Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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domingo, 27 de enero de 2013

SOBERBIA INDIVIDUAL

Ella replicó:

¡Dios no existe!

Sin inmutarse, la respuesta de su novio fue clara:

No me importa. Al final ya veremos quién tiene la razón.

Transcurrían así las últimas charlas entre ellos, una pareja donde ninguno rebasaba los treinta años y donde ambos esforzábanse por implantar mutuamente sus creencias desde lo más intrincado de las vísceras. Aquello se había tornado tan común que comenzó a ser casi la única forma de comunicación, lo cual tenía consecuencias estragantes a lo largo (y a lo ancho quizá) de la cotidianidad. Cierta era la introversión dominante en ella y la extroversión contrapuesta de él, sin embargo ella podía valerse de los artificios más exasperados y exasperantes, levantamientos de voz que siempre terminaban como gritos, así como él podía simplemente ignorarla de por vida, o así solía hacerlo pretender. Sus discusiones, muy fuera del círculo debatiente, obviaban la excentricidad con que fluían pues ninguno ganaba nunca nada. Vivían juntos desde la época de la graduación, ya una Ingeniero Químico Industrial, ya el otro Licenciado en Derecho. Se conocieron por contacto de cualquier amigo, como una casualidad más, y lograron habituarse de alguna forma a sus cuerpos, a sus caricias, a sus besos, y a todo lo romántico de los primeros cuatro años en el pequeño apartamento de la calle de la Misericordia, en un edificio gris como tantos otros en la ciudad. La calle era peligrosa por las noches, con borrachos al acecho del sexo y drogadictos al tanto de las carteras ajenas con una pistola escondida en el abrigo de invierno o el chaleco de verano. Eso lo contaban las vecinas a sus hijos para que éstos no vivieran en la vagancia ya que podían acabar en la inmundicia. Especialmente Mariana y Aarón, cuyos nombres merecen mención si el mismo de la calle que caminaban ha debido ser convocado, se emanciparon de sus hogares paternos tardíamente respecto a cómo lo hicieron sus respectivos padres, e incluso respecto a algunos de sus primos, pero no por ello lo hicieron sin determinación. Porque claramente Mariana se hundía en la aprensión cuando le gritaban «¡Mamacita!, ¡estás bien buena!» y Aarón tenía que escamotear la elevación de su propia sangre cuando algún pandillero le empujaba al encontrarse frente a frente caminando por la acera. Tanto Aarón como Mariana soportaban con entereza las cargas brutales del destino sólo por mantenerse en el orgullo del amor y sus malas decisiones. Malas según todos y según nadie. Ya Aarón en una de las charlas ominosas con Mariana refirió «Todo mundo piensa que erré al estar contigo. ¡Quizá lo esté confirmando ahora!» Mariana lo creyó así, a pesar de que en verdad sólo la madre de Aarón en cierta ocasión opinó en privado a su hijo «Deberían pensarlo sólo un poco más. ¡Son tan jóvenes!» Sus miedos los desvirtuaban, desapareciendo paulatinamente el encanto prodigioso del enamoramiento.

Mariana trabajaba como analista en un laboratorio donde llegaban a diario muestras de tantas cosas
concebibles y variadas. Cosas diversas porque la empresa era de consultoría, amén nada fijo. El novio litigaba en casos sencillos, unos por allí y otros por allá, entre amigos y recomendadores de amplia experiencia en juzgados y despachos. Él, al contrario de Mariana no parecía tener nada definitivo, si bien ella era una empleada más y él resultaba ser más independiente, con mayores oportunidades por su gran movilidad. Al comienzo esto no les importó mucho y siguieron sus vidas, con el sexo que iba adquiriendo un carácter monótono siempre a la misma hora, en la misma obscuridad; o con las comidas planeadas en común una en la mañana y la cena por la tardenoche; o con las mismas prendas y los mismos aromas desquiciando el atractivo que mutuamente sentían al principio, pero que al final terminó siendo una serie de estropicios involuntarios e insignificantes a la vista de otros, sin embargo las peores molestias en la introspectiva de su relación. Mariana se quejó de ser ella quien sostenía el hogar casi por completo. Aarón, en defensa, le restregó sin suavidad, más bien con rudeza, su marcada presunción y falta de tolerancia. Siendo ofensas que en realidad no ofendían al otro, pues eran de las primeras planteadas, Mariana y Aarón terminaron confundidos y haciendo el amor una vez más, sin pensar en el placer o sin recordar que habían sentido orgasmo alguno. A la mañana siguiente se reunieron a desayunar, pero ese simple acto resultó ser una afrenta tan frustrante tras lo ocurrido la noche anterior que ni siquiera voltearon a verse con sus tazas de café con leche tomadas por la oreja levantando la mano izquierda y con el pan dulce cargándolo la derecha, alimentos fugaces y suficientes previos al almuerzo que compraban rumbo a sus labores diarias.

Lo que temía la madre de Aarón no era sólo sobre la juventud de la pareja, sino sobre su ignorancia:

No se conocen, hijo, entiende, necesitan más tiempo.
Mamá, Mariana es buena. Buena en verdad. Nos iremos conociendo, que para eso viviremos juntos.
Las cosas no son tan simples Aarón. Al cabo de un tiempo Mariana y tú querrán vivir en libertad, la que ustedes mismos van a obstruir.
¡Claro que no!, es todo lo contrario. ¡Vivimos nuestra libertad!

La señora no pudo objetar más, pero tampoco quedó realmente convencida. Sólo rogaba a Dios, justo antes de dormir en la compañía de su marido, igual Aarón porque el hijo era primogénito, que no estuviese cometiendo un grave equívoco su adorado querubín. Ese Dios que no cabía en la cabeza de Mariana, la misma que dudaba de la existencia del corazón. De allí que sus diferencias continuasen por la parte religiosa:

Amor, yo no quiero boda de blanco. ¡Lo sagrado me da asco!
¡No me digas que por el civil es mejor! La ley del hombre por encima de la ley de Dios. Así no llegaremos a ninguna parte.
¡No llegamos a nada por tu falta de conciencia! Si dejases de hablar sólo con tu dichoso Dios ya tendríamos algo más que ese mugroso carro de segunda mano. ¡Siempre esperando tus milagros!
Pues sí, espero el milagro de que al menos dejes de lado tu soberbia.
Ahora soberbia. ¡Válgame! Si el necio eres tú por andar con el cuento chino de que algún día conseguirás un empleo de verdad y no puras miserias.

No terminaba Mariana toda su letanía cuando Aarón se indignó al borde de la ira y abandonó la mesa sin cenar del todo la leche ni del todo el pan. Mariana, nuevamente extrañada permaneció en su lugar cuestionando si realmente funcionaría aquello del matrimonio con Aarón. Recogió después la mesa, y devoró en tres bocados el resto del pan que su novio dejó a la deriva de un plato de porcelana falsa, más bien de poliacrilato de metilo verdadero. Pasó otra noche en la que más decididamente no desearon la carne con lascivia y no tuvieron relaciones por primera vez en mucho tiempo. A la mañana siguiente, Aarón mostraba haber resentido la falta de cariño tan constante como hasta entonces lo tuvieron y con mal humor le dijo a Mariana:

¿Por qué diablos te comiste el pan que dejé? ¿Acaso pensaste en mí? ¡Ya se te está haciendo costumbre!

A lo que Mariana interpeló:

¡Vaya! ¡Ahora sí hablando del Diablo! Pues sí, me lo comí porque se me antojó, ¿y qué? De todas formas te largaste muy grosero. ¡Tú no querías ese pan!

Entonces Aarón, con patetismo y furia, salió del apartamento sin desayunar. Mariana siguió con la rutina, pero con el resquemor de haber herido de alguna forma a su novio. Aarón reflexionó más sin querer que por voluntad (si es que voluntad alguna existe en la realidad) sobre las palabras dichas, ofensivas y absurdas, contra Mariana. Así fue como él lo percibió y por tal motivo, de regreso del juzgado donde un caso más se le iba de las manos, compró un ramo de flores para Mariana. Ella, asimismo, trataba de formular alguna disculpa por no sabía qué, pero alguna con tal de contentar a Aarón y seguir la vida en paz. Entre muestra y muestra de agua contaminada con cromo y acero de calidad dudosa, se decidió por asumir que Aarón llegaría más tranquilo del trabajo y aprovechando eso actuaría como si nada hubiese ocurrido; ni su orgullo ni el de Aarón se verían comprometidos más allá de lo que ya se encontraban lastimados. No obstante, cuál fue la sorpresa de ambos cuando él llegó con el ramo de flores en la mano derecha y ella, continuando con el plan de restarle importancia a lo acaecido, lo aceptó sin la mayor muestra de aprecio que el escueto y sucinto «Gracias» que alcanzó a pronunciar. Aarón creyó de esta forma que Mariana seguía molesta. Ella, equivocando también la perspectiva, vio en Aarón a un irresponsable que en lugar de gastar el dinero en cosas productivas lo dirigía a comprar adornos inútiles. A pesar de todo esto, callaron porque la sorpresa los había tomado antes. Y en el silencio la reconciliación se hizo posible, mas no así la solución a sus problemas que se aunaban cada vez más a otros tantos, como una bola que se hace grande al rodar sobre la nieve; primero las diferencias religiosas y después los conflictos de la comunicación, donde el uno sobreentendía las intenciones del otro sin atreverse a hablar nada, o bien, sin atreverse a soportar con fortaleza las frases aproximadamente ciertas del otro, pues ella pudo haber dicho «Sólo no hubieses gastado en el ramo, que hace falta el dinero» mientras que él pudo haber admitido «Es cierto, pero sólo esta vez lo ameritaba porque te amo» y así hubiesen resuelto el drama que los aquejaba. El monstruo oculto, profundamente escondido, de las diferencias culturales (lo que cada uno creía) los convertía en personas potencialmente violentas continuando sus disputas de levedad casi bélica; dos bombas de tiempo que terminarían gritándose a las dos semanas por olvidar Aarón pagar el recibo del servicio de agua como se lo había encargado ella. Sin ese pago les cobrarían una multa; era el último día antes del vencimiento. Mariana le reclamó ya fuera de sus casillas:

Parece ser que crees el dinero se da en los árboles. ¡Ya trabaja en serio! ¡Por favor, las deudas se están juntando y tú no ayudas en nada!

Aarón fastidiado contestó:

No tuve tiempo porque estaba trabajando. Lo que ocurre es que no comprendes lo difícil de los casos; tu trabajo nada más es agitar frasquitos mientras que el mío es lidiar con la gente y sus problemas de verdad. ¡Hasta un mono haría lo que tú!

Los ánimos llegaron hasta este punto a su límite. Mariana no soportó más y las ganas de golpear algo la hicieron arremeter en contra de Aarón con la palma bien abierta directa y rápidamente hacia su mejilla izquierda. Atolondrado, pero consciente de su rabia, Aarón la miró de un modo horrible, cargado de odio, y finalmente, en lo mudo de la escena, abandonó el apartamento dirigiéndose a la casa de sus padres. Mariana lloró de la desesperación. Los veintisiete años con que contaban cada uno, dicha sea parte de su escándalo como para poder referir ahora sus edades, no les permitieron burlar la incomprensión y la impaciencia con que entendían las obras del otro; se llenaron por eso de cobardía y prefirieron no continuar en el proyecto del amor. Aarón esperaba que Mariana cambiase; Mariana contaba con que Aarón cambiaría. Luego, en vista de que nadie torcía su brazo sacrificándolo por el otro, porque darlo a torcer realmente no resultaba suficiente para sanarlo todo más allá de los golpes que casi nunca hubo sino por esa bofetada de la discordia, jamás volvieron a estar bajo el mismo techo, ni siquiera porque Aarón regresase por su ropa y sus libros; ni siquiera porque Dios los hiciera coincidir.

La madre de Aarón no quiso insistir en lo que cuatro años antes había vaticinado sin manifestarlo con palabras diáfanas. Se remitió únicamente a consolar en la medida de lo posible el dolor de su hijo. El padre de Aarón no objetó la estancia del joven en la casa: entendía que él necesitaba ayuda. Mariana buscó otro apartamento compartido con una compañera del trabajo. Como ésta no tenía realmente interés en Mariana, ambas se mantuvieron al margen de la cotidianidad emergente. Ambos se extrañaron, sin duda, pero el mundo no se rige por este tipo de cuestiones sino por algo más importante llamado confianza, de lo cual evidentemente carecían en la reciprocidad. Y no es que Mariana dudase de la honradez de Aarón o viceversa, pero el no poder apoyarse en lo que el otro considerara la verdad les pulverizó las ilusiones. Sin posibilidad al reparo, lo único que los mantendría vivos y con la esperanza de algo mejor era la confianza que tenían en sí mismos, es decir, su soberbia individual.

27 de Enero de 2013