Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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miércoles, 26 de diciembre de 2012

LOS ESPEJOS NO MIENTEN

Una vergüenza que no se siente. Se miró en el espejo mientras caminaba y eludió casi como acto reflejo una mirada que le pertenecía, pero que no deseaba confrontar. Una mirada cándida, que no le mostraría sus pasiones futuras, sus desamparos inciertos, o cualquiera de sus múltiples reacciones ante la hostilidad de la vida. No podía ser. Y a pesar de tal blancura y docilidad de ojos diáfanos por mocedad, no soportaba mirarse. No lo soportaba. Vaciló unos instantes, fugaces, para aclarar su mente, en la soledad de una habitación que no le pertenecía y resolvió en regresar unos pasos hacia aquel aparato proyectando el vacío del tiempo. Eso era su escasa experiencia, un vacío del tiempo. Sólo así comprendió que, efectivamente, ese vacío causaba el recalcitrar de su cuerpo entero frente a su propia imagen; el recalcitrar de su propia ilusión. Sólo ilusión, pues se estimaba ser de un modo, aunque resultaba ser de otro.

Mirando fijamente alcanzó a descubrir que prefería acercarse lo más posible, tan sólo para apreciarse definitivamente en su completa perspectiva. Viendo a tan poca distancia sus globos oculares, las pupilas se dilataron y la sequedad acudió sin piedad para producir el ardor, como una imagen de fuego que no se veía, pero que estaba allí, en sus ojos. Se alejó un poco para llorar ese dolor minúsculo y retomar la brillantez acuosa y salada, aséptica, de su visión. Un pequeño llanto de nada. Entonces apreció su nariz de gota simpática. Una gotita fina, especialmente digna, llena de presunción. Presunción por siempre. La curiosidad fue invadiendo poco a poco los terrenos que el temor pretendía conquistar. Volteó hacia arriba y hacia abajo, y a todas partes de las tierras vírgenes de su propio rostro. A todas partes. Descubría lunares sobre estepas de piel, manchas morenas sobre mesetas de color uniforme, poros de diversos tipos, vellosidades de finuras obvias, y a cada paso profundo de su observación todo parecía interesarle más y más. Dejó de preocuparle el tiempo. Dejó de atender a la intemperie voraz. Su contemplación eterna fue provocada por un éxtasis sin precedentes, con el cual lograba compaginar sus ánimos con sus sonrisas, sus frustraciones con el juguete de unas cejas que tomaban la forma del ceño fruncido, y sus sorpresas con las arrugas que desaparecían en un santiamén al pasar de nuevo a las sonrisas.

Se admiraba. Había antes visto los cuadros de retratos y los cuadros de paisajes, pero nada le generaba tanta expectación y duda como aquel espectáculo ofrecido por algo que no concebía y que era su propio rostro. Con ello sintió desilusión. Una muy enorme. Sabía que le sería imposible mirarse con sus propios ojos tal y como miraba en carne y hueso a las personas que más quería, su gente. Sabía que sólo podía entretenerse con aquella función de increíbles artificios a través de un trozo de cristal que nada tenía que ver con la carne y el hueso del resto del mundo. Y sabía que las decepciones que antes había sorteado eran nada en comparación con aquella cosa tan triste para sí. Buscó consuelo. Tomó con sus manos esa piel y esos poros, y la grasa sobre la piel y los poros. Tomó con las yemas dactilares los párpados y con unos dedos cerró uno de ellos mientras su otro ojo le apreciaba cerrado. Nada más suave y dulce que ello, un párpado. Tomó también sus pestañas y las pasó una por una cual si fuesenn las cuerdas de un arpa. Sus cejas, sus labios, sus fosas, todo se sentía. Logrando empatar la imagen visual con la imagen al tacto, la sinestesia le ofreció lo que la naturaleza no le pudo otorgar, si bien irreal, un gusto del cual no quiso asegurar nada tan sólo por aliviar la desazón al comienzo.

Llegó la calma. Finalmente, despertó del trance por hacerse de satisfacción plena y sin más que hacer, siguió el curso que había interrumpido antes. No lograba creer lo que su narcisismo le hizo apreciar y gozar, pues no se trataba de su belleza o de su fealdad, conceptos vanos éstos, sino de su verdad, la que le hizo abrir los ojos a su yo sin límites, el único que tenía y del que no cesaba de recordar con admiración. Una verdad que cambiaría el rumbo de su destino por querer mostrársela a su gente. No sentía vergüenza por nada gracias a esa verdad (tal y como otras verdades nos hacen sentir) y siguió sin pensar en aquel miedo que tenía, pero que se esfumó. Y sólo quedó el espejo, reflejando eternamente cada paso del tiempo.

26 de Diciembre de 2012

LA INMUNDICIA DE LOS ERRORES

No faltaba armonizar el hogar, pues ya se había asumido la decisión de su madre, o de su esposa: siempre era la misma mujer. Apenas transcurrían las primeras horas y las vidas de ambos ya estaban casi reconstruidas por completo, ya que ninguno necesitaba de ella, no en aquellos instantes solamente, sino desde hacía una eternidad acaecida entre el desconsuelo de tener que soportarla y el amargo sabor que resultaba tan sólo de verla caminar por los pasillos de un apartamento con tres habitaciones, un número que premonitoriamente anunciaba la cisma familiar. La cena, preparada por su padre, había sido planeada en la imaginación de cada uno, y al resultar que los detalles supuestos con antelación y anhelo coincidían con la realidad tan deliciosamente experimentada, ambos se sonrieron espontáneamente. No obstante, dentro de toda esa imagen de paz y tranquilidad ensayadas, existía una leve expresión que pervertía la realidad de la celebración. Una mirada. Aquella tan llena de coquetería y dirigida hacia él. La misma que sin equivocación había percibido su madre y que la escandalizó en un grado agudo, pero insuficiente para liberarla de sus prejuicios, mismos que la obligaron a esconder sus ideas acertadas sobre la hija respecto al padre. Al instante de detectarla, mucho antes de partir, la mujer se indignó por un fingido motivo que la hizo alejarse cobardemente del comedor, pues jamás había concebido el confrontar a su hija para corregirlo en el momento apropiado. Siempre ella con sus prejuicios.

Avanzados los días, y luego de un año y medio de cotidianidad eternizada, la falsa señora de la casa había olvidado el incidente, más por eludirlo que por no tomarle importancia, sin embargo ya habían comenzado las disputas ocultas en contra de ella. No terminaba una discusión con la hija por su tardanza al llegar del colegio, cuando ya el marido le soltaba un sermón pesadumbroso y lleno de quejas sobre porqué no debía reprender a la «niña». Un ejemplo de tantos enumerables que terminaron con la paciencia de ella para preservar su matrimonio y con el instinto que debió necesitar para proteger a su hija. Protegerla de la realidad, tal y como nunca logró hacerlo. Tan sólo habríase de recordar la ocasión en que la menor ingresó a la cocina y por una cuestión de suerte no terminó sino con un diminuto rasguño ocasionado por herirse con una astilla de alguno de los muebles de madera al colocar su brazo muy cerca de él y rozarlo por alejarse con mucho susto de la olla que cayó con el estrépito del agua hirviendo que contenía. Hechos como éste fundaron un odio persistente que la joven (años después), necesitada de una madre como las auténticas, alimentaría de una forma sutil: con un retrasado complejo de Electra.

Ya no habiendo marcha atrás, sin el único obstáculo para seducir a su padre, que era su madre, externó con mucho descaro la sensualidad inconcebible en el sano juicio de las personas para con sus progenitores, pues no siempre los hijos heredan los rasgos corporales, pero sí los hábitos y costumbres de respeto para con los miembros que no «conservan la misma sangre», pero como si así fuese. Como hombre distraído, el padre torpemente intuye que esa actitud es debida a los efectos de su alegría y encanto por la buena noticia que era para ambos la partida de la «bruja». Así que, como mujer astuta que había nacido la hija, hizo mucho más obvio y hormonal, estimulante, el ejercicio de atracción. Dejó entreabierta la puerta de su habitación y comenzó a exclamar sensualidad a través de gemidos sugerentes mientras se encontraba envuelta por su desnudez. El padre, muy extrañado por unos sonidos que en algún momento había interpretado con su esposa ya lejana y que a su habitación llegaban, acercóse al ámbito de origen de éstos, donde su hija se estimulaba con el propósito de lograr que el hombre la estuviese observando, tal y como ocurriría unos pasos más tarde.

Una puerta sin rechinar y suave en su transcurrir fue con la que lidió estupefacto al comienzo él. Más aún, la imagen que lo recibió fue una especie de revelación para un hombre lleno de una libido impenitente. Él no quiso pensar nada y a la vez lo pensó todo. Y la joven fingía que no sabía de tal presencia ante el marco de la puerta, pues actuaba con las manos llenas de una labor de autocomplacencia. No sabiendo qué hacer, sus instintos carnales terminaron guiándolo a su perdición. Una a una se deshizo de las prendas que portaba. Uno a uno tiró por la borda sus instintos paternales, los que debieron hacerlo retroceder y maldecir la situación indecorosa en que halló a su hija, y finalmente aferróse a la joven, cuyo rostro era casi el reflejo del rostro de aquel hombre destinado a morir antes de pensar en lo que hacía. Apenas comenzaban a culminar el festejo por la huída de la madre, cuando la sobrecarga de adrenalina que corría por el torrente sanguíneo del padre, debida ésta a lo inesperado y sofocante de la ocasión, invadió su corazón haciéndole sufrir de una inmensa taquicardia, dejándolo en el más puro estado de inmovilidad. El dolor por la apuración del músculo en cuestión hízole exclamar apenas cinco o seis sonidos guturales que terminaron convertidos en nada, simple deseo acallado por la justicia de la evolución biológica.

Junto al cadáver, la joven huérfana padeció la tristeza de su soledad, la pena de su futuro incierto, y las lágrimas incontenibles que fueron causadas por un error entramado desde el primer instante de su adolescencia transtornada y cruenta. Preparó a su padre para yacer en su cama, tan femenina ésta, hasta pudrirse por completo; lo vistió con un traje sastre lleno de arrugas y lo encerró bajo llave en la habitación. Después salió a vagar por la calle, donde se perdió sin saber ni quién era, ni quién debía de ser. Se perdió en la inmundicia de otros tantos con errores más imaginables o creíbles que el suyo.

26 de Diciembre de 2012