Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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viernes, 4 de enero de 2013

EL SIGNIFICADO VIGESIMAL

Para Lalo.

Los años veinte del siglo XX han constituido la época más irrepetible de todas. Las mujeres apenas comenzaban a aligerarse la carga moral cortando los holanes excesivos de sus vestidos con una Coco Chanel deseosa de femineidad vanguardista, destazando para siempre las largas cabelleras de Rapunsel, cuando los automóviles avanzaban a paso firme por la iniciativa de Henry Ford para la eternidad de sus casi primeros cien años a la fecha. Fue un periodo de primeras veces. Los primeros rascacielos, los primeros ordenadores ancestros directos de los ordenadores portátiles, los primeros materiales sintéticos, las primeras modas al alcance del vulgo, los comienzos formales del capitalismo, y muchos eventos que jamás habían ocurrido.

En Chicago nacían las mafias que hoy controlan de algún modo el crimen a lo largo y ancho del redondo mundo que Américo Vespucio habría de reimplantar en el imaginario del hombre ambicioso, sediento de poder y conquista. Jesucristo tenía veinte años al instante en que tuvo la ocurrencia de manipular a la gente con la idea del amor al prójimo. Albert Einstein llega a los veinte llevando a cuestas las ideas que lo habrían de poner en la cima de la Ciencia como el sabio idealizado, aquellas reconocidas con un mediocre premio Nobel en 1921. Isaac Newton publica a la misma edad la verdad gravitacional del universo sin voltear atrás para ver a su madre que lo abandonó al amparo de sus abuelos, sintiéndose libre el genio arrogante.

Ahora, omitiendo los desdichados tropiezos “homofílicos” del concurso Miss Universo, las mujeres más hermosas son presentadas como un harén en su apogeo vital: a los veinte. No llegamos aún al periodo del 2020 al 2029 y ya están augurándose los milagros tecnológicos más inesperados y sorprendentes. Avanza el reloj como una clepsidra porcentual. Cuenta hasta el momento con el veinte porciento de su capacidad total. No es mucho, pero tampoco es mínimo el tiempo transcurrido. En realidad cualquier cosa puede ocurrir en el sendero asfáltico del destino grisáceo, incierto. El término inicial de un hombre puede marcarlo una variedad inmensa de motivos que lo induzcan a concebirse como un Al Capone, como un Darwin o como un don nadie. Pero al observarse la marca insidiosa de los veinte años de edad en el reloj de arena sanguínea transportada una y otra vez por el corazón delator de Edgar Allan Poe, uno vive con la oportunidad más grande de todas, la de escoger el porvenir propio, la de forjarse la armadura de la prosperidad o de la perdición.

Newton no sabría que tan inmortal llegaría a ser y a pesar de todo siempre fue un arrogante. Y pasado el año 1921, Einstein se tragaría la desazón de haber desbaratado un artículo donde publicaba gracias a su teoría de la relatividad general manipulada erróneamente que el cosmos era estático cuando en verdad se expandía. Jesucristo, el divino, se bañaría de orgullo soberbio por decir que todos merecían amor siendo que a él se lo negaban. Errores se cometen, por supuesto, sin embargo el tiempo coloca a las situaciones en su debido orden. Así al genio de Einstein le bastarían sólo unos años para reivindicarse al poner en jaque a la teoría cuántica, y a la fecha no se ha logrado sortear este obstáculo que bien le habría valido otro premio Nobel. Y que decir de Jesús, que a dos mil años y otros más no logra morirse porque terminó venciendo míticamente a la muerte.

Si tan siquiera él hubiera estudiado Lógica, el establecimiento de la definición acertada del amor sería más fácil de vigilarse según las pretensiones cristianas. El amor que Gabriel García Márquez plasmó con sus letras en los tiempos del cólera sin pensar en lo superior de sus ideas, en lo elevado de su mente o en su inmortalidad literaria. Ningún hombre debería vivir sin amor, y mucho menos a los veinte. Algunos se preguntan cuándo les bajará del cielo la mujer de su vida, y otros se cuestionan cuándo sacarán de su alma esa espina encarnada llamada mujer. Aun así, a los veinte años es imperdonable toparse con el reflejo de un Don Quijote sin su Dulcinea, es decir, con el alma de un sonámbulo. Darwin jamás refirió en sus discursos el poder de conservación de la vida posibilitado por el amor en los seres sociales, y esto le provocó solamente desdén e indiferencia recalcitrante por parte del mundo del siglo XIX.

Ya no más. Así como él quedó consagrado, las horas valen la pena y exaltan tarde o temprano la obra del trabajador, del que se esfuerza, y del que decide trascender. Automóviles van y vienen, en avance y reversa, se estacionan, y Henry Ford se entusiasma con los modelos japoneses desde su tumba bendecida por míster Rockefeller, el señor del petróleo. Las olas van y vienen por el poder de la Luna. Y por ir y venir ambos sujetos, Ford y la Luna, caben plácidamente en el salón de la fama de los inolvidables, los que a los veinte, o en los veinte del siglo XX, el siglo más glorioso y equívoco de todos, marcan sus pasos en el asfalto de la eternidad, o imponen modas vanguardistas de vestimenta, o desarrollan vestimentas cosmonáuticas con materiales inéditos, o simplemente deciden ser inolvidables con su carga repleta de anhelos.

22 de Mayo de 2012