Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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miércoles, 12 de diciembre de 2012

LA PESTE AJENA

Rocíese ácido acético (del vinagre casero) sobre la fortuna de vivir manifestada por cualquiera, sobre sus prendas y sus pertenencias, y téngase por seguro que el manifestante sufrirá un acceso de soledad no por el fétido aroma de la substancia referida, sino por la incomprensión de quienes se alejan de él o ella. Los pobres, los mendigos y los vagabundos, son repelidos por las personas que a su lado pasan, e incluso pueden ser golpeados en el afán de hacerlos sentir inmundos o infames. Quizá una ancianita decrépita, con una herencia codiciada aporta cincuenta centavos a este suplicante, el pobre, y no por ello sus vidas cambiarán en adelante. La nieta de la anciana ambicionando los millones de pacotilla renuncia al marido que la encantaba con la mirada; estos siguen juntos sólo por la costumbre de tener intimidad consigo mismos o con nadie, hábitos de adoración y vergüenza sin importar el otro, disfrutando la salacidad cual si equivaliera a gozarla con los respectivos amantes. La amiga de infancia de la nieta, la amante del esposo, ríe extasiada por el engaño al atardecer, enfrente de una taza de té y las galletitas acompañadas por una broma estúpida de la otra mujer que en su casa no da crédito de la gracia con la cual fue concebida y que no sabe apreciar su marido. La ramera, amante según la esposa y amante según la amante, envenena al hombre porque la inconformidad de la vida hízole estragos la razón, propiciando una estocada final al irreverente macho de pueblo que le muestra en su cara la bajeza jerárquica entre las mujeres de su ámbito de amor “inédito”. Inédito porque las señoras del barrio cuchichean la historia con el engaño revelado, de oído en oído, siempre relatando una indecencia jamás observada, lo peor, y los qué barbaridad no se hacen esperar con las manos cubriendo sus bocas. Sólo entonces la conciencia dictamina ir en retrospectiva, tal y como lo hacen las amigas viudas (sin verse lo legítimo de su viudez). La esposa aguarda en la cama a que la serenidad acaezca y entre tanto tiene un arranque de valentía: se pone en los zapatos de su amiga, en el sufrimiento de la amante, en el dolor de la mujer que quiso a su hombre más y mejor que ella. Accede a admitir que sus errores ocurrieron por la fingida dignidad llevada sobre los hombros para evitar lo ineludible, los qué dirán, mismos incontenibles al estallar la bomba de tiempo. Las amigas están más unidas que en el engaño y cada vez menos solitarias porque ambas defienden su dignidad como amigas, si bien, antes no habían podido defender su dignidad como mujeres. Una lame las heridas de la otra, la amante luce el remordimiento con los ojos, suplicando piedad sin tener que hacerlo porque la viuda legítima había terminado de aprehender la comprensión de los sentimientos ajenos y la felicidad con la compañía igualmente empática de la otra mujer, la que siente vergüenza por la confianza defraudada y descubierta defraudada. Nadie exclama nunca más improperios contra la satanizada indignidad de las vecinas impías. Cada vez menos solas, la antes esposa olvida por completo la plata de la abuela y la antes amante olvida su amargura y la burla en el engaño que finalmente terminaron en la alegría por consolidar una relación aún más duradera e inquebrantable que el matrimonio que jamás tuvo y jamás tendría. La abuela, consciente de las penas de su nieta, la única descendiente cercana a ella (pues su hija había muerto años antes) calma su paranoia y deja abrir su mente a las eventualidades de la vida. Así los mendigos no reciben su dinero sino la comida que les ofrece directamente de sus manos, y su trato, y las prendas que les escoge con cariño, y ellos viven por primera vez en mucho tiempo la calidez de las palabras sinceras y el deleite de sus abrazos aunque fueran escasos. Quienes quieren se bañan tras la recomendación de la anciana, y dejan de apestar, y son quienes reciben los más abrazos de los pocos propinados. Sólo por esto, porque las drogas no han terminado de estragar el corazón de los pobres, todos se bañan. Siguen drogándose como no lo puede evitar la abuela, sin embargo tampoco puede negar el afecto a quienes lo necesitan y quieren también darlo a pesar de su condición inmunda y cruel. Las cuotas del corazón son altas y los efectos de las drogas paulatinos, tanto que la anciana parece intocable en los arranques de violencia desenfrenada, cuando en lugar de lastimarla dan la vuelta para lastimar a alguien más. Cuando alguien no la reconoce los demás (quizá menos intoxicados) detienen el rebato neurótico. Ella expresa su asco por el entorno y su miedo, pero también la aceptación de una moral creada por sus desgraciados donde robar a los demás pobres se justifica a la vez que se justifica amarlos. La vieja vislumbra esa verdad transgresora: ellos lo perdonan todo. Tal vez la nieta nunca se anima a apoyar a su abuela ni tampoco lo hace su amiga, y aun así han descubierto la misma conclusión que funciona en el mundo de locos en el cual nacieron y donde les tocó compartir al mismo hombre y la misma indignidad. Y aquél rociado en sus pertenencias con el ácido acético apestoso resultará repulsivo para el mundo como si se tratare de un mendigo pervertido por la violencia, será rechazado por la gente carente de visión, y obedecerá a las leyes de la soledad. No obstante, ni los pobres desgraciados, ni las ancianas millonarias, ni las esposas engañadas, ni las amantes dolidas, ni nadie en este absurdo mundo de locos será alejado por que apesten igual, ni por el aroma a flores del jabón con que se bañen serán aproximados al afecto. En realidad, todos vivirán la lejanía porque a pesar de que el hálito expelido por la piel sea límpido, esto será concebido como el pretexto para justificar la incomprensión que todos cargamos porque lo deseamos, porque ansiamos hundirnos en nuestra soledad, y vivirla, y hacerla propia por soberbia, diciéndonos a nosotros mismos que no apestamos y que no queremos que se nos arraigue la peste ajena.

21 de Abril de 2012

HERR WARUM

Don Porqué necesitaba de la realidad para vivirla, para querer sin culpa, para ser feliz. Muy importante le era tener la evidencia de lo cierto, o lo que aparentemente es cierto, pues él lo sabía, existen cosas que intrínsecamente son de veracidad imposible de reconocerse. Y entre tanto deseo de creer en la certidumbre de la naturaleza, tanto amor científico y tanto apego como cariño por el Universo, enmarañándose con la cotidianidad de lo mundano observó como parte de su entorno por descubrir la presencia de Don Dinero. Las primeras palabras entre ambos sujetos de intereses polares fueron el resumen atinado en su relación futura: Don Dinero apuntó con descaro «usted no rinde» a lo que Don Porqué señaló «usted no entiende». En efecto, Don Dinero no entendía nada y en consecuencia, Don Porqué debía maquillar las cifras de su obra, dado que sí rendía aunque muchas veces en especie o en experiencia o simplemente en prestigio. Su trabajo producía metálico, sí, pero de un modo sutil, ya que los hechos del diario mezclados con la sazón de la Lógica aportaban ganancias inesperadas a los interesados en lo útil. No obstante lo oneroso de las contribuciones de Don Porqué y lo eficiente que él resultaba ser, Don Dinero permanecía incrédulo, considerando que si el metal no llegaba a sus bolsillos, era debido a la holgazanería de los demás siendo su mejor candidato en cuanto inutilidad el embatado. Don Dinero, cubierto por el negro manto de la ignorancia, no concebía la eficiencia de Don Porqué el mismo que sin mover un dedo, sino utilizando el cerebro, sin fatigarse tanto, era capaz de llevar a término lo que fuese. La aparente pereza de Don Porqué, esa que no representaba más que la extrema eficiencia y audacia del hombre, era el motivo por el cual Don Dinero incidía con desdén para desbaratar el área de trabajo de Don Porqué. No dudaba el amante del razonar de las intenciones de Don Dinero, mismas que llegaron a sus oídos por el apoyo de algunos y la cizaña de otros más, las mismas que él ya había previsto con su mente aguzada, sin embargo las ocupaciones diarias y lo demandante del Universo hiciéronle olvidarse de un problema que le atañía y que pretendía inconscientemente eludir. Don Porqué sólo tenía mente y espíritu para dejarse llevar por la vida, para asumir los hechos de la realidad como parte de su felicidad, como parte de sus recuerdos que no eran bellos ni grotescos, sino espontáneos. Un hombre para el cual cuanto más transcurría el destino más se percataba de que éste ya estaba determinado. Él era un hombre que solía tener quebrantadas las ilusiones por la venida aplastante del presente, un hombre que sabía lo que anhelaba y sentía sin temor, un ser sin escrúpulos al instante de observar con diligencia en ocurrir de cada fenómeno, el ocurrir de las cosas. Aprovechando la debilidad de Don Porqué, Don Dinero consiguió expulsar del ámbito a su enemigo. No le fue difícil, menos aún si los dueños del capital principal son de los Dones ignorantes, o peor, de los Dones sin interés que para ahuyentar a cualquier mosca son capaces de darle miel para beber, pues es lo que otros aconsejan y ellos no cuestionan por ser esclavos del ocio común. Y la notificación de una victoria absurda no se hizo esperar. El mismo día en que Don Porqué cumplía años, Don Dinero acudió con toda su dignidad de disfraz para despedir a un hombre que sin miedo aceptó la partida obligada, no sin antes hacer muestra de su dignidad de fundamentos al despedirse de los amigos y asegurarse de conservar una estrecha comunicación con ellos. Don Porqué no tuvo que hacerse muchas preguntas para tener en claro lo acontecido. Su vida en aquel día de celebración continuó y jamás habría él de dolerse por tal o cual equívoco mientras el Universo siguiera en todas partes y él pudiera creer en la certeza de los hechos.

Al día siguiente fue buscado por Don Oportunidad. Éste hombre no tenía tanta confianza en el Universo y su naturaleza de designios predispuestos, situación que si en algún instante le interesó fue por amistar con Don Porqué y por tener en la intuición la idea de que en verdad aquello ocurría. Viendo el valor de aquel espécimen y casi jactándose de su propio nombre de cazatalentos, le ofreció trabajo. Don Porqué, a pesar de carecer de la astucia suficiente para observar lo que Don Oportunidad podía sentir en un solo suspiro del mundo, aceptó. La experiencia y el cortejo que siempre había tenido Don Porqué con el sentido común hiciéronle esta vez aceptar la oferta. Dispuesto al trabajo y de muy buen talante, Don Porqué continuó con lo que siempre había sabido hacer. Nadie le reprochaba nada esta vez. Al contrario, lo respetaban, si bien no entendían el sentido productivo de aquella persona tan ensimismada, pero que siempre conservaba el buen humor. Lo admiraban varios allí por la sapiencia al comienzo, y después por la virtud de su sencillez. Al cabo de cierto tiempo, la prosperidad que siempre lo había acompañado fue bien recibida por el resto, con los brazos abiertos a las novedades de sus técnicas y las simplificaciones de su esencia. Nada era tardado o desesperado con Don Porqué. En poco tiempo todos vivieron la armonía emanada por un ser que detestaba las complicaciones protocolarias y que llegó para facilitar el trabajo de los otros. No lo hacía por amor al prójimo y él lo sabía, ni era recibir metálico su mayor motivo. Con tal poder de síntesis del tiempo, aquel ente de aura callada y a la vez segura de sí misma, mostró el ejemplo del orden. También impuso la calidez. Esto fue su mayor logro al quitarle esfuerzo innecesario a la vida de todos, y al poner como estandarte su interés sin ambición por los demás. Sólo así comprendieron que la Luna estaba en el firmamento porque así tenía que ser, o bien, que dejaría de estarlo porque así también tendría que ser. Según él, en ello radicaba la naturalidad de los objetos, aún los sometidos al arbitrio del devenir azaroso que parecía conocer Don Porqué. Grandes amigos y entrañables momentos habría de encarar él, como aquella ocasión de sorpresas al año siguiente, cuando encontró un canasto lleno de mazapanes que degustó acompañado por gente entrañable como Doña Verbena, esa mujer que aprendió la importancia de las personas y que terminó por admitir con gran gratitud la llegada de catorce jóvenes ávidos de ejercer su propio conocimiento colaborando con todos y teniendo como mentor y muy querido amigo a Don Porqué. Muy lejos quedaron los entripados inspirados por otros Dones que terminarían solos, en la obscuridad del orgullo. Muy lejos quedaba también la soledad por incomprensión en vista del amor fraternal que evocaba su presencia.

20 de Septiembre de 2012
 
[Esta entrada participa en la III Edición del Carnaval de Humanidades alojado por Luis Moreno Martínez en el blog El cuaderno de Calpurnia Tate.]
 
 

EL SUEÑO DE LA COTIDIANIDAD

Cautivo en la jaula de la intemperie, el hombre se percata de su horrible cotidianeidad. Viaja a través de los árboles del bosque sembrado por Dios, surcando los páramos más plenos o los más austeros, provocando nostalgias y desventuras, pero también alegrías y encantos, llegando siempre a la conclusión de que está cautivo dentro de la misma cárcel invisible. El tren lo acompaña cada seis meses en un recorrido siempre distinto, siempre a cualquier destino, nunca el mismo que el primero o que el último, o que cualquiera de los tantos y tantos visitados anteriormente porque ninguno ha servido de nada. Él es presa de la búsqueda continua, sin fin, de algo recóndito dentro de todo el ámbito cuarteado por los volcanes y por la madre Tierra reclamando sus dominios a fuerza de vivas embestidas que el rinoceronte magmático ejecuta desde el África primordial de sus entrañas. Y las ruedas del ferrocarril sorteando las cuarteaduras de la erosión siguen girando igual, cargadas por el peso de las almas intranquilas que abandonan un sitio para llegar a otro. El hombre se dice a sí mismo «Ojalá esta vez sí» y la vida se empeña en decir nuevamente que no, porque la cotidianidad del hombre obedece a su esencia natural, al barro solitario que el Génesis le confirió, y a Satanás, que le indujo un deseo provocador para averiguar el destino. Ya muy lejos del punto de partida, abordo del tren aún, más lejos, desde luego, de las cándidas perversiones del primer libro bíblico, el hombre no recuerda cómo deben seguir sus miserables pasos hacia el futuro. Entonces, el pasado se hace presente para proyectar miles y miles de imágenes, todas llenas de rencores y amores, de estúpidas y divertidas genialidades, y le permite vislumbrar al hombre que la obscuridad no se debe a la ceguera de su existencia, sino a su falta de libertad. El hombre desciende del tren para continuar el recorrido a lo largo y ancho de un cerco desolado, con negros y blancos, con altos y bajos, y llega al punto donde se olvida del tren para dar paso a la irrepetible experiencia en la nueva ciudad, porque ésta se vuelve nueva a sus ojos y no a los ojos de otros hombres. Ve. Y de tanto ver consigue desfallecer entre la belleza de miles de flores vendidas por una sirvienta negra sometida a la volubilidad de la patrona igualmente negra. Las flores están en todas partes, como esa cotidianidad irrefutable, más irrefutable que el amor, y más aún que la muerte, porque la muerte se somete al transcurso del tiempo en la línea del presente. Esa línea parece cuerda floja. Los leones y las jirafas, los perros y los ratones, las cucarachas, y los monos todos saben que la cuerda floja está encarnada naturalmente. No hace falta decirlo después de miles y miles de años de evolución, de enfrentamientos toscos contra la soledad, y de cruces infernales evocadas por las guerras que tratan de someter al otro. En esta ciudad los negros y los blancos se conflictúan porque las negras pasan desnudas, robándose a los maridos de las blancas. Y las blancas en venganza pasan vestidas y perfumadas, arrebatándoles los esposos a las negras. Los negros y los blancos viven eternamente confundidos, desilusionados, y al borde de la decepción. El hombre tiene colmada la paciencia en el malhumor del calor, de la gente y de tantas y tantas cosas que ha vivido desde el primero de los viajes. Pero ya no se preocupa tanto como en las primeras ocasiones, cuando tenía que descansar para caer en la cuenta de la imposibilidad de tener tranquilidad en el corazón mientras las imágenes burdas no desaparezcan. Viene el futuro. Se le presenta en la niña que observa plácidamente las nubes. Él entiende que será el momento oportuno para acabar de una vez por todas con esa miseria desalentadora, con esa mierda de macacos cayendo ineludiblemente, haciéndolo aflorar un desdén en contra de las buenas costumbres, y también de las malas, porque el sentido de los viajes terminaba con el último de los pasajes. En su caso, era ése el último. Tomó de la mano a la niña que no se resistió. Se dejaron llevar ambos hasta el final del camino marcado por los pasos de otros hombres de generaciones anteriores. Y llegaron al final de la ciudad, al comienzo de la selva. La niña y él, juntos voltean nuevamente al cielo para encararlo, para decirle que se vaya, para que los deje en paz. En ese momento, las cosas del mundo se desvanecen y terminan en un cuarto rodeado por una decena de trajes guardados en un ropero, por un ordenador, y por la soltería del hombre a los treinta años cumplidos en un Mayo del año pasado. Sin embargo, el hombre no puede quitarse la sensación de que la cotidianidad lo sigue tanto y más lejos que en los sueños. Entonces, se desespera por el aire de las cuatro de la mañana en una ciudad común y corriente, para vivir el insomnio que refleja la impaciencia provocada por una libertad negada, en una realidad cautivante y aprehensiva, donde las flores siguen allí, y donde la soledad continúa como en los sueños de aquella niña que jamás llegaría en la forma de una hija que tanto esperaba porque a pesar de todo el amor cotidiano, ése sólo es digno de los seres de otra realidad.

19 de Mayo de 2012

UN EPISODIO RIDÍCULAMENTE ABSURDO

Lucio Díaz parecía un hombre callado y triste, neurótico, pero en realidad tenía muy claro quién era él y cómo pretendía vivir el resto de su vida. Lucio no cabía de contento por nada y aun así la vida le envío varias alegrías. En resumen, Lucio era la contradicción humana más absurda de todas. No terminaba de maleducar a sus hijos y ya sus nietos comenzaban a darle lecciones de moral al abuelo. Estaba claro a sus cincuenta y cinco años de edad quién era él, sin embargo nadie lograba develar lo que pretendía para su futuro, que no sería muy largo según la opinión generalizada. Ocurría que Lucio no quería ni siquiera preguntarse esto a sí mismo y en ello fue que se resolvió su pretensión principal. No vivía enamorado, pero la mujer con quien vivía y con quien compartía la cama, y más aún, con quien compartía las preocupaciones del día a día era una dama de refinados gustos que en la juventud debió ser muy codiciada por varios muchachos y no tan muchachos. No rallaba en el ridículo pero, como ya se mencionó, padecía un destino pronosticado por nadie, dirigido hacia el absurdo. Parecía respetable y nadie le tomaba en serio. Sus hijos lo querían mucho. Quizá este fue el único aspecto en el cual no le afectaba su destino y sería más porque dependía del destino de sus hijos. De todas formas, a él no le interesaba. Tantas cadenas de contradicciones e inconsistencias a lo largo de toda la vida le habían producido un nudo mental que terminó derivándose en el estómago como otra muestra del carácter alrevesado de tan peculiar ejemplar del género humano. Y en el estómago, muy dentro, se le acumularon las ilusiones que ya estaban cumplidas y que su mala memoria le hacía recordar, los desvelos por insomnios inexplicables debidos a las preocupaciones del trabajo que nada tenía de complicado, las verdades calladas y que terminaban siendo (para su propia vergüenza) mentiras a medias, o cualquier cosa que de él emanara. Le chillaron las tripas y el duodeno le exigió que comiera, pero el esófago marcaba la señal fulminante de las agruras que le ennegrecían el apetito tan poco voraz y muy selecto que tenía desde la juventud. Se deshizo en diarrea porque el arroz estaba crudo, duro para ser comido, y desató la cascada vomitiva que llevaba desde las entrañas porque el agua que había probado, en vista de su malestar, estaba muy limpia. A medida que se deshidrataba tenía menos sed y la saliva perdía su calidad diaria para asemejarse más al agua corriente que al líquido de viscosidad ligera que debía segregarse. No soportando más, acudió al médico y le recetó éste una serie de medicamentos que al ingerirlos más le acentuaron los síntomas. Estaba desesperado pero conservó la calma. Lucio jamás había sentido que las emociones se le iban y por mucho que en todos los años anteriores había proclamado que sentía todo con el cerebro, terminó por admitir innegablemente que sentía en realidad con las vísceras, porque no lograba evocar ningún recuerdo agradable, ni ninguna tristeza a causa de la pena física que lo había invadido. Chilló como un bebé silencioso en la cama y esto le reconfortó aunque no le mejoró los ánimos, sino todo lo contrario, le reafirmó la melancolía presente en aquellos instantes. Harto, se durmió con los ojos abiertos. Su esposa, creyendo que él estaba despierto le reveló cuánto lo quería y cuánto le dolía que él estuviera así, palabras de aliento que él anhelaba desde hacía mucho tiempo y que fueron pronunciadas en el instante menos oportuno. Despertó, eso sí, con cierta mejoría falsa, propia de los moribundos. Pero él no moriría, porque en los minutos previos a su mala hora tendría que reconocer todas las alegrías y olvidar todos los recuerdos, cosa que no estaba ocurriendo. Era el efecto ordinario del antibiótico destruyendo para siempre la infección que obtuvo bebiendo el agua limpia y hervida del grifo de su hogar. Siempre había huido de la comida de los sitios clandestinos, o simplemente de los restaurantes y no lograba entender por qué razón enfermó de esa manera en su propio hogar. Tampoco le interesó mucho mientras la cotidianeidad se le terminaba drásticamente en cada visita al excusado. Le interesó después, cuando no le servía de nada saberlo, pues estaba seguro de que hallando la causa de su problema podría encontrar la solución adecuada, óptima. Así era él, que sin causa aparente tenía problemas, o bien, sus problemas no tenían causa aparente; nunca logró resolver con su filosofía ninguno de ellos. Con la paulatina mejoría a lo largo de los días terminó por experimentar la sensación más ingrata que en varios años no había logrado conquistar: la rabia de no poder comer con libertad, sin miedo, esto claro, proveniente del estómago.

17 de Junio de 2012

NO SABEN LO QUE QUIEREN

Todos creen y confían en él, mientras él se burla de ellos en el trasfondo de un fraude. A las cinco de la mañana comienza a correr la furia de una sociedad a lo largo y ancho de los vagones de tren, donde la gente cabecea el sueño negado por la obligación, por el hambre, o por o la esperanza de no tener que padecer hambre, y a cada instante el desconsuelo se va haciendo permanente. Se abarrotan los asientos y los espacios vacíos con gente diversa; los más son jóvenes. En ellos es donde la esperanza yace, porque podrían erradicar la enfermedad más antigua de todas, nuevamente, el hambre. Todos siguen un rumbo sin trazar y que se halla determinado por la pasión descontrolada, por el amor desenfrenado, y por la estupidez a edades tempranas. Rara es la ocasión en la cual los eventos suscitados por aquellos impulsores del futuro son más sensatos; al contrario, siempre terminan siendo víctimas de tantas y tantas formas en que manifiestan su furia en favor de un progreso ilusorio. Él, también a las cinco de la mañana, se topa con un espejo y apenas se mira. Se viste con el traje comprado desde el día anterior, se peina según él lo entiende, la sirvienta le mejora la imagen y termina desayunando una hora después. La esposa es una farsa, al igual que todo lo que le rodea. Si él vive donde ha despertado es porque en algún instante de toda esa mentira se preocupa por sí mismo más que por cualquier otro contratiempo de la imaginación. Esa casa es el único efecto honesto de toda su vida posterior a la infancia. Sale en un automóvil y es fotografiado. Llega rápidamente a la oficina, apenas observa los primeros detalles del día y se asoma por el atril para dar una conferencia, misma donde confirma la mentira que sostiene desde el comienzo de su carrera política. Los incautos del tren han llegado a las escuelas, sitios de diversión pueril, para desligarse del destino que sus padres han trazado y plantearse uno menos útil. Ninguno se preocupa por las palabras reiteradas por el conferencista, y de todos, sólo algunos comprenderán parcialmente la realidad de la mentira completa. Sin embargo, las palabras referentes a aquel político son a favor en muchos casos y en contra para los no pocos casos restantes. Entre tanta pasión y desenfreno suben de tono algunas voces que pretenden imponer una opinión que jamás sería escuchada ni por el más atento de los presentes. Creen los hombres y mujeres recientes que logran algo haciendo aquello, cuando en verdad no logran mover ni siquiera a las conciencias más cándidas. Termina la conferencia. Vuelve el expositor a la oficina y comienza a realizar llamadas. La primera es al secretario de gobierno. Le pregunta sobre el dinero de la campaña próxima y recibe un mensaje con voz alentadora diciéndole que «todo va en marcha, como debe de ser». Ese dinero es necesario no para publicar propaganda, sino para comprar a los millonarios opositores. El profeta de la mentira da la orden de repartir los cheques. Algunos van destinados a los medios de prensa. Otros se dirigen a los sindicatos represores. Finalmente, el resto del día termina siendo como los anteriores y los posteriores: salidas públicas. Al mediodía asiste a un evento llamado “Encuentro con los jóvenes”. Las mismas reacciones que en las escuelas se presentan en el recinto de voces sin importancia, donde lo único aparentemente válido es la indiferencia. Efectivamente, el político habla de su próxima candidatura, pero no determina nada particularmente relevante. A pesar de la contradicción observada, reacciones a favor y en contra con un marcado desinterés, las dos horas de presentación terminan. Tantos gritos de ovación y tantos reproches incisivos, todos dirigidos al próximo candidato, no se resumen con el mensaje de molde enunciado por aquel hombre de intenciones abusivas, sino en las preferencias instintivas y salvajes de cada uno de los asistentes. Los jóvenes llegaron porque los llevaron, y porque se dejaron llevar, mientras que los promotores de tal “Encuentro” ejercieron su influencia impositiva (no definitiva) después de recibir órdenes como empleados burócratas que eran. Todo sigue igual. Las mentes inocentes no alcanzan a comprender lo efímero de la reunión porque continúan creyendo que logran cambiar al mundo con el simple hecho de sentir favoritismo por aquel farsante. El estafador, convencido de tener ganado el siguiente cargo público, se olvida sin remordimientos de cada una de las visitas a mil y un auditorios de trivialidad sostenida. Vuelve él a su hogar, el único refugio que reconoce, y continúa con la falsedad del resto de su existencia. Al final, nadie ha contribuido en nada, ni él con sus intereses aprehensivos y voraces para obtener el dinero que le otorgará poder (y viceversa), ni ellos con esos deseos irracionales por atender fanáticamente a un ídolo especialista en la estafa. Y jamás cambian al mundo, ni a las instituciones, ni al porvenir más próximo, porque no saben lo que quieren, porque no logran entender qué es lo que pudieren querer, y porque terminan resumiendo a la vida en distintas formas, sin pensar lo que en realidad deberían pensar, y sin hacer lo que en realidad deberían hacer.

7 de Julio de 2012

RECUERDOS MUERTOS, OLVIDADOS

Rodaba la piedra, dejando leves rastros de su existencia; mucho polvo quedó a lo largo de la calle, toda ésta asfaltada e hirviendo bajo el cobijo sofocante y ardiente del sol. Una pareja de amantes se tomaba de la mano, compartiendo sudores sin sentir asco: la transpiración parecía emanar de la fuente vigorosa que antes habrían buscado los exploradores, aquellos conquistadores indómitos encarando lo salvaje del orbe, lo virgen.

Los dos eran jóvenes, andando paso a paso, husmeando entre las casas para juguetear: la excitación hormonal estaba ahogada, siendo las travesuras su única forma de avivar la pasión que el pudor ayudó a calmar prudentemente. Siguieron atraídos por los riesgos, topándose unas veces con perros feroces, otras llegando incluso a las cocinas donde el calor despertaba su apetito carnal, haciéndolos recordar la insensatez de su visita.

No sabían por donde iban; trastabillaban con paso seguro: se perdieron en un pueblo desconocido, aunque tenían la certeza de hallarse en el ámbito adecuado, siempre acompañándose entre sí. La piedrecilla abandonó su constante rotación, el sol fue ocultado por las nubes, y ellos no tuvieron opción: se mojaron regodeándose con la tormenta fría y misteriosa. Fue su aspecto fantasmal lo que parecía enigmático, abarcando toda la región, ahuyentado a los corazones desolados, incitando al amor.

Efectivamente, el único impedimento para destinar sus cuerpos a la pasión, las almas desoladas viéndolos, terminó siendo una ilusión del pasado reciente. Solos, se desnudaron sintiendo la lluvia verdaderamente intensa, y soltaron las riendas de su lujuria empapados hasta lo sublime. Una pared, la acera, poco pasto, todo les sirvió para constituir el lecho erótico que anhelaban. Sus manos palparon piel, fresca, tersa, bella al tacto, y sus bocas besaron todo lo que era posible besarse. Con muslos agotados por andar desde la mañana, su acto no fue tan candente como tierno, sin prisa. No extrañaban a ninguna familia, ninguna madre ni ningún padre. Tres semanas de aventura consolidaron su pasión de juventud, la huída de dos rebeldes consagrados a las andanzas desorientadas.

Lograron extasiarse; la lluvia no se detuvo, animada por su obra, provocando la unión épica entre el hombre y la mujer. Cayó el monzón anegando todos los rincones posibles. Inconscientes de la tragedia apuntada por el porvenir, se dedicaron a ellos chapaleando sensualmente. Pasaron pocos minutos y no pudieron tocar el suelo. La pareja nadó evitando las pausas, sin ropa, sin miedo, intentando alcanzar un árbol, una puerta, o simplemente sus vestimentas pues sabían que sin ellas serían rechazados como Adán y Eva del Edén. No alcanzando nada, se dejaron a la flotación, tratando de llegar al menos al cielo, un imperio derrumbándose sobre ellos. Al menos él sí logró este cometido: tras una avenida del agua, corriente violenta que atacó sin piedad (el agua no es piadosa), sus manos, tan juntas con el resol, se soltaron; la piedrecilla entró por la boca del muchacho y padeció éste la asfixia por quedarse atragantado. Su bella confidente no pudo aliviarlo: ni siquiera supo algo del cadáver.

Escampó. Ella, sola, tomó la ropa, escurriendo, de un tendedero descuidado. Recibió asilo de un par de ancianos y al día siguiente se olvidó de la alegría, de la tristeza, poniendo fin a su vida, resucitando mujer, tal y como moriría un siglo después.

17 de Marzo de 2012

TORRENTES DE CÁLIDAS AGUAS

Denotación ambigua lucía su ilusión, sonrisa carmín, junto al par de radiantes párpados, porque esa constitución dental y labial estimulante, imbricada con aquellas miradas metálicas, destellantes, opacaban cualquier suceso que originara su contento al insinuar la depresión más patética, síntoma de una encarnada decepción.

Enfrente del espejo, generando vórtices de los recuerdos taciturnos, probablemente fríos, del pasado, el gesto gentil y sombrío asumía un significado adecuado. Transcurría el amanecer para animarla a vaciar la habitación, hogar de femeninos gustos, rosa violáceos, de toda presencia humana como ella fuera la única en el ámbito. La desolación se agudizaba mientras sus pasos se marcaban por sus piernas rígidas y atléticas, cuyos pies señalaban blancura realista, plantados correctamente a lo terrenal, dejando un silencio residual notable y en claro aumento.

La ventisca danzaba con ritmo de cabellos lisos, finos, de tono dulce por la piel que imitaba, y sus cabellos correspondieron al baile, livianos, caóticos, similares al meteoro que se veía venir. Justo antes de sentir las cascadas de cortinas acuosas, transparentes, formación de cristalinas perlas, ingresó sin temor pero con recelo a la fuente del aroma tostado, de semillas quemadas, para beber tres tazas de infusión de café, acompañada de dulces ausentes, ni galletas ni bizcochos, atendiendo al final de la función de canicas plateadas hasta que escampara.

Sólo por aborrecer el brillo helado de la joyería tumbándose y formando ríos, soportó la voz de actitud chirriante, de timbre agresivo, cuya gordura sorprendía, que la atendió dos de tres tazas solicitadas. La tercera versión, agua en su negrura cálida, fue colocada sobre el soporte redondo por la gentileza masculina dactilar que sustituía al espíritu de lisonjeros modales y cortesía brutal. Infectada del sórdido carácter que antes la sofocó, había deshilvanado los tejidos que tensaban sus mejillas simples, voluntariosas, y concedió equivocadamente desdén, sin incisión cruda, al mesero que la encontraba atractiva.

Dos veces por semana durante seis meses, ése fue el ritual orillado por las lluvias, no monzones, que ella detestaba con cierta calidad berrinchuda, y por la tostada esencia de su bebida predilecta. La costumbre mantenía indiferente a la mujer que atendía sin atender, la gorda que servía dos de tres tazas, distinta del compañero, el de la última orden, que tras la contagiada indiferencia expuesta por la reina de la sequedad descubría algo más en sus gustos femeninos de párpados estánicos y alegrías estranguladas color sangre, y se enamoraba irremediablemente de ella.

De cualquier forma, la costumbre no podría llamarse cotidiana desde que él le sirvió una orden diferente cada vez porque ella no especificaba sino café a secas. No lo hacía por contradecirse en su preferencia por la bebida, pues conocía todos los tipos fuera por cultivos o preparación, mas a ella le daba lo mismo siempre que el agua la mojara si no ingresaba al sitio, y también mientras la misma gorda la recibiera con imbecilidad, ya que al cliente se le debe tratar con candor digno de ser llamado amable.

La señorita optó por jugar a identificar la orden preparada y corroborar con el confiable testimonio del mesero su acertada cata. La costumbre nunca sería cotidiana por el encanto de su mirada eléctrica, fijándose en él por simple curiosidad. Asumiendo esos vistazos, pues su empatía era tan puntual cual si estuviera degustando la negra infusión como ella, él sabía que sólo era curiosidad. Eso lo fulminó, sumiéndolo en el amor más hondo, desesperado, desgarrado por la cotidianeidad de la lluvia, nunca tormenta, y los hostiles tratos de la gorda que maceraban el ánimo de la señorita de manos sutiles y piernas concretas, tal y como la evocaba, jamás por sus sonrisas de ocaso y luminosas miradas.

Transcurrieron las semanas entre granos exóticos, sugeridos por él detrás de la barra de atender. La gorda jamás permitiría el cambio de turno sino cuando llegara el momento de su salida, dificultando la conquista de una muchacha inaccesible por resentir patéticamente los hechos e irreverencias de su destino. Cinco meses no lograron detener o siquiera entorpecer el goteo caudaloso cada tarde, evidencia de que el agua se agotaría pronto y de que las visitas ansiadas pasarían como el recuerdo espantoso de una juventud desechada, de bríos desdeñados que pudieron ser la felicidad plena. Vislumbrándose su empatía, ahora por la naturaleza de la lluvia, el joven decidió en su locura, desesperación por el término de un amor sin comienzo, envenenar sin pócima a la señora y sirvienta detestable, su compañera de trabajo.

Recogiendo de la calle un poco de agua cercana a la alcantarilla, la vacío con una jeringuilla en un supuesto pastelillo secreto que la mezquina mesera conservaba debajo del horno todos los días. La infección estomacal provocada se constituyó inintencionadamente como el pretexto perfecto para deshacerse de un estorbo inevitable desde hacía diez años: el dueño del ámbito la despidió argumentando una falta al contrato. El mesero concibió esto naturalmente, sin extrañar a la señora que pecaba de golosa. Las tres tazas, todas de él a partir de lo acaecido, intensificaron el juego de degustación, volteando la exquisita mujer sus centelleantes ojos al rostro que tanto la admiraba en su perfección.

Restaban tres semanas para que los manantiales diarios fueran secados por un invierno próximo. Seis eran los días necesarios, persiguiendo un placer interrumpido antes y acelerado después. La desesperación invadió brutalmente los ánimos del hombre y constituyeron la determinación para declarar su amor a la ninfa que poco conocía la existencia del sátiro acechándola porque ella carecía de voluntad dejándose llevar en el desdén de dos tazas de café arrojadas fríamente sobre la mesa. Estúpidamente, él la tomó de la mano y arrojó la frase: «Te amo». Siguió reverberando la letanía clásica del romance, hinchando inútilmente sus sentires y pesares. El escenario se destrozaría sin servirse la primera taza, huyendo herida en la infelicidad la dama atacada por el turbulento emplazamiento de melosas palabras y malogradas frases seductoras.

Pasado el primer día de aquella tortuosa semana, tras un día completo de sinsentidos absurdos para él, volvió a llover y ella entró sin decirse en su ofuscación, o en una disculpa, ni tampoco aparentando recordar la ocasión precedente. Sin embargo, él no lograba concebir esta bárbara distancia. Los ojos de brillo notorio y los labios de ardor vivo, de hierro fundido, no eran casualidad: ella no esperaba amar a nadie más, deseando olvidar al novio que la abandonó tras el despojo de una virginidad concedida dulcemente. Sus ojos desdeñaban reflejando por la luminosidad plateada el rostro de cualquier pretendiente, evitando ser desvirgada también del alma, cruzando cándidamente las pupilas. Los labios de bronce anunciaban dignidad propia. Ignorando todo esto, el mesero seguía fijado en sus piernas recias y sus manos de ave celestial, avivando la ilusión de su fantasía. El juego de brebajes sucedió en su curso tradicional, pero las esperanzas se apagaron para él y más aún para ella que ya las conservaba consumidas.

Cuatro días pasaron de la misma forma. El último, de los seis, al sexto mes, un día antes de la lluvia final del año, concretó el caos. Él la recibió y la forzó a besarlo. Ella, abofeteándolo, se deshizo tajantemente de su corta historia por haber sido orientada a un desenlace que no perseguía. Ya no rodaban cristales gruesos por las ventanas sino apenas la brisa, víspera del último llanto de los ángeles sollozantes por falta de cariño en los tiempos tormentosos. No le costó mucho correr entre el agua, aún con falda, porque no se empapaba, lo que realmente sorteaba. Y pudo él lo que los ángeles dejaban de hacer, sobre la mesa que ella dejó vacía, como su casa, siendo que la cafetería se desmoronaba en la frecuente ausencia de clientes, de gentiles rostros (culpa de esto tenía la gorda cruel) y al final, de pasiones. Ella no regresaría, huyendo del temor que resquebrajaba su conciencia, articulando su inevitable decepción.

25 de Febrero de 2012

POSTERIOR A LA CAÍDA

El mar se mantuvo lácteo, hirviendo, espumoso, sorprendido por el furioso desplome del endeble aeroplano, gigantesco lánguido ante la hostilidad turbulenta de unas nubes raudas, sopesadas en muerte. Los funerales “ficticios”, frívolamente referidos así, evitando emplear la candorosa denominación “simbólicos”, sucedieron a diez días de búsqueda obligatoria de supervivientes cuando las esperanzas se habían agotado en menos tiempo, una jornada, alrededor del agua ya no abrumada sino diáfana, pacífica, simulando que la muerte ni siquiera existía. Los verdaderamente inconformes con el accidente fueron los dueños de las corporaciones dirigidas por dos pasajeros casualmente ligados en matrimonio y apenas relacionados laboralmente semana y media antes del vuelo funesto. El trámite de venta, aquél planteado ordinariamente, se hizo añicos, naufragando cerca del fracaso, provocando otro desplome, esta vez accionario.

LA VIDA EN COMPROMISO

Capítulo 1 - El corredor empeñado.

¿Cómo comenzar algo de lo cual no se entiende su propósito de ser? Se requiere de compromiso y dedicación; ambas cosas están al alcance de cualquiera que esté interesado en lo que hace. El inicio con dedicación y compromiso fueron y de esta manera el chico creció mientras vivía. Aquel muchacho sería viejo y a partir de que él lo supo entendió que comenzaba. Todo se dio en él de una manera afortunada y natural como es respirar; vio que su futuro estaba en sus manos y trabajó para forjarlo. Su ánimo tenía las señales del empeño mismas que sólo pudo observar con una perspectiva notable a través del tiempo. Sabía muy bien que debía comenzar y no se detuvo sino por su naturaleza que lo obligaba a descansar estrictamente lo necesario. Corrió sin parar, su cuerpo dolió y entonces descansó; una vez que no hubo dolor continuó haciéndolo con las mismas acciones ante el dolor y el descanso hasta que se sintió hambriento. Fueron el hambre, el cansancio y el dolor los que obligaron al muchacho a continuar su proyecto - nombre con el cual designó a lo que hacía -. Su cuerpo le impedía seguir y él lo presionaba en una lucha de poderes internos entre su voluntad y su malestar. Él sólo corría y soportaba cada vez más la sofocación de su cuerpo. Cuando corría no pensaba, no trabaja su mente en muchas ideas sino en las necesarias para correr, seguir corriendo y favorecerse a sí mismo. La iniciativa pasó a ser un hábito que lo convirtió en un corredor destacado. Pero él jamás fue visto porque él hacía todo a solas con la naturaleza a su lado dándole el soporte requerido. Miraba, respiraba, escuchaba y vivía para correr. Corría en su mente mientras corría y también lo hacía al estar descansando; pensaba para correr y seguía viviendo con la orientación necesaria al correr. Deseaba eso y lo vivía a cada instante. Creía en su proyecto y sabía lo que hacía. Los caminos recorridos eran tan variados que a pesar de tener un aspecto similar eran todos diferentes en la manera de sentirse sobre los pies y en la manera de respirarse y en la forma de moverse a través de ellos.

Capítulo 2 - Los caminos eran caminos.

Para los caminos era muy fácil ser caminos, sólo existían para precisamente serlo. Todos los caminos existían para servir de guía al que pasara por allí. El camino pisado se empeñaba en ser camino y sólo era camino. Así sirvió al propósito que dedicó y fue visto como el camino que debió ser. Pero acaeció el momento en el cual el empeño se apagó porque el corredor había pasado y entonces, sólo así, el camino se comportó como bosque de pisadas. Todas las pisadas eran del corredor. Ese bosque de pisadas estaba realmente determinado a ser bosque de pisadas y no otra cosa porque esas pisadas producían el empeño que requería para ser realmente un bosque. Y siguió siendo un bosque de pisadas muy importante para que el mundo fuera como era entonces hasta que el tiempo se encargó de hacer menos claras las pisadas, más grande el sufrimiento del bosque y menos claro el empeño para ser un bosque de pisadas, porque se sufre por la falta de propósito dada una ausencia de empeño. El bosque quedó finalmente en una muerte total después de la larga agonía de pasos que se tornaban cada vez más tenues. Los pasos dejaron de ser pasos y pasaron a ser agonía mientras que el bosque moría y la agonía encontraba su empeño y dedicación en la muerte del bosque de pisadas que sufría lentamente. Esta lentitud hacía de la agonía una verdadera pionera en el crecimiento por empeño y tiempo, sin embargo su problema radicaba en la dependencia del sufrimiento del bosque: si éste desaparecía lo hacía igual la agonía. Llegaron los últimos momentos de la existencia del bosque y la agonía estaba en su apogeo sin saber que su empeño desaparecería junto con el bosque, con lo cual también ella moriría. Fue trágica la doble muerte del bosque y la agonía que fueron pasos y llegaron a ser nada.

Capítulo 3 - La belleza de la ley natural.

La ley natural no mataba y después de tanto sufrimiento la vida vio la luz inmediatamente: el que fue bosque y murió se transformó en tierra firme y halló su empeño en su paisaje de corteza y piedras que formaban un cascarón. Llegó el viento que jugueteó con la corteza y hallaba su empeño en los restos de movimiento del corredor y en mover esa corteza que servía de empeño a la tierra firme recién nacida. Ese viento giraba y giraba y revoloteaba para ser más grande a cada momento que su empeño crecía y se acrecentó tanto para que el tiempo fuera visto nuevamente en esa ola destructiva y constructiva sin sentido aparente. El viento que había crecido movió toda la corteza y la piedra que pudo para hacer de ella un empeño cada vez más grande hasta generar una apariencia gigantesca. La tierra entonces se protegió y dejó caer lo que fuera sobre ella para no perderse y morir como sabía que podía pasar. Cayó la corteza que provenía del débil brazo del viento, es decir, uno de los incontenibles brazos del viento, el más débil de todos. Las piedras también cayeron y la tierra siguió siendo tierra con un empeño inquebrantable hasta donde ella lo permitiera. El viento luchaba por conservar su empeño a cada paso que, el ahora hombre, corría, esto al mismo tiempo que la tierra agotaba su energía por seguir firme venciendo las fragilidades del viento. Desconocían ambos que esa lucha había liberado vida que ellos mismos poseían y sacrificaban por no perder la vida que en sus esencias estaba arraigada. Polvo nació de esa vida libre que los contrincantes a muerte despedían. El polvo encontró así su empeño en los efectos que el viento y la tierra tenían mutuamente en su enfrentamiento. El polvo era ocasionalmente pequeño y momentáneamente grande dependiendo del poder de la embestida entre la tierra y el viento que no cesó desde el instante en que ambos nacieron. Todo parecía muy tranquilo mientras esa lucha se llevaba a cabo: nadie moría y la vida se desbordaba con toda plenitud.

Capítulo 4 - El día D.

Esa tranquilidad, muy a pesar de la vida que se regeneraba a cada segundo, no duró mucho. Un día, en verdad maldito para los habitantes de ese pequeño bellísimo universo, la lucha traspasó los límites de las posibilidades entre la tierra y el viento. Este quebranto de fronteras llevó al polvo a los ojos del corredor que al sentirlo manifestó dolor y quedó finalmente cegado. El polvo voló tanto como la energía del viento lo elevó y la tierra no pudo hacerlo regresar en el momento adecuado. El hombre dejó de correr y pasó de ser corredor a ser ciego. Tan poca vida del polvo en los ojos del corredor se transformó en dolor que encontró su empeño en el sufrimiento de éste. Al ser ciego, el que era corredor estuvo vagando con el dolor en sus ojos que vivía para hacerlo sufrir. Una ínfima cosa hizo del mundo un caos: el viento perdió su poder, lo cual resucitó la agonía mientras que la tierra toda quedó deshecha no pudiendo recuperar la totalidad de su corteza porque una parte quedó flotando junto con la lenta agonía del viento y otra estaba en los ojos del ciego adolorido. Afortunadamente para todos, el ciego sabía hacer con su vida algo más empleando el empeño de su ceguera. Él no veía y se dedicó con su sufrimiento a ser el ciego excelente que él desearía. La mediocre tierra estaba viviendo como podía, encontrando su empeño en atraer poco a poco el polvo que estaba flotando junto al viento agonizante. La vida se manifestó confusamente bajo la influencia del tiempo. Y fue en este periodo de confusión cuando el pequeño universo quedó redefinido. Sería el bastón del ciego que era corredor el que produciría golpes tan fuertes que el pequeño viento encontraría su medio de manifestación en diminutas pero sustanciosas ráfagas. Asimismo se revitalizó porque hallaría en acariciar el rostro del ciego un motivo por el cual ser. La tierra por su parte estaba quedando conforme pues la vida había modificado las oportunidades para ella: vivía con el empeño de ser firme para soportar los golpes del bastón. Y los golpes fueron otra muestra de la vida que incesantemente aparecía en diferentes manifestaciones. El empeño de cada golpe se estaba manifestando en el contacto firme siendo hijo de la tierra con su nuevo empeño y del bastón, fiel sirviente empeñado a ser leal a un ciego excelente.

Capítulo 5 - La segunda oportunidad.

El nuevo y aún pequeño universo quedó reconstituido en un mar de acciones que acompañadas por la confusión se fueron conformando para lograr algo más perfecto. Esas cosas que forman al mundo también se iban ubicando en su debido orden. El tiempo, la confusión y la vida habrían de mantener el equilibrio hasta ese momento. El sufrimiento sólo indicaría el modo de vida y los actos indicarían su redefinición por la presencia de la confusión. Estos jueces, en ocasiones caprichosos, se comportaron a la altura de las circunstancias. Los nuevos propósitos adquiridos estaban planteados después del acto mágico que la confusión sostuvo. El hombre tenía que vivir como ciego y sentía por ello, gracias a la confusión, un poco de tristeza. Esto le afectaría alterando su empeño de ser un ciego excelente siendo en ocasiones un ciego deprimido. Él no podía sufrir y por ello le invadía un pesar melancólico. La misma tristeza era la agonía, sólo que estaba propuesta en un entorno de vida ilimitado e invaluable como era el hombre que se volvía viejo. El que era corredor lo sabía. ¡Qué varita mágica era el bastón! Fue el bastón un toque de vida ilustrísimo lo cual resultó un acierto para todos. El bastón era fuerte y entre su empeño y el de la tierra surgió el empeño del polvo y del golpe. El viento y todos se fortalecieron siendo así como el cambio de propósitos se aplicó de forma satisfactoria a ese ámbito; el lugar se había vuelto algo más precioso cuyas consecuencias terminarían en algo inesperado. Día tras día, la vida siguió su curso mientras los empeños carecían de ataques aparentes. No obstante, el tiempo hacía del lugar algo más confuso; iban surgiendo cambios notables. El bastón tras un cierto trecho vio crecer a un hijo que ignoró por completo hasta que le resultó bastante incómodo: se llamaba desgaste. Este hijo era agotador para el bastón porque mientras su primer hijo con la tierra, el golpe, era constante y digno de vida buscando su empeño en la fortaleza y en la firmeza, el segundo busca su empeño en ser debilitante. El desgaste fue un cruel resultado del cambio. Él reclamaba ser hijo del bastón al tratar de destrozar a su padre. El desgate crecía y crecía para hacer de su hermano gemelo algo más incierto y así matar definitivamente a su padre bastón. Todos, incluido el ciego, procuraban ignorar esto, lo cual resultó ser fatal y finalmente el bastón se rompió haciendo del caos parte presente.

Capítulo 6 - La segunda ocasión.

Todo lo ganado a través del tiempo se perdió en unos instantes: la confusión volvió a poblar aquel lugar y todos sus habitantes, incluido el ciego que era corredor, se sentían muy solos de nuevo. El bastón se había quebrado por el desgaste y todos estaban a punto de morir mientras la angustia se reavivaba. Pero el ciego por segunda ocasión hizo de su existencia algo más que un ciego deprimido de igual modo que no llegó a ser un corredor deprimido. El bastón fue cubierto de barro salido de la tierra. Con unas cuantas lágrimas logró formar una masa y así el dolor que sentía sintió por un momento otro empeño que era el producir líquido de los ojos del ciego. Esa masa es la que se untó al bastón y con el paso del poco viento que quedaba y con un poco de empeño sacrificado se secó finalmente el barro. Fue entonces que en la segunda ocasión en la cual se perdió el rumbo del pequeño universo las cosas no fueron tan difíciles porque el dolor mismo cooperó en la restauración de la vida de todos. El barro amasado encontró su empeño en cubrir al bastón mientras que la tierra encontraba un nuevo empeño al tratar de no destruir la mezcla de barro junto con el bastón. El bastón igualmente encontró como empeño amortiguar los golpes entre la tierra y el barro. Finalmente, el viento se reavivó al continuar con su empeño original. Así el empeño de cada habitante se había convertido en algo mejor y habían tenido como propósito evitar la destrucción del lugar tras la pérdida del orden un par de ocasiones. Sin embargo, la vida no vio otro hijo después del barro amasado y no resultaba sino la preservación de ésta, muy particularmente la vida del barro. En otros tiempos la vida se desbordaba a cada zancada del corredor, después sólo se ha tratado de preservar la vida ya existente. Nadie corría mayores riesgos y mucho menos se sacrificaría a tener otro hijo después de la ingratitud del desgaste. Todos estaban evitando llegar a lo peor y gracias a ello sería posible que lo peor llegara más pronto de lo que se esperaba. El ciego sabía que sería viejo y también sentía tristeza de no correr. La nostalgia había gobernado en este lugar mientras que el lugar se entristecía cada vez más con la ausencia de vigor. La situación no fue alarmante para la segunda ocasión pero el júbilo que se había vivido de tener hijos nuevos como el polvo o el golpe no se vivió esta vez. Imperaba el temor que no era un hijo sino otra manifestación de la agonía del lugar; la agonía nunca se había presentado con tanta lentitud.

Capítulo 7 – El agua crítica.

Tanta meticulosidad en la preservación del mundo llevó a que el descuido más simple se convirtiera en la ruina de todos. Estaban muy nerviosos y lo suficientemente desesperados. La situación era crítica. Nadie sabía que tanto el vigor desbordado como la exageración persistente y rigurosa llevarían de la misma forma a la ruina de este universo donde la agonía parecía que reinaría y luego nada. El viento no participaba mucho sino al no estorbar en los propósitos de los demás. Por otra parte, la melancolía se acrecentaba poco a poco, una ligera capa por día en la mente del ciego que tenía ya las primeras señales de la vejez desde el día en que el primer recuerdo lo invadió con su toque de nostalgia característico de quienes han vivido mucho. Cabe decirse que el envejecimiento de todos era distinto al envejecimiento del hombre. El resto de los seres del universo envejecían con la falta de empeño. Por eso es comprensible que ellos rejuvenecieran de un momento a otro. A pesar de esta pequeña abstracción tan sutil como insignificante, todos se percataban de las situaciones pasadas y presentes de la misma manera. Una observación muy acertada fue que tratar de acaparar un poco de vida los llevaba a perderla toda. Ya se había visto que la tierra al tratar de mantenerse como tierra y el viento al tratar de engrandecerse destruyeron el mundo primigenio con su hijo el polvo. También se tenía como experiencia la ambiciosa ventaja que adquiría el desgaste frente a todos y que terminó en una segunda destrucción casi fatal. Así que el empeño de todos era sostenerse con la mayor de sus fuerzas contra la codicia que desequilibraba las cosas y daba un pretexto válido al tiempo y a la confusión para entrometerse, según ellos, en la búsqueda del orden. En la desesperación y la extrema situación en la que todos se hallaban fue el viento quien sucumbió a la ambición perniciosa. Su ligereza lo llevó a pensar por un pequeñísimo instante en robarle al barro un poco de agua de las lágrimas, que si bien era poca, era la suficiente para que no se resquebrajare. Así que muy rápidamente pasó por el costado del barro y le quitó lo más mínimo que era posible quitarle de agua. Creía el viento que era tan poca que no ocurriría nada, sin embargo ocurrió todo lo que nadie quería y que todos provocaron con su nerviosismo y su miedo. Así fue como el barro tuvo una fractura en la región de donde le fue retirada el agua. Todos sabían que los cambios de empeño eran mortales pero el viento se atrevió a desafiar a la vida.

Capítulo 8 – El alma seca que reconcilió al mundo.

La fractura se extendió por todo el barro aunque pareció traspasar los límites de todo el universo. Sin darse cuenta, el barro se esfumó en una polvareda y el ciego, que nunca sería excelente, no pudo seguir su camino con el bastón hecho trizas justo cuando la polvareda se formó. Se detuvo y junto con él también cesaron los empeños de todos los seres del universo. El polvo restante, el viento y la tierra estaban aterrados. Estos fueron muriendo juntos y en el silencio que la agonía tomaba como trofeo. La tierra no tenía el ánimo de captar más del viento: estaba agotada. El viento no podía contener su culpa y su vergüenza y también envejeció en sólo unos instantes. El polvo no tenía padres y en la orfandad se moría cruelmente suspendido en el espacio. El ciego ya viejo se sentó y sintió venir todo el peso de la melancolía en forma de lágrimas. Corrían torrentes de lágrimas por el suelo decepcionado y cruzando el viento desmoralizado. Ese torrente se transformó, con el empeño de convertir a la tierra en lodo, en un charco. Tanta tristeza albergaba el ciego que no paró de llorar por mucho tiempo. Nació un lago. El empeño del lago era arrastrar a la tierra lo más lejos posible. Tanto dolor y tanta nostalgia hicieron que el viejo siguiera con sus lágrimas: el empeño del dolor en sus ojos que pasó a ser un dolor de viejo era la reconciliación con sus compañeros. Entonces se comprendió que tanto llanto y tanta melancolía guardada eran la última oportunidad de vivir en paz. El viejo recuperó la vista al perder entre tantas lágrimas el polvo que lo había cegado. Luego, dejó de llorar. El polvo huérfano fue arrastrado por las lágrimas al lago. Al comprender la tierra lo que ocurría recuperó los ánimos y tomó como empeño evitar el arrastre al contener el lago inmenso que se había formado. El viento contagiado por la misma reconciliación trató de ayudar al lago a arrastrar a la tierra. Fue tal la fuerza del arrastre de la tierra que ésta se hizo más fuerte. La colaboración fue el último hijo nacido de todos. Y cuando las fuerzas de todos los seres se igualaron, se mantuvieron hasta la eternidad. La confusión desapareció cuando todos vieron claramente, incluido el ciego. Y el que era ciego, ya viejo, decidió tomar como último empeño hasta la muerte ser el mejor nadador en ese lago. Pero el lago sabía que la armonía del lugar dependía de no servir en el empeño de ser ruta de navegación para el viejo. Así el viejo no pudo flotar en el agua y murió ahogado entre sus propias lágrimas pero con la conciencia tranquila: su alma estaba seca de toda tristeza. La agonía se vio pasar por última vez.

27 de Diciembre de 2011