Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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sábado, 12 de enero de 2013

DE QUIEN ME ENAMORÉ: UNIVERSO ROSA VIOLÁCEO


      El universo rosa violáceo
      encárnase siempre profundo
      en la piel de sangre corriente,
      endulzando el viento, el aire,
      llamando a las aves sin vuelo,
      las poesías inspiradas en ti,
      la fuente de un digno color.

      El volcán plaga todo en cenizas,
      de basalto, limpiando conciencias,
      tan espesas éstas, con azufre.

      Tu belleza, ademanes preciosos,
      abruma a la Tierra entera
      con intenso candor femenino
      de ternura y estética pura,
      agraviando a seres montaraces,
      como el mío, pobre encantado,
      reconociéndola en tus ojos
      esa parsimonia eterna.
      Y el volcán plaga todo en cenizas,
      de basalto, limpiando conciencias,
      tan espesas éstas, con azufre.
      Tus labios, sensualidad máxima,
      y en tus lunares, la felicidad
      de tu coloreado y vivo manto
      retornando el amor a caídos
      corazones, como el sordo mío,
      hechizado entorno a la luz
      espléndida, de tu enorme chispa,
      la que ha de empapar mis deseos
      con el fuego extraño, tímido,
      del ser duro y cristalizado
      de extensas salinas nacaradas,
      de tus formas, acompañándome,
      pero sobre todo del vestido
      profundo que portas magnífico
      luciendo colores que proclaman
      en mi memoria inquietud.
      Siempre, plagando en cenizas,
      de basalto, limpiando conciencias,
      tan espesas éstas, con azufre.
      Tejidos del alba y tempestad son,
      encarnados siempre en la piel,
      la de roja sangre corriente,
      del universo rosa violáceo
      como a él perteneces tú.

      Enero 2012

       

ENCANTO FOTOGRÁFICO

       
      Fotografía de la falsa imagen;
      con ella la hermosa falsedad.
      Bella sonrisa de medio cuerpo;
      con el cuerpo que me encanta.


      A la eternidad el pensamiento
      acudirá en la consolación.
      A la eternidad el pensamiento
      acudirá con la bella imagen.


      Perlas preciosas sus dulces ojos
      todas del collar de mis deseos,
      de los mejores recuerdos, todos
      y la consolación en mi muerte.


      Son de mis mejores recuerdos
      ¿Olvidarlos?, ¡son los mejores!
      Los platónicos e irrealizables,
      la fotografía de la falsa imagen.
       
      A la eternidad el pensamiento
      acudirá en la consolación.
      A la eternidad el pensamiento
      con la sonrisa que me encanta.
       
       Enero 2012


miércoles, 9 de enero de 2013

EL ESCAPE IMPOSIBLE

Apreciar el haz, luego el envés, para terminar prefiriendo al primero.

Una campañilla tintineaba consistentemente, como si de una emergencia se tratase. Realmente de una urgencia se trataba: no había sonado en dos semanas. Se extrañaba su presencia de alguna forma. Aquella campanita consiguió reunir a la comunidad. La mañana de julio en que la situación parecía incontenible mostraba lo indispensable que eran algunas personas para este mundo.

Visión anónima

***

Caminaba por la acera con el fiel propósito de pagar. Pagar lo debido, las multas y aun el futuro. Lo que deseaba era simplemente que lo abandonasen los estruendosos gritos del espectro al que llamaba esposa, aquellos que frustraban la felicidad de los ancianos jubilados en el piso de arriba, o que arremetían contra el sueño de la joven del cuartucho de a lado, donde vivía con su hijo y su marido, el que trabajaba por las noches y dormía durante los días tan sólo para llevar el gasto corriente. Un gasto que los sometía a estar juntos: efectos de la conveniencia. Aquellos gritos lograron cumplir su objetivo para que el Señor hiciera a un lado la desidia, tan común en los ciudadanos, y tomara cartas en el asunto de acudir a las oficinas burocráticas. De aquellas se recibían los sobres que la Señora abría con furia y obsesión, adjudicándose el papel de mujer regañona y emitiendo un mensaje a todas luces exigente, aunque lo dicho no fuese del todo claro para su esposo, con quien había tenido una hija y un hijo, estos ya alejados del hogar paterno. Cada uno de ellos vivía lo que quería vivir. Cada uno tenía guardadas las nostalgias respectivas. Y cada uno llevaba el signo de una tolerancia que enmascaraba la ira tan cobarde de sus progenitores. Sólo faltaba tiempo para hacerla explotar.

En la fila de pagos, el Señor recordó las palabras de su esposa, aunque poco tardó en olvidarlas porque su mente las sustituía con el sentimiento de escozor interno e inacabable que le inspiraba el mensaje. Así, procurando afianzar mejores recuerdos y evocar mejores días que aquellos tan aciagos para él, observó a su alrededor. Vio de paso tres cosas que lo hicieron atender notablemente. La primera, una puerta. No tenía letrero de qué fuese la habitación resguardada por ella. Tampoco se veía que alguien entrase o saliese de allí. Simplemente estaba, tan blanca como rectangular era posible en aquél ambiente viciado, lleno de desgracias a punto de sucumbir al desastre. La segunda, una hilera de asientos soldados a una barra de hierro, pintada de negro junto con las marcas de la soldadura. En aquella secuencia de sillas simples, plásticas, más naranjas que las naranjas de un naranjo bien nutrido, se encontraban sentadas cinco señoras o cuatro; la cantidad no le importó en lo más mínimo. Cada una morena por el sol y por la herencia de una piel idéntica a la de sus respectivos padres. Cada una sosteniendo algo. Cada una pensando, o pretendiendo pensar, distintas cosas a la vez. Y cada una abanicándose el calor insoportable de aquel mediodía de verano. La tercera, la ventanilla de pagos. Aquél era el sitio propicio para hacer surgir una inmensa cantidad de quejas y enojos. Un ámbito de catarsis maniática, donde las cosas nunca están en su lugar, y donde la ineptitud parece a los ojos de todos la ley más respetada por quienes se encuentran del otro lado.

«El otro lado». El Señor fue aprehendido por aquellas palabras que cruzaron fugazmente su cabeza, como si una ráfaga de viento lo hubiese levantado del suelo desde la raíz siendo él un árbol otoñal. Pensando sobre lo que había al otro lado de la ventanilla y al otro lado de la puerta y, más aún, al otro lado de los rostros de aquellas mujeres tan distintas, pero también tan similares, divagó tanto como el tiempo le permitió esparcirse, hasta el instante previo a su turno. Llegado éste, sintió un ligero cambio de ambiente. Uno frío y seco, digno de respirarse en él. Cerca de las ventanillas había una máquina de acondicionamiento de aire, aparato que explicaba la aberración entre la zona de abanicamiento y la zona de pago. «El dinero lo puede todo», pensó el Señor. Nervioso e irritado, bailó un poco sobre sus pies esperando a que la pantalla alumbrada por siete segmentos rojos señalase su número y emitiese un sonido que a la larga se tornaría traumante, un pitido que en su diseño inicial pretendió ser amable, pero que en la cotidianidad de su ocurrir se implantaba como la peor pesadilla de todas para aquellos detrás de las ventanillas. Esto no era difícil de imaginarse, pues con una hora de espera y de estar escuchando la señal del nuevo turno la desesperación invadía la mente. Quizá no sería tan intempestiva dicha invasión para los burócratas, siempre detrás de los cristales, dado que ellos gozaban de amortiguadores de la impaciencia (como la unidad de acondicionamiento antes mencionada), pero al paso de los días sería imposible soportar tal desazón inminente.

Pagó. Fue un trámite absurdamente sencillo que hizo cuestionarse al Señor el porqué de la lentitud de una fila que hacía una hora lucía interminable. Tardó escasos dos minutos. Entonces recordó la explicación que un amigo le dio sobre el origen de la tardanza en las filas de la burocracia: «La gente es desordenada. Nunca tienen sus documentos como debe de ser, como se pide en cientos de letreros a lo largo de las oficinas. ¡Hasta se anuncian por televisión! Por eso siempre el retraso en aquellos sitios. Y luego si se ponen a pelear con la gente...» Resuelto el tema, lo olvidó por completo. Estaba aliviado. Había cumplido con sus obligaciones y tenía la sensación de un nuevo comienzo. Sin embargo, la novedad se le desmoronó al pensar en las horas que perdería cada mes por tratar de pagar, siempre frente a la ventanilla, intentando soportar la impaciencia o escabulléndose de ella por medio de su abstracción en otras tres cosas. Él prefería perder el dinero antes que perder el tiempo. A pesar de ello, se sintió liberado de las presiones de su Señora y caminó sin prisa, pero con la rapidez suficiente para determinar las decisiones que todo peatón debe de tomar prudente y conscientemente.

Abordó el tren. Poco antes de su llegada se escuchó un claxon, tratando de expresar «¡Qué nadie intente siquiera asomarse! ¡Va a llegar el tren!» cuando la realidad era que cada una o dos semanas alguien se suicidaba. Ya era un hábito arraigado en los conductores de trenes el hacerlo sonar. Un hábito que resultaba innecesario, pues un viento tibio siempre se anticipaba incluso al sonido estridente del claxon, anunciando de maneras más eficientes y calladas la llegada de aquel armatoste. Silencio y calma hacían falta en aquel lugar. Muchas veces, la gente no escuchaba a su interlocutor, un amigo, un familiar, o un enemigo incluso, porque las ruedas del tren no cesaban de rasgar los rieles tan oxidados por incontables días de lluvia e incontables días de sangre de gente ajena al mundo. Gente solitaria. A veces, no era suficiente el volumen del móvil para alcanzar a atrapar las palabras del hermano diciendo «Te veo allá, ya voy» a causa del rechinido interminable del metal contra el metal, y del viento cada vez más intenso al paso del tren. El Señor, después de entrar al quinto vagón de una hilera de nueve, giró la cabeza con el propósito de encontrar un asiento, pero su intento fue vano. Se consoló con la idea de que estaría sentado mucho tiempo en su cómodo sillón, donde la vergüenza le arremetía de golpe cuando miraba los programas de televisión donde un modelo estaba sentado a lado de un médico y ambos promovían la actividad física para conservar una vida sana y duradera. Quizá era la muerte de su padre la que atacaba la vergüenza y lo plantaba en lo corriente de su aspecto sin más sentimiento que la conformidad con su propio cuerpo.

Sólo se ponía de pie para lo más indispensable: la comida, el baño, la ducha y el sueño. En ciertas ocasiones, ignoraba la ducha, y el sueño le tomaba por sorpresa en el sillón, pero todo lo demás acudía a efectuarlo en su debido lugar a su debida hora. Sin embargo, la Señora no se encontraba contenta. Esperando más de su marido, hizo uso de su capacidad de fastidio para hacer que su esposo se levantase de aquél sillón por situaciones menos indispensables. Y aquella tarde, le gritó «¡Despiértate huevón!, ¡qué la campana está sonando!». Alterado en su sueño, saltó de golpe y como un autómata para sucumbir a los designios de su mujer. Tomó la bolsa, y con cierto enfado cerró la puerta. Tomó las llaves, que las llevaba todo el tiempo en el bolsillo derecho de su pantalón, y abrió la puerta principal, la que cubría el patio de las miradas inesperadas y que era exterior a la puerta que antes hizo patente su molestia. Cerró por segunda vez, pero con menos ímpetu porque no estaba enojado con la puerta, y para tratar de evitar alguna discusión mayor con su esposa. Caminó tres, cuatro, cinco, ..., ciento cincuenta pasos, hasta llegar al camión pestilente, repleto de moscas, donde tres hombres acomodaban las bolsas que arrojaban dentro el resto de los vecinos. Cada uno tenía el rostro manchado de negro, como si fuese aceite de motor. Cada uno contemplaba a los demás en su afán de admirarlos a la vez que provocarles miedo. Y cada uno ejercía su propia función: abrir las bolsas, distribuir los restos del mejor modo posible y observar con un ligero «Gracias» aguardentoso que las personas dejasen la propina adecuada. Una tarea por persona. El Señor introdujo la bolsa en el camión sin querer tocar o mirar a ninguno de los tres hombres. Dejó en una latita al costado derecho del mismo una moneda de la menor denominación con la que él contaba. Finalmente, dio la vuelta para alejarse de tanta inmundicia y comenzaron a invadirlo las ideas ponzoñosas que tanto escamoteaba, pues su moral escrupulosa (la que tenía para él) le prohibía pensarlas. Esa moral le hacía, por ejemplo, recalcitrar al entrar en otra casa como visita. Esa moral le indicaba que no debía mirar nada por todas sus partes, hasta en sus últimos rincones; no debía notarse que le interesaba lo ajeno, no fuera a pensarse mal de él. Y fue esa moral la que le “dijo” «No es cierto que la gente se reúna sólo por la basura» porque él tenía la esperanza de que no sólo las campanitas de mensajes concretos, bien conocidos por todos, armaban una sociedad. Sin embargo, ese anhelo se esfumó al comenzar a observar a cada uno de sus vecinos en todos sus errores. Nada se le olvidaba. Entonces, simplemente se dirigió hacia su casa, con la cabeza baja para no seguir mirando, ni coincidir con nadie y así no emitir un hipócrita saludo de «Buenas tardes» con una estúpida sonrisa, y abrió la puerta donde todo lo que le acontecía a diario seguiría de la misma forma. Donde tampoco podía escapar de sus temores.

9 de Enero de 2013

lunes, 7 de enero de 2013

LA CONVERGENCIA DEL ENTENDIMIENTO

[Esta entrada participa en la III Edición del Carnaval de Humanidades alojado por Luis Moreno Martínez en el blog El cuaderno de Calpurnia Tate.]

La Ciencia es una disciplina que permite al practicante apropiarse de la Realidad, de la Naturaleza del Universo, las propiedades de todoI. Esto se logra analizando la evidencia y sugiriendo inicialmente una secuencia de ideas razonables (lógicas) que conjunten y predigan sus propiedades, la Naturaleza de la misma, que es una parte del Universo, un fenómeno. Si esto se efectúa constantemente es posible abarcar una cantidad cada vez mayor de fenómenos hasta que sea posible abarcar casi todos los fenómenos observables, medibles, por medio de una sola teoría, es decir, un conjunto único de ideas razonables que permitan analizarlos sin necesitar de la experimentación inicial. Entonces, se busca la evidencia para generar las teorías, y luego poder prescindir en forma razonable de ésta. Se pueden corregir las ideas cuando al intentar predecir las propiedades de un fenómeno con el cual se pretenda poner a prueba la teoría, a través de ésta no se llegue a lo que la evidencia muestra. Así funciona la Ciencia a grandes rasgos.

El Arte también es una disciplina que permite apropiarse de la Realidad, de la Naturaleza del Universo. Esto se logra de un modo distinto al que la Ciencia utiliza: se toma la evidencia, experiencia no sistematizada aunque sí generalizada sobre el Universo, y se la expone a través de una serie de técnicas que le dan formato, sólo para que sea accesible. Por el hecho de ser experiencias generalizadas, corresponden a un amplio tiempo de observación y atención entorno al Universo con el fin de abarcar lo más posible dentro de él. Entonces, cuando se analiza la evidencia con formato, la obra de arte, se sugieren inicialmente ideas razonables que refieran lo que hipotéticamente significa el formato para pretender translucir la evidencia que expresa. Apreciar la obra de arte significa suponer qué más implican las ideas razonables sobre la evidencia en cuestión, de tal forma que se averigüen otros hechos sobre la misma; de no resolverse así la coherencia supuesta entre ideas y experiencia, se modifican las ideas para nuevamente apreciar la obra de arte y, finalmente, acercarse a la evidencia buscada desde el comienzo.

Obsérvese que en ambos casos hay un proceso de corrección sobre las teorías planteadas y puestas a prueba respecto a evidencia sugerida. Y en ambos casos se pretende aprehender a la Realidad. La única diferencia en las disciplinas tratadas es la manera en que se exponen las teorías, pues en la Ciencia se recurre a una para translucir los hechos de la Naturaleza, mientras que en el Arte se utiliza para mostrar los hechos de la obra de arte, la que es el fiel reflejo de la Naturaleza. Es, por analogía, la obra de arte el laboratorio donde la evidencia, observada por el practicante que la elaboró, puede adquirirse sin lugar a dudas. Allí es donde se mide todo, el Universo. Si en la Ciencia se emplean instrumentos y objetos de medición que pueden (se sabe esto con la certeza suficiente) alterar al fenómeno, en el Arte se utiliza a la obra de arte que, desde la perspectiva del practicante, también enguye partes del fenómeno, de la experiencia, y hace que la evidencia sea incoherente con la Realidad.

No obstante, a pesar de que las limitaciones para aprehender la Realidad existen, también se confía casi de forma dogmática en que sus medios de observación son válidos para los fines expuestos. De allí que sean valorados tanto los experimentos a los cuales en la Ciencia se acude, como las obras de arte que de forma estética, con el formato adecuado, permiten el acercamiento a la verdad. La misión de los practicantes, por ello, es presentar de maneras convincentes su descubrimiento sobre la Naturaleza y que todos lo veamos. De allí la importancia de ambas disciplinas, porque sin el conocimiento de nuestra Realidad es imposible entender nuestros problemas y, consecuentemente, nos es imposible resolverlos o asimilarlos. Por ejemplo, según la Lingüística, la comunicación nos une a la sociedad porque nos permite encontrar los medios para expresar lo que deseamos y necesitamos de los demás. La Literatura, por otra parte, permite reconocer cuáles son esos medios de expresión sobre lo que deseamos o necesitamos. La Lingüística, con todos los experimentos a la fecha realizados, nos permite estudiar qué hechos aseguran de modos eficientes la comunicación con la sociedad. La Literatura, con sus diversas obras teatrales, relatos y alegorías, nos permite ver los impedimentos a lo anterior, lo que explícitamente se conoce como Soledad.

En conjunto, ambos tipos de conocimiento se complementan y nos otorgan una perspectiva del Universo más completa, más funcional y más relevante. En conjunto, la Ciencia y el Arte constituyen un legado invaluable que nos permitirá enfrentar a la Realidad que nos dificulta vivir, y que nos mata, pero que también nos faculta a ejercer lo que deseamos, como construir monumentos basados en la Mecánica y otorgarle el significado adecuado a dichos monumentos con tal de que representen nuestra imagen, lo que somos como sociedad. O reconocer correctamente los sentimientos que embargan nuestra mente, a la vez que es posible controlarlos porque se comprende su carácter endócrino. En conjunto, los saberes le brindan certidumbre al futuro, al pasado y al presente, tan sólo para seguir y seguir, hasta nunca terminar.

7 de Enero de 2013

1. lo que existe y se puede medir.

AIRE

Abundas en lo esquivo
cuando al cerrar el puño
se alza una espada que,
llena de ilusión e imaginación,
perfora tus entrañas
sin lograr el cometido
de matarte en un zarpazo
pues eres mucho y muy distante
tanto como para olvidar
todo lo vivido, los errores
y traiciones y locuras
perdonables o imperdonables,
aquellas insignificantes
para ti en la vaguedad
de cada palabra cruzándote,
pues las risas se esfuman
y el llanto se torna soyozo
aun cuando su eco soberbio
los hace existir más, y más,
porque se difunde y domina
el otro eco, tan sórdido éste,
la revelación del silencio,
que es tu propia voz
cantando en cualquier
inhalación o exhalación
lo huidizo de tu ser tenue...

7 de Enero de 2013


SAL

El misterio de aquél sabor
cándido como un beso
suave, pero rebosante de furor,
hinchando el húmedo interior
y los rosados recuerdos
de las papilas gustativas
con el callado mar placentero,
sin olas ni sonoro clamor,
pero arrastrando sensaciones
de arena y otras verdades
que muerden las conciencias
por los errores, aun minúsculos,
hasta alcanzar la sed
de limpieza y purificación
para liberar a la lengua
lacerada, en el ámbito
corrosivo y doloroso
que muestra al final
que ni siquiera tanta inocencia,
o tanta santidad ortodoxa,
nos deja de fastidiar
en la exageración increíble,
como aquel sabor del mar
nada apetecible a diario
si no es seco, granulado,
teniendo el derecho
a elegir el destino fijo,
de cantidades suficientes
tan sólo por aprehenderlo,
huyendo de la angustia
de soportar los escrúpulos
de la vida o el alimento,
siempre estos muy sinuosos
al querer seguir sus senderos
alejando todo...

7 de Enero de 2013