Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

·

La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

·


viernes, 15 de marzo de 2013

HERMANOS EN LA AMISTAD

Para Lalo que, por supuesto, es mi hermano.

¡La gente es muy sucia!
No, la gente no es sucia.
No diga que la gente no es sucia, ¡claro que lo es! Fíjese bien hermana, fíjese bien. ¿Ya vio cómo se besan esos dos? ¡Son unos puercos!
Hermana, que ellos ejerzan su amor no significa nada más que eso. ¡Es usted muy escrupulosa!
Tengo escrúpulos, sí, porque sigo fielmente lo que la Santa Biblia dice. La conozco de memoria y sé que usted también recuerda con toda claridad lo que dice la «Ley de Santidad» en el Levítico dieciocho veintidós.
La «Ley de Santidad» fue escrita hace mucho tiempo. Ahora todo es diferente. No significa que esté de acuerdo, pero créame hermana, hoy tienen el derecho nos guste o no. ¡Yo jamás atentaría en contra de ellos! También son hijos de Dios.
¡Son hijos del Averno!
¡No diga eso, por favor!
Lo merecen.
Pero usted, con su investidura, no debe invocar así como así a las tinieblas. ¡No sea imprudente!
Tiene razón, discúlpeme. Pero ellos me hacen hervir la sangre con sus porquerías y sus ejecuciones abominables.
¡Ya, ya!, no siga pensando en eso. Mejor caminemos hacia otra parte. Así se tranquilizará.

Entonces, las dos hermanas caminaron. Rezaron por la expiación de sus almas tras hablar sobre lo prohibido, lo profano, y continuaron su recorrido hacia el edificio de provisiones. Los «sucios» no se percataron de la presencia de las «carmelitas». Cada par estaba en su propio asunto: las religiosas rogando a un Dios misericordioso en aquella ocasión para que salvara sus almas, y los novios gozando de su romance lleno de aires progresistas.

¡Míralas! ¡Malditos pingüinos!
¡Cállate idiota!, que te van a oír.
¿Qué? ¿Acaso les tienes miedo?
No, pero tampoco grito a los cuatro vientos cualquier frase irreverente que se me venga a la cabeza. ¡Parece que tienes caca allí, en el cerebro!
¡Caca!, ja, ja, ja. Sólo digo lo que pienso. Las viejas aquellas se tragan todo el dinero de las limosnas y se emborrachan con el «santo» rompope. ¿Y qué me dices, aparte, de los padres? Siempre con el vino de consagrar, siempre. Yo me pregunto cómo le hacen para no trastabillar a la mera hora.
¡Te digo que te calles! ¡Nos vas a meter en problemas! ¿Qué no ves a las personas? ¡Se van a enojar!
¡Pues que se enojen! Tengo libertad de expresión.
¡Pues libérate con tu abuela, que yo no me arriesgaré a que te escuchen y vean que voy caminando contigo! ¡Cabrón!

Primo con primo terminaron cada uno por su parte. Primo con primo se hicieron rabiar. Las monjas no escucharon nada de la discusión, pues continuaban abstraídas por la salvación de sus almas. Tampoco nadie de los presentes alcanzó a escuchar alguna de las frases que, a pesar de ser emitidas con potencia de dicción, fueron agotadas en lo bajo del volumen que el primo escrupuloso impuso al comienzo y que fue consecuentado en susurros agresivos e impetuosos en el ánimo por el primo cobardón. Porque eso sí, él no se atrevía a decirles cara a cara a las monjas, sentadas durante unos minutos comunitarios en el banco de la «Alameda», lo que inspiraban sus hábitos de «pingüino», o sus hábitos de convicción.

¡Hazte a un lado!
¿Por qué?
Porque ahí anda un «hippioso».
¿Y luego qué?
Que ésos se «drogan». Fuman mota todo el tiempo, son unos desobligados que no se ponen a trabajar, unos mantenidos. ¡Si tan sólo yo fuese su madre...!
Pero no lo eres.
¡Claro que no! Afortunadamente. Yo jamás tendría hijos como ellos. No. Mi hijo jamás se metería en aquellos asuntos. ¡Yo misma le cuido las amistades!
Mejor ni digas; mejor ni digas. Más rápido cae un hablador que un cojo.
¡Cállate estúpido! No sabes lo que dices.
Nomás digo...
Pues no digas nada. ¡Impertinente!
Escúchame. A mí también me preocupa tu hijo. ¡Caray, es mi sobrino! Por lo mismo te prevengo en todo lo que pueda ocurrir. Él no está exento de nada. El mal está en todas partes e incluso muchas veces no lo podemos evitar o eludir. Por eso cuida tus palabras, porque no sabemos si tu hijo pueda llegar a sufrir algún día una calamidad semejante.
¿Y tú qué sabes? ¿Eh? Yo sé cómo educo a mi hijo y si no te gusta, pues consíguete el tuyo. Ya estás bastante grandecito como para buscarte una mujer y casarte.
¿Y si no quiero, qué?
Nada; nada. Ya ves qué se siente que le digan a uno que está haciendo mal las cosas. Cada quien sabe, que no se te olvide; cada quien.
Al menos yo no paso a criticar a cualquiera que se encuentre sentado por ahí.
Yo nada más dije lo que vi, a un «hippioso» bueno para nada.
Te repito, mejor piensa en tu hijo.
Y yo te repito, imbécil: ¡déjate de tus mariconadas y ya cásate de una buena vez!

Acto seguido, la familia se fracturó por algún tiempo. Sin embargo, poseían cierta piedad dentro de sus soberbias y volvieron a citarse en alguna otra ocasión, con el niño, el sobrino, o sin él de por medio; ellos no lo sabían y nadie más lo habría tenido que saber. A diferencia de las hermanas y a diferencia de los muchachos, los primos, sí hubo quién escuchase la conversación de este hombre y de esta mujer no tan dispares en educaciones, pero tan dispares en sus formas de juzgar.

¿Qué será tener un hermano, o una hermana? Jamás lo sabré. Sólo espero que los que son hermanos o hermanas no discutan más. ¿Qué será discutir a causa de las diferencias con la gente más querida?
Eres muy idealista.
Bueno, no espero decir de mi propia boca ni de mis propios pensamientos que todo el mundo se vaya al Infierno.
¿De qué va tan «lastimera» diatriba?
Escuché a unos hermanos, mujer y hombre, que discutían, si bien entendí, por sus diferencias. Ella llamaba a alguien «hippioso», y él se molestó por la acción juzgadora. Entonces, la atacó mencionando de una forma un tanto non grata a su hijo. Explícitamente, él le dijo que «cuidara muy bien a su hijo, porque ella no podía asegurarse del destino del niño».
No encuentro nada de conmovedor en todo ello.
Ocurre que la atacó mencionando a su sobrino. ¡Eso me resulta verdaderamente sorprendente!
No deberías de sorprenderte tanto, amigo mío. Así somos las personas. Nos atacamos y ya. Luego, continuamos con nuestras vidas.
¿Así, tan campantes?
Así tan campantes. Si nosotros no caemos en eso, y vaya que te quiero mucho, casi como un hermano, si no es que como un hermano, es porque nos toleramos.
No estoy tan seguro de que jamás nos ocurra algo parecido. Pero me conformo con la idea de que, igualmente, te quiero como si fueses mi hermano, aunque no sepa realmente de qué se trata tanto parentesco. Acuérdate, tampoco tengo primos. Y mis padres ya están muertos. Sólo me quedas tú. No obstante, nunca podría asegurar si te quiero como se supone se debe querer a un hermano o a una hermana.
A veces es mejor tener amigos que hermanos. Créeme. Tú eres mi apoyo desde que te conozco. Sin ti, no sé cómo habría salido de muchas. Y quiero mucho a mis hermanas, pero tú, tú eres el hermano que nunca tuve. Has de cuenta, pues, como ya te lo he dicho siempre, que tener un hermano es algo así como tú y como yo somos en nuestra amistad. Un lazo irrompible por estar ligado más allá de la sangre.
Suena poético, pero ciertamente no me convences. Jamás lo has logrado. Sigo y seguiré con la misma duda hasta el final de mis días.
Te aseguro que cuando llegue el final de tus días, o bien ya estaré muerto yo, o bien será tu final y podrás darte cuenta de que somos hermanos desde el primer día en que nos conocimos. Es más, quizá si me llega la muerte antes que a ti, también podrás sentirlo así.
¿Sabes? No tengo familia. No lo quise así. Y si no deseo vivir con nadie o casarme, aparte de que ya estoy viejo para eso, no creo que pueda tolerar mi soledad junto a alguien más. Tampoco creo que alguien más, salvo tú, llegue a comprender mi soledad sin caer en el vicio de los juicios imperdonables.
Te agradezco lo dicho. Eso quiere decir que siempre he de ser de tu familia.
Tal parece amigo mío, tal parece...

Después de un abrazo y de una despedida tan habituales como las prendas de las mujeres antárticas, las «pingüinos» según diríase antes, se alejaron sin alejarse. No voltearon a verse de nuevo porque el destino los voltearía sin que ellos se desgastasen por esfuerzo alguno. Ambos lo sabían. E igualmente confiaban el uno en el otro de manera incuestionable. El uno podía tomar decisiones por el otro como si se tratase de una misma persona que decidía por y para sí misma. Esto les tomó tiempo, pero al final la incipiente evolución a través de los días de su relación les acercó las facultades fraternales de las que tanto se enorgullecieron aquel día donde unas vidas siguieron juzgando a otras vidas por igual.

Todos hermanos de palabra, como las religiosas, o de convivencia, como los primos, o de sangre como el hombre y la mujer conversando entorno al sobrino que también era hijo. Pero nunca tan hermanos como aquellos tolerantes, tolerables y tolerados durante los días de dicha y de desdicha. Hermanos de sentimiento: hermanos por adopción. Hombre con hombre que nunca serían una «abominación», sino hombre con hombre de manera apostólica, aunque nada romana. Muy semejantes a Jesús, el Dios, eran «carne de su carne» mutua, carnales en la amistad. Consanguíneos dado un «Espíritu Santo» que los unía sin que éste existiera. Consanguíneos más que por divinidades invisibles, por los consejos sin escisión atroz. Consejos que en su falta de juicio se convertirían en las conversaciones más entrañables, llenas de anécdotas y verdades. O falsedades que resultaban verdaderas en la gratitud omitida por el «Gracias», pero admitida por el «abrazo».

Abrazos de admiración, y abrazos sólo por ser abrazos. Abrazos de fidelidad: abrazos de unos hermanos en la amistad.

15 de Marzo de 2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario