Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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sábado, 23 de febrero de 2013

LA TRASCENDENCIA DE LOS ACTOS

Espero no morir como mi abuelo.

***

Cáncer. Fue definitivo. Tan convincente y a la vez brutal sonaba aquel diagnóstico expedido por el médico que la indignación afectó incluso a la suegra del paciente. Resultaba sorprendente tal reacción, pues ella no era, en contraste con el diagnóstico, tan consistentemente una pariente cercana. Menos si ella vociferaba a escondidas en contra de él, su yerno. Menos si logró implantarle una fama de ogro malhumorado que quizá fuese certera, pero siempre injusta para cualquiera. Ambos, yerno y madre, diferían en diez años. Él se hacía acompañar, aparte de su defensora inusitada, por su hija; su esposa no hubiese podido ni entender ni soportar lo inevitable de la enfermedad.

¡Señor, es que si esa tos no se le quita desde hace meses es porque entonces tiene cáncer!

Esta frase hizo caer toda la sangre del rostro de la hija hacia un estómago de copiosa congoja por verse desolada. La suegra no se contuvo y contestó sin escrúpulos de por medio:

Pues usted tenga cuidado, porque si sigue fumando así, le va dar cáncer de pulmón.

El médico no ejerció reacción, probablemente por soberbia. En todo caso, él efectivamente era un fumador empedernido, ya fuese durante las consultas o en su tiempo libre.

***

Siempre pensé que la abuela era una bruja.
Ja, ja, ja.
En serio. ¿Cómo pudo morirse tres meses después el médico? ¡Eso pareció como una maldición o algo así!, ¡ja, ja!

***

Así fue. Antes de morirse el paciente se murió el médico. Ese hombre había atendido durante muchos años al matrimonio, sujetados marido y mujer siempre a los designios de la seguridad social.

Él, el paciente, había trabajado para una compañía disquera. Eran discos de acetato, o vinilos. Con el tiempo, la empresa disminuyó el tamaño de los discos a unos de cuarenta y cinco revoluciones, ya no de treinta y tres. Y con mayor tiempo aún, pasó de estos discos a las cintas magnetofónicas. El paciente no alcanzó a ver la transición digital, no así el resto su estirpe, e incluso su suegra disfrutó de aquel milagro. Sin embargo, no fue por su muerte que no conoció tales cambios. En realidad era por su trabajo que él se mantenía a la vanguardia en tecnología de audio, pero después del recorte y tras varios años de servicio habrían de despedirlo por «exceso de experiencia». El señor, el antes empleado, se refería a su despido en otros términos:

No hija, ellos me corrieron porque les resulto un viejo inútil.
No diga eso papá, usted sigue sirviendo y mucho.

Por tal motivo no conoció la nueva ola en discos de policarbonato, los compact discs, porque bien pudo haberla conocido desde sus labores diarias aunque su costo por esos años fuese alto. Esto lo confirma un comentario de la hija:

Ahora veo los discos que tu hermana y tú compran y me acuerdo todavía de cuando costaban cinco mil pesos. Ya los venden en todas partes, y ¿qué te cuestan? ¿Cinco pesos?
A veces menos.
Ve. No lo puedo creer, ja, ja.

Lo que sí alcanzó a vivir el padre de la madre del muchacho, o sea su abuelo, sería la muerte, anticipada apenas a la suya, de una princesa:

Todavía a tu abuelo le tocó la muerte de Lady Di.
¿Sí?
Sí, porque él murió en septiembre y ella murió antes. Me acuerdo que él estaba recostado y la televisión estaba prendida con las noticias hablando de eso.

Le interesó de sobremanera esa muerte al señor, la última de la cual sabría. No era para menos; él reconocía que también moriría, y pronto. No obstante, en su momento la insensibilidad del médico no le afectó en lo mínimo. Más aún, trató de calmar a su hija.

No te preocupes, todo va a estar bien.
Papá, es que le acaban de decir que tiene cáncer. Eso no se vale. El médico no tiene derecho para decirle esas cosas.
¡Ese médico no sabe nada! Ya ves que tantos años hemos venido con él tu mamá y yo, y como siempre dice puras tonterías.

Luego, se hizo un silencio. Querían de alguna forma eludir el problema. Así se mantuvieron hasta llegar a la casa. La esposa les preguntó qué tenía él, su marido, y la hija narró con cierto detalle lo ocurrido. Parecía que nadie de ellos tres entendía muy bien lo que la palabra «cáncer» quería decir.

¿Pero en sí qué tienes?
Pues en realidad el médico no dijo nada. Sólo le mandó unas pastillas para el dolor en las costillas y le mandaron hacerse unos estudios.
¿Y cómo te sientes?
Bien. Los jugos me han ayudado mucho.

Más allá del significado, que simplemente les representaba una vaga aproximación a la palabra «muerte», no querían pensar de más por no atraer innecesariamente los hechos funestos. Los días entre hospitales transcurrieron rápidamente. En ocasiones los médicos ya no querían decirles nada. Uno los envió a Oncología y no tenía ningún rastro de contento en sus gestos, ni siquiera porque cometiese un gravísimo error. Tampoco entendían el significado de la palabra «Oncología». Aún así acudieron allí. Y de Oncología a con el urólogo. El tacto rectal confirmó una cosa: la presencia de una masa desconocida y redonda a un costado de la próstata. Pasada la experiencia ciertamente vergonzosa que quedaría sin adjetivos para el resto de la historia familiar, nuevamente acudieron a Oncología. Allí recibieron los resultados de las radiografías en un documento donde se precisaba otra cuestión desconocida hasta entonces por los miembros de la familia: Metástasis.

***

Años después la nieta oiría hablar de aquel término:

Metástasis, anoten, es equivalente a la difusión sistémica de la células cancerosas. Se parte de una región en el organismo que contiene algún tumor canceroso y se propagan las células con el paso del tiempo, atacando al resto del cuerpo.

La joven escribió el dictado, pero con resquemor, porque eso le hacía recordar que alguien de su familia había muerto de cáncer. Este mismo término interesaría a su hermano, el nieto, cuando alguien reprendía a otros jóvenes por un juego macabro:

No jueguen a eso. ¿Por qué se dicen que parecen niños con cáncer? Eso no está bien. Ustedes no saben lo que sufre una persona con esa enfermedad. Puede incluso sufrir de metástasis porque el cáncer se le riega por el cuerpo, y es muy doloroso. La persona ya no queda con muchas oportunidades de recuperarse. No, no deben jugar a eso que es una cosa muy cruel.

Hasta entonces el nieto cayó en la cuenta de las omisiones del pasado. Si bien no estaba de acuerdo con el juego interpelado, sólo en aquel instante imaginó el dolor de su abuelo.

***

¿Me dibujas un avión?
No molestes a tu abuelo, que está cansado.
Ven.

Pasados unos minutos, el señor había concluido el dibujo. Pero no era un avión convencional, porque si bien tenía el trazo distinguible de la vista superior de un avión, el contorno, que fue lo único posible de dibujarse, lucía tembloroso, muestra del debilitamiento motriz del señor. El nieto pequeño, de cinco años, no pidió más porque en cierta forma comprendió que algo no marchaba bien. Solamente sabía que el abuelo se encontraba enfermo. Otro día llegó el tanque de oxígeno. Se instaló para que el señor pudiese respirar adecuadamente. Lo habían conseguido tras hacer una llamada al teléfono escrito en el directorio. Algunos teléfonos lucían anuncios con imágenes sobre la forma de los tanques. Uno en particular tenía el dibujo de una anciana con el respirador en las narinas. El señor, en cambio, apenas hacía notar la presencia de las mangueras. Su respiración se tornaba en ciertas ocasiones áspera y en otras tenue. Así se mantuvo hasta el día del deceso. Fue a partir de esa dependencia mecánica al oxígeno cuando todos, sin excepción, fueron conscientes de la inevitable muerte. Tanto, que un día sin previo aviso el señor cayó en un estado de sueño profundo. Su esposa lo quiso despertar para saber cómo estaba y darle a ingerir su medicamento si sentía dolor, pero él no reaccionó. Fueron varios intentos en que los hombros del señor fueron agitados ya no sólo por la señora, sino también por el joven nieto. Entonces creyeron, sin quererlo creer, que ya se les había ido. No obstante, a la última sacudida, cabe decirlo ninguna fue especialmente violenta, el señor despertó un poco molesto pero comprensivo con la situación. Él sabía que su esposa estaba asustada dentro de su ignorancia respecto a la enfermedad y que, por supuesto, su nieto habría de inquietarse dentro de su inocencia. «¡Abuelito!, ¡abuelito!», decía. Después de tal afrenta insulsa aunque representativa, fueron días aciagos. Un perro aulló toda una tarde, siete días antes del deceso. Luego, él contó a su hija que vio un perro en la noche a lado suyo. Tal alucinación iba acompañada de una terrible hinchazón en los pies, llenos de líquidos y rodeados de moretones generados sin previos golpes a los cuales culpar.

Todo ese via crucis habría de culminar un mes antes del cordonazo de San Francisco. Antes del final, Vicky, la mujer que atendía la estética vecina, recortó el cabello del señor y éste quedó con algunos hilos endebles de canas soportados por alguna fuerza llena de dignidad. Porque él moriría con su vanidad blanca decente, como correspondía a un caballero de su talla. Tan sólo habíase de recordar la fiesta de quince años en honor de la nieta, donde él bailó un valse inolvidable en virtud de la más joven de su estirpe. Después de Vicky, acudió un confesor para dignificarle ahora el alma. Pero como el alma sea el reflejo de uno, el señor no reveló nada importante y conservó su dignidad como hombre por rechazar premeditadamente su dignidad ante lo divino. Un día, antes de morir, según refirió a su hija y a su esposa, el señor vio a su madre. Ella era semisorda en vida. Por esa razón sólo alcanzó a verla, es decir, ella no lo escuchó llamarla. Al amanecer, el nieto habría de abandonarlo. No era precisamente una ruptura, pero bien el niño pudo emberrincharse. Y no lo hizo porque su abuelo así se lo pidió:

Vete a la escuela, hijo. Pórtate bien con tus maestras y tus compañeros.
Sí abuelito.
Vete con cuidado.

Entonces él, el hombre, no tenía por qué más seguir vivo. Su nieto, el más vulnerable de todos en la familia, supo asumir su soledad y, en consecuencia, no había más a quién acompañar de la mano para hacerlo un hombre como él lo había sido hasta el momento y el final de su vida.

A las dos de la tarde con treinta minutos la flema se apoderó de su tracto respiratorio y él comenzó a mostrar signos de asfixia. A las tres de la tarde en punto y después del primer día de escuela, el nieto yacía berreando a lado del abuelo, entre el deseo por intentar despertarlo y el respeto por quien no había nada más que hacer según los demás decían. Un médico fue llevado allí, de improviso. Sólo declaró lo que todos veían, la inminente muerte, y después de firmarlo se fue. El señor, en un breve coma, seguía moviendo desesperadamente la boca para captar cualquier burbuja de aire, por pequeña que fuese, en su hálito oxigenado por un tanque que no servía, evidentemente, para reanimar a los moribundos. Los trámites los llevó a cabo la hija. Actas y certificados caerían tarde o temprano como prueba fehaciente de los hechos sufridos y llorados, así que era mejor llevarlos a cabo temprano para llorar todo lo que se antojase después. Partió con el pequeño la hija para dar la cara ante una burocracia innecesaria en los tiempos más duros. Por este motivo casi heroico ninguno de ellos vio la caída completa del único Cristo presenciado por el nieto en carne y hueso.

No así fue para la nieta. La joven adolescente, víctima de la tristeza, acercóse a su abuelo para buscar consuelo por la muy cercana muerte de él mismo. Siendo condescendiente con ella, tal y como siempre lo había sido, él despertó repentinamente y tomó asiento con la ayuda de su adoración de niña. Se miraron francamente a los ojos, justo como él nunca había mirado antes a nadie, y se tranquilizó de verla allí, apoyándolo. Un último devaneo de felicidad. Luego vomitó parte de sus entrañas ante la mirada atónita de la nieta, que siempre lo consideró alguien inquebrantable, el más fuerte de todos, un roble. Ella siguió concibiéndolo así en el imaginario de su pasado, pero esta escena la marcaría por el resto de su vida. Fue así que alguien la alejó del casi cadáver y que otra mujer tomó el lugar para limpiar con trapos, los que fuesen, toda la sangre esparcida y mezclada con saliva y flemas de horror. Una cubeta le fue acercada al agonizante para desinhibirle los deseos por vaciarse. Y allí se regaron sus últimos rastros de conciencia. La mujer era su hija mayor, hermana de la hija tramitante. Ella, la mayor, era una especie de hija pródiga e increíblemente fue quien le cerró los ojos al sexagenario indómito, rígido mas comprensivo, que cedió en sus esfuerzos ese jueves a las cinco de la tarde con quince minutos.

***

Espero no morir como mi abuelo.
¿Cómo? ¿Por qué lo dices?
Porque todos llegaron a estorbar. Comieron lo que quisieron y bebieron hasta donde pudieron, abusando de nuestra tristeza.
Bueno, no creo que eso haya sido algo malo. Así ocurre en todos los funerales.
Estuvimos solos desde antes y después todos ellos llegaron como cuervos a consumirnos, aprovechándose de nuestra soledad.
Ni siquiera se aprovecharon de ti, por favor. Tú ni hacías nada.
Llegaban sólo para decirme «tu abuelito está en el cielo», mientras que yo no quería saber nada de ello. Mi abuelo se había muerto y yo lo sabía, no hacía falta mentirme. Todos llegaron para ver con su morbosidad al cadáver. No entiendo cómo si lo despreciaron antes en vida. En lugar de eso, nos hubiesen dejado tranquilos.
Lo dices porque en aquellos momentos nadie te ponía atención, pero considera que mi mamá y mi abuela, y todos, estábamos muy ocupados, entiende.
Si toda esa gente no hubiese llegado, todo hubiese sido más fácil, más tranquilo y sincero. Ahora sólo recuerdo que fueron tiempos fatigantes y por demás tristes.
¡Ya! Nuestro abuelo murió y nada más.

La hermana fue contundente. Él no volvió a referirse al funeral como un signo de hipocresía de personas que nada tenía que ver con la familia en la mayoría de los casos, sino como un evento de consagración para el abuelo, aunque él no lo creyera así ni antes ni después.

***

Fue enterrado en su pueblo natal, justo arriba del féretro de su madre. La placa metálica que anunciaba su domicilio final era negra. La forjó en tres días el herrero local, a tres calles del ominoso y concurrido proceso fúnebre. Le dio forma de pergamino. Decía algo sobre su familia, que lo habían querido mucho, etc., palabras clásicas en ese tipo de anuncios. La instalaron inmediatamente debajo de la placa donde se anunciaba la presencia de los restos de su madre, de acuerdo con su última voluntad.

Nadie más volvió a aquél lugar, porque en la lejanía se dificultan las voluntades y se alargan los pretextos. Sin embargo, la familia lo recordaría eternamente, dibujando en ocasiones aquellas tardes de reparaciones interminables en el tallercito eléctrico que él había acondicionado, o las incontables frases dicharacheras que soltaba durante conversaciones mundanas, o la infinidad de plantas y animales que atrajo a su pequeña granja de ensueño en un ámbito luminoso y feliz. Por el contrario, jamás volverían a mencionar el orinal azul al que terminó ligado por no poder soportar el agotamiento al caminar hasta el sanitario, o que finalmente usaría pañal para adulto ya que terminó sus últimos días como un hombre incontinente. La familia lo mantendría en un pedestal de amor permanente y póstumo, lleno de arrepentimiento por el cariño que faltó decirle y mostrarle cuando era posible. Lo querían desde la nostalgia, así, tal y como cualquiera quisiera estar después de muerto, siempre asumiéndose en todas las charlas la trascendencia de sus actos.

23 de Febrero de 2013

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