,
sin el padre,
por lo tanto sin las caricias ni el aliento de esperanza,
con los hijos ocupados en limpiar tanta miseria,
y la nieta abrazando al abuelo,
encarnando su dolor aunque sin sentir su soledad,
en el ámbito,
donde ya no hay más,
ni una imagen,
ni la inquietud del viento,
las notas de los valses,
o las risas dentro...

9 de Marzo de 2012


RESABIOS DE LA VEJEZ

Calibrando el reloj de pulso. Así encuentra la hija al padre, limpiando un reloj de oro que deja de funcionar tres horas antes por el estrépito derivado de una caída descuidada e involuntaria del anciano. El reloj ya no sirve. Ella toma la iniciativa de regalarle en el día de su cumpleaños otro reloj, mismo modelo y misma hechura. Lo que ella no sabe es que su padre despreciará el obsequio y lo arrojará al bote de basura en el instante en que ella le explique los motivos de este “atrevimiento”. Así ocurre. Pero antes, la fiesta transcurre tranquilamente en la compañía de los otros dos hijos, ambos varones, de la hija preparándose para entregar el paquete de intenciones solidarias y de los dos únicos nietos que tiene el señor, hijos de su hijo mayor. Ella es la menor. Se ha encargado de las necesidades de su padre desde el día en que su madre murió victima de un camión de carga, por una distracción de ambos, del conductor y de ella. El hombre, el chófer, no para de lamentarse cada minuto en la cárcel y el anciano padre sigue llorando a solas, en su habitación, la pesada carga de amor que no puede desahogar al pensar en su mujer, la que él más amó en toda su vida. Saca los cubiertos la muchacha, la hija. El anciano recibe con gusto a sus hijos y a sus nietos, y juega con ellos hasta el momento de la comida. Los niños no tienen conciencia de los achaques del abuelo, del profundo odio que tiene éste contra la vida y del amor que siempre yace allí, con él, sin poder desahogarse. El conductor del camión saldría libre aquel día para vengarse de la familia que destrozó su vida a costa de desquitarse con alguien por el infortunado destino de la señora descuidada, la que no volteó para ver ambos lados de la calle, la que según él tiene la culpa de todo. Nadie en la familia ignora que ese hombre saldría de la cárcel, pero todos suponen que él no daría con el paradero de nadie, que es un pobre tonto, y que no merece mayor atención en los instantes que para el anciano deben ser especiales. La comida está deliciosa. La hija sabe cómo cocinar, los secretos más profundos en el arte culinario, las lecciones interminables con esa madre tan extrañada y tan egoísta, según el viejo, porque lo abandonó cuando él más la quería. La necesitaba porque la amaba. Sin embargo, a los sesenta años tiene tantos impedimentos morales y tantos disgustos, y tanto rencor contra el mundo que la hija suele decirle, sin temor a ser reprendida, que pronto podría estar con ella, su madre, y que ella jamás lo habría olvidado porque conocía perfectamente el corazón de su marido. El hombre solía decir muchos años antes, de recién casado, que de morirse su esposa antes que él no podría soportarlo y que nunca más sería feliz. Cumple pues ese dicho al pie de la letra, pasados los años, y no es feliz. El asesino involuntario llega por la tarde al domicilio que le facilitaron las amistades de la cárcel, los que tenían contactos con quién sabe quién en no se sabe dónde. Pagó el servicio siendo fiel y sin hacer preguntas. El jefe de la banda al interior del penal de orden común le hacía golpear a quienes él le enviaba golpear, y recibía los golpes en defensa de su patrocinador. Para fortuna suya muy pocas veces tenía conflictos con las otras bandas. En realidad se vivía por la época en que ingresó este hombre al ámbito una paz inintencional, con sus altibajos, por supuesto, pero ya no había muertos desde que las bandas quedaron bien definidas al interior. No era una casualidad. Si afuera las cosas andaban bien, sin pleitos entre criminales, adentro no había razones para seguir batallas sin motivo. Llega el asesino y pretende tocar a la puerta. No obstante, le es imposible. Ve por un resquicio de cierta ventana el pálido rostro del anciano, llorando a solas, después de quince años de muerta su esposa, viudo. Entonces él, el expresidiario, se vuelca en el llanto que la cárcel no le permitió ni un sólo segundo, defendiéndose de todos, cuidándose incluso de su sombra. Es el llanto de ambos hombres el mismo: la vejez. La amargura que en un comienzo vivieron los dos, cada uno por separado, terminó por ser al paso del tiempo un baño de inconformidades sofocantes, de inquietudes sin resolver, un manojo de tristezas que en un comienzo eran ramilletes de coraje, ira e indignación. Los niños y los hombres están impacientes por comer pastel. La hija sabe perfectamente lo que ocurre en la habitación donde se supone que el anciano duerme plácidamente. Por esta razón mantiene en calma a sus hermanos y a sus sobrinos distrayéndolos con sus mejores armas. En el futuro, ellos también serán viejos. Cada uno guardará una rabia particular contra su padre y nunca permearán sus voluntades para perdonarlo en su muerte lejana a los ochenta y siete años. Sin embargo, ellos no tenían forma de comprenderlo, ni tenían la opción de vivir los sinsabores del amor saboteado del padre. En la cárcel siguen recrudeciéndose las visitas negadas, las riñas entre hombres que pretenden un poder imposible, y las indignas formas de los policías al tratarlos. Y el mundo sigue agrandando la caja donde las lágrimas de la ancianidad terminarán, gota a gota, como una forma de expresión de los días, de los meses, de los años sombríos, cuando se mueren los esposos y las esposas, cuando se viven injusticias, y cuando los hijos dejan de amar a los padres. No son los achaques lo más doloroso de este proceso interminable y de incalculables consecuencias, sino las memorias cautivas, las pérdidas sin motivo, los miedos, y la sensación de que existe un Dios despiadado que no permite el amor una vez que se ha implantado. Porque es cierto, el conductor no tenía odio contra nadie, ni tampoco el padre de la muchacha que le regaló el reloj. Pero era el reloj para él, su padre, el símbolo del amor: de manos de su esposa, recibió esa alhaja al año de casados. Arroja el nuevo reloj al cesto de desechos como otra prueba de la vejez forzada. No quería tener otro mecanismo del tiempo, porque el de su esposa era eterno, como se empeñaban en mostrar sus manecillas detenidas a las cinco cuarenta, casualmente la hora en que ella murió. Arrepentido y sin más que hacer, el vagabundo proveniente de la cárcel comienza a pepenar y urga en los restos de una fiesta desalmada. Para su fortuna encuentra el reloj que la hija ofreció como presente. Ese acto de reconciliación con el destino no parece solucionar nada, ni reparar los años perdidos, porque el tiempo no vuelve para nadie y porque la vida se nos escapa entre los dedos por su fluidez sórdida en un viento de desdén, en un viento tan amargo que sólo la muerte puede reparar.

15 de Mayo de 2012

ACIAGAS TRIBULACIONES INSPIRADAS POR EL TIEMPO


El pasillo se mantuvo, durante un año, repleto de figuras, esculturas casuísticas engendradas por el gremio de creadores, almas sensibles y cálidas. Tan tibias que las obras solían cobrar venganza: no toleran (la mayoría) el ardor restante, residuo sobre su piel.

Un pájaro, de sonrisa casquivana, recibía caricias continuamente a pesar de estar inmóvil: pareja simpática, varón y mujer, dábale forma raquítica al alebrije gigantesco, descomunal tamaño el suyo, de costado, por arriba, bajo su barbilla, siempre complacido por las diestras manos que lo palpaban.

Ya terminado y retocado en sus detalles más lindos, resistió, no sin razón, lo chafado del cartón en su piel cuando pasó al corredor de exhibición al aire libre. La comezón se tornó insoportable en su cola, el lomo y las patas. Impotente por no moverse, pasó de un carácter acorde con su pico alegre a otro más maniático, mismo que sólo el viento aplacaba raspándole las partes sufridas.

La lluvia también calmaba su escozor, dañándolo ciertamente, aunque dejándole una mayor comodidad. El agua invadía tanto su estructura que al término de la estación pluvial no dejaba de sentir la misma varicela sin brotes, pero sentía algo más: diarrea. No sabía cagar y el líquido acumulado en su panza, mezcla de pinturas, pegamentos y tormentas, chorreaba lentamente por su trasero de simuladas plumas de celofán.

El sol ardía gustosamente, el suelo se resecaba y volvía a resecar, y el pájaro yacía de pie por última vez. Pasada su deshidratación, el interior se le podría y resquebrajaba. La picazón volvió por todo su el cuerpo como si le hubieran untado chile habanero. Frágil por estar agotado, una leve ráfaga de viento meridiano lo tumbó.

Aquella situación no fue casualidad: pasaban dos jóvenes, charlando, a través del pasillo. Para ambos resultaba cotidiano el cerco de monstruos acartonados, siendo estos colocados en la acera obligatoria para llegar a sus hogares de vuelta del colegio. El soplido laminar cruzó el ámbito, el pajarraco fue empujado por la presión que éste le impuso, y se soltó con toda su magnificencia arruinada con la firme intención de aplastar al muchacho que la quedaba más cerca, el del costado izquierdo, antes de perecer en el quebranto de la caída.

La venganza se ejecutó. El agraviado, indignado, no pateó a la creatura por verla derrengada, la broma del tiempo, y para saciar el ansia hormonal derivada del dolor (surgido del golpe inmediato a la caída del ave) continuó quejándose, asimilando lo humillante de tan ridícula tribulación.

3 de Marzo de 2012