Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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viernes, 22 de marzo de 2013

¡TAN ALEGRE!

      Para Jess

      Obligación de la mente,
      sometimiento al recuerdo,
      de palabras escritas,
      diáfanas, placenteras.

      Con admiración recurrente:
      la bendición eterna, amén.
      Sin embargo, no esclaviza;
      o tal vez sí, es posible.

      Porque en la esclavitud,
      el llanto que duele,
      de extrañeza, nostalgia.
      Del pasado, incluso ayer.

      Porque en la libertad,
      el llanto que ríe,
      del sometimiento al recuerdo:
      ¡Tan alegre! ¡Tan alegre!

      22 de Marzo de 2013

       

lunes, 18 de marzo de 2013

SE LLAMA PREVENCIÓN

Rondará la imagen de su ojo las entrañas de los pensamientos que, inevitables, le recordarán día a día lo abrumador de toda aquella certeza, igualmente inevitable. Un ojo de proporciones perdidas. La fecha: dos, tres, cuatro, ..., algunos años harán. Perdidas con la piel cicatrizada y sin pestañas de un rostro que en su debido momento carecerá del amparo neutral ante el ácido imperdonable. Él olvidará la furia de aquellos fluidos despiadados: si no queman, mejor escrito, descomponen, entonces condenan. Aunque en su caso la quemarán y condenarán a una fealdad tolerable, e incluso prescindible, sin embargo de todas formas catastrófica y lamentable.

Él no se perdonará jamás haber mezclado ambas transparencias tan de golpe; la transparencia del agua y la transparencia protónica: la transparencia del sulfato de hidrógeno diluido, ácido sulfúrico transparente. Él habrá vertido en un vaso de precipitados, PYREX según decía la receta, sin haber olvidado servirse de sus guantes eso sí, el sulfúrico. Se hallará muy lejos de la campana de extracción de gases. Tan lejos y no se imaginará nada sobre lo que después ocurrirá. Antes «bromeará» con otro diciéndole «Luego estos PYREX ni son PYREX. El otro día metí un matraz bola a la tarja y se quebró luego luego. Ahora me lo están cobrando, pero ya veré si lo pago o no. ¡Es que están demasiado caros!». A lo que este otro preguntará «¿Estaba muy caliente, o qué?». La contestación será «Pues sí. Era la del ciclohexano.» Entonces el otro cuestionará «¿Y por qué si estaba caliente lo pasaste al agua fría?» Y la respuesta será, sin más, «¡Porque ya me quería ir!» El otro se incorporará a su mesa de trabajo entre detestando e intentando restarle importancia a aquellas palabras de insipidez atroz. No se imaginará tampoco la tragedia que a todos resultará incómoda por el resto de sus días entre muros de gente repetitiva durante una generación a lo largo y ancho de dos, dos y medio, y tres años posteriores.

Batas blancas y la Bata mayor, un doctor por doctorado. ¡Si tan sólo estuviere un doctor por mérito médico al alcance de la mano! No, para el caso será al alcance del ojo. La mayor de las Batas hablará; la mayor de las Batas terminará de hablar. A esas alturas todos habrían de saber qué hacer y cómo comportarse. Unas alturas imprecisas, pero supuestas sólo para eludir algunos aspectos entre ociosos y aburridores. Esto será, que no hablará de toxicidades o de peligros, sino de rutinas operativas: rutinas en su rutina de trabajo. Nadie les habría explicado gran parte de los procedimientos. Nadie los habría considerado gente adulta, sino gente (si es que a gente llegarían) insulsa, boba. Así pues, las alturas que habrán de suponerse serán terrenos bajos, fértiles, sin embargo mal trabajados para los hechos más fundamentales.

«La seguridad ante todo» lucirá como la peor falacia. Una falacia anunciada de vez en vez por la Bata mayor de allí, o de más allá, de burocracias que jamás vestirían una bata. Increíblemente, pero cierto, no todas las Batas conocerían desde sus alturas las premisas de un laboratorio seguro: trabajar vapores en la campana con el cristal tan bajo como para evitar cualquier proyección, trabajar con guantes no solubles en casi nada (de nitrilo) desde siempre y para siempre, trabajar con la bata tan larga como las rodillas aguarden a ser cubiertas, trabajar con las gafas de acrílico, ¡con las gafas!... Nadie se habría percatado de tantas omisiones. Batas menores que desconocerán el proverbio «jamás des de beber agua a un ácido», o que ignorarán (no por voluntad verdaderamente propia) la existencia de un interruptor que activaría el pequeño pero suficiente ventilador depurador de aires toxificados por el oficio. Batas menores que se definirán incrédulos ante lo cancerígeno del benceno, o del tolueno, o de cualquier contenido líquido con fenilos amenazadores: nitrobencenos o ácidos bencensulfónicos, por qué no.

Entre toda esa orgía de impiedades contra el cuerpo, se generará el accidente, trago amargo y funesto para un ojo lacerado negligentemente, para ojos observadores y temerosos de su propia vulnerabilidad, y para un par de ojos que aparte de su vulnerabilidad reflejarán culpa; «Por su culpa, por su culpa, por su gran culpa» y jamás la culpa ajena, es decir, jamás la culpa mayor en bata. Para el ojo afectado será una culpa inexplicable. Sí explicable por sus carentes previsiones, pero no por sus secuencias cinematográficas detalle a detalle. Porque el ojo afectado quisiere saber cómo o por qué. Cómo habrá llegado a tal punto. Por qué. Son las cosas que siempre ocurren, o sea ocurren sólo así, sustentadas en pasados inmediatamente catastróficos al convertirse en partes del presente.

Cómo será: la Bata menor, el «PYREX que no es PYREX», se granjeará con aquellas transparencias, agua y ácido sulfúrico. La Bata menor tendrá conciencia de mayor comodidad fuera de la campana de extracción. La Bata menor cargará con el envase ambarino dos, tres, cuatro,... veinte pasos, hasta reposarlo sobre la superficie gris de acero inoxidable. La Bata menor destapará el envase ambarino, dejando abandonada la tapa negra, de polipropileno o algo similar, y también el envase con el contenido que ya estará emanando sus vapores, muestra de la saturación de la solución. Se colocará los guantes más próximo a una incipiente luz solar proveniente del amanecer, aunque más alejado del peligro latente. Llenará un PYREX, vaso, y se hará confirmar, como ya se ha mencionado, por su opinión, «PYREX que no es PYREX». El contenido será agua corriente, salida del grifo, cuando hubiere de ser agua destilada y desionizada. Llamará, cosa que lamentará más tarde, al ojo inicialmente sano que pasará a ser el ojo afectado. Lo hará para conversar, únicamente por distraerse entre coquetería prefabricada y sonrisas esperadas. El ojo femenino mantendrá su piel lisa y limpiamente humectada, maquillada, por unos segundos más. Él verterá la transparencia sulfúrica en otro PYREX vacío. El ojo coqueto asomará su curiosidad y a continuación la mano del «PYREX que no es PYREX» verterá sin la mayor aprensión apropiada el contenido disolvente hacia el otro PYREX, el ácido. Entonces, la alegría armoniosa se esfumará repentinamente. El agua arremeterá en sus veinte o veinticinco mililitros contra otros treinta o cuarenta mililitros de ácido sulfúrico ya excitado, atronador. Tanto que el trueno se despachará salpicado directamente al párpado del ojo sorprendido y maquillado en sus veinte o treinta gotas de inesperado horror. Tres mililitros desdichados. Las manos del ojo, no sabiendo qué hacer, se arrojarán sobre la sorpresa y arruinarán más lo que hubiere podido ser menos. El «PYREX que no es PYREX» preguntará una y otra vez, estupidizado por su propia estupidez, qué es lo que habrá ocurrido. Un minuto más de preguntas y de una mano cubriendo un ojo que jamás volverá a ver será el acabóse. Una tercera persona se aproximará a la escena acongojadora y con la congoja en la boca hablará de urgencia por un no sé qué, pero de incumbencia para la Bata mayor, el doctor que no sería médico.

«¡Ah!» el gemido y «¡Ah!» el frío del lavaojos tardío. Un chorro de agua potable que diluirá lo diluible. Sin saber qué más hacer, todos callarán. Dos, tres minutos de silencio aterrador. El «PYREX que no es PYREX» notará sus orejas calientes, la cabeza que dará vuelta y una incontenible intención de vomitar. Consciente de la ausencia de un sanitario inmediato, aprovechará la tarja que a su izquierda le ofrecerá una paz efímera, sin embargo relajante. Ansiedad por culpa, vomitada. Una pasta de carbonato de sodio y un ungüento serán paliativos al «¡Ah!», el ardor inconfundible de los ácidos sobre la piel. Será acompañado el ojo lacerado a la enfermería. Todos se dirigirán con cierta rapidez, dos, tres, cuatro, plantas y luego dos, tres, cuatro, ..., trescientos pasos hasta llegar al puesto con el doctor que sí será médico. En la espera, un breve interrogatorio y la dirección prescrita y urgente al hospital más cercano especializado en Oftalmología. Travesía tras travesía en la grisácea vida que le restará al ojo dañado. Se lo habrá restablecido, al ojo, dos días después con un parche y la mínima esperanza de una poca visibilidad restante. El «PYREX que no es PYREX» será requerido por lo que sabría y poco ayudará. O bien, sólo ayudará a embarrarlo más en su culpa.

Pasarán los días y el ojo, ya sin el parche de gasa y algodón, efectivamente sólo verá gris. El ojo izquierdo, el ojo sano, se desorientará y tropezará de vez en vez, pero funcionará con normalidad al cabo de unos meses. Ni el ojo izquierdo ni el ojo derecho querrán culpar al «PYREX que no es PYREX», a pesar de que sus padres a ello la incitaran. No procedieron estos señores legalmente porque ella, su hija, les revelará la omisión de los lentes de seguridad. De igual forma, todo ello perderá sentido: el ojo ya no vería sino la luz en forma grisácea y la obscuridad en forma negruzca y también grisácea.

El «PYREX que no es PYREX» se suspenderá un periodo completo para ganarse en la pérdida otra oportunidad. Porque él perderá el ánimo y dejará de ser plenamente feliz. Por los pasillos se encontrará, aunque ya no pertenecerá a su grupo escolar, al ojo que antes sería coqueto y que después no sería nada más. Si bien, el ojo izquierdo no lo culpará más por la pérdida del derecho, el «PYREX que no es PYREX» jamás quedará conforme y cada noche y cada día, cada segundo dos o tres, cuatro o cinco, ..., una eternidad inconmensurable, seguirá en su «Por mi culpa, por mi culpa» hasta terminar también quemado de los ojos por el ácido de la amargura. Lamentará la belleza borrada por su borrador imprudente impuesto sobre ambos ojos, tan femeninos, siendo que el derecho sería el único cicatrizado. Por su parte, el ojo derecho tal no lo «vería» así: su amor propio y seguridad irán más allá de bellezas banales.

Harán dos, tres, cuatro, ... algunos años de una culpa sin fin. Una bola de ignorancias y descuidos que desenmarañada por el ácido de precauciones sutiles, cruciales, se descompondrán en verdades recalcitrantes para todos. Ya lo sabrán y se ha mencionado, entre el «No debí verter el agua así» y el «¡Quién diablos no les explicó las normas de laboratorio!».

Pero, ¿qué es el futuro escrito cuando sólo se trata de una adivinanza?; o no hay tal adivinanza en el destino ineludible. O será eludible toda aquella adivinanza feliz o infeliz. Dicen «accidente es el acto peligroso aunado a la persona peligrosa». Y si la adivinanza es el peligro, nadie puede develar el significado del accidente. El futuro no es soportable o insoportable. No existe. Sin embargo, a cualquiera le causaría dolor una fotografía de éste, al igual que las fotografías del pasado, o peor. Miedo a lo que debería ser desconocido y se ha tornado del dominio presente. La culpa por el futuro que lleva a ejecutar o no tal o cual cosa. A intentar socavar tal o cual designio profético; la profecía justificada. Entonces léase que el ojo acidulado vivirá a la par del izquierdo mientras la adivinanza sea cierta y se confíe en ella. La culpa del futuro socavando peligros, o la culpa del futuro incitando al riesgo. Riesgo que aguarda en objetos o en personas, o lo mismo somos objetos y personas. Rondarán imágenes y se agotarán las calmas. Sin calma por un susto desde lo inexistente. Certezas extrañas, hipotéticas, que más allá de lo trágico suponen lo armonioso. Prevención, se llama prevención.

18 de Marzo de 2013
 
Esta entrada participa en el XXVI Carnaval de la Química que organiza Luis Moreno Martínez (@luisccqq) en su blog El cuaderno de Calpurnia Tate.