Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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jueves, 28 de marzo de 2013

VOLUNTAD CAUTIVA

Para Rodolfo, porque es una gran persona.

Roberto prometió no sé qué y no sé por qué. Roberto cree en sus promesas. Quisiera recordar la primera de tantas. Recién lo conocí ni él ni yo éramos nadie. Entonces coincidimos unas veces algunos minutos, otras veces horas enteras. Entre algunos y enteras las charlas y charlas ocasionalmente se tornaron, aunadas, en motivo de amistad perpetua. Confesiones inmensas y valles cubiertos de voces pasadas y voces conocidas formaron un acervo fraternal que habría, al final de cuentas, de convertirnos en alguien, fuese al menos para él o para mí. Contando libros de memorias con memorias contadas de dichos libros, Roberto animóse a proclamar su primera promesa, o mejor dicho, su primer y único juramento:

– Escúchame. Te prometo, Juan, te juro que yo, Roberto Rivas Marmolejo, jamás te olvidaré.
– ¿Qué te ocurre?
– Es sólo que ahora no eres mi amigo: eres mi hermano.
– Bien, pero no tienes porqué hacer tanta ceremonia.
– No desprecies lo que digo. En verdad te considero mi hermano.
– Ven, acércate.

Al momento quien se acercó a Roberto fui yo; le tomé del hombro izquierdo. Luego, di un paso hacia adelante y le dije al oído «Roberto, ya éramos hermanos desde que nacimos.» Nos separamos para tener perspectiva el uno del otro. Reforzando la escena, nos abrazamos. Quizá pudiese creer de favorables las palabras de Roberto, sin embargo debí escucharlo mejor. Es más, no debí revelarle años y años de toda mi vida. Excedido en toda proporción informativa, Roberto ya no juraría palabras en vano, mas las promesas no se hicieron esperar.

Una de las confesiones fue acerca de mi primera mujer. Roberto la conoció tiempo después de haberle contado las circunstancias de nuestra relación, antes de su juramento. Le gustó, sin duda. Roberto paseaba sus ojos por arriba, y luego por debajo, a un costado, al otro, y mientras me di la vuelta para recuperar el sombrero de ella, él comenzó a acariciarla según él sabía acariciarlas, o sea por encima de la ropa. Rápidamente el viento había soplado sobre nuestras cabezas. Nosotros, mi hermano y yo, como varones «de hoy día» en aquél entonces, teníamos las cabezas descubiertas. Pero ella, como hembra de «ayer día» en estos días donde mi relato sólo impresiona a pocos porque ya todos lo conocen sin haberlo escrito anteriormente en ninguna de mis intenciones escritoras, llevaba un sombrero adornado con naturaleza muerta y cuya sombra era limitada. Así que el aire soplado por quienquiera de los dioses hizo volar en dirección del sur al artificio estético que de nada servía sino para admirar la moda de aquella mi primera mujer. Como su primer hombre y caballero que según debía yo de representar, corrí para capturar el sombrero. Dos, tres, cuatro, ..., cien metros me alejé hasta alcanzar el objeto casual. Luego, como el viento siguiera soplando, cubrí mi frente con mi antebrazo izquierdo, cerré los ojos un poco más de lo usual para que mis pestañas retuviesen todo polvo cegador en vista de que iba en contracorriente al viento que lo promovía, y sin previo aviso llegué al sitio donde antes reposaba sobre una manta de día de campo ella, mi primera mujer, y luego se dejaba manosear por el astuto de Roberto. Al ver que me acercaba, ambos se liberaron la una del otro no con presteza, sino con gradualidad. De esta forma trataron de despistar mis sentidos. «No hay necesidad de hacerlo», me dije. Ella ya no era mi mujer y yo, desde los años en que viví enloquecido por su sensualidad, no tenía por qué celarla. Aún así ellos se separaron antes de que yo les dijese «¡Vaya! Entonces ya se conocieron». Le devolví sin escándalos innecesarios de reclamos acechadores el sombrero volátil. Ella agradeció la atención y, como no teníamos más por lo cual continuar junto a ella, nos despedimos. Roberto la besó cual Casanova en el palmo de la mano derecha. Yo me limité a besarle la mejilla izquierda y a abrazarla.

Lo que yo haya contado o no a Roberto no debería escribirlo aquí. Los caballeros no tienen memoria. Sin embargo, como Roberto me infundía una confianza tremenda la memoria me volvió de un modo realmente inocente y, sin aprensiones o dudas, sin titubeos, me di a la tarea de relatar la conquista de la tierna Camila, que a sus quince años se entregó toda a mí por acción de la lujuria que cualquiera puede experimentar a los quince años, o en mi caso a los diecisiete años en que seguía siendo virgen y me decidí a reconocer los deseos que venían desde lo más profundo del instinto. A Roberto particularmente le fascinaban mis relatos de entrega y desenfreno con otras mujeres. Le infundían calor y vida, algo como una forma de resurrección. Él tenía veintiún años cuando yo tenía veinte y comenzamos a decirnos los nunca antes dicho. No obstante, yo sí dije la verdad, mientras que él no dijo nada con lo cual yo pudiese defenderme. Grave error. Pero en su momento no lo noté, porque realmente me emocionaba la idea de brindar todos mis secretos a un desconocido al que iba, según yo en aquellos días, conociendo. Lo que ocurrió con Camila, repito, no me ofendió, pero sería el primero de tantos y tantos intentos de Roberto por destrozarme. Como vio en mí indiferencia, él continuó hurgando sin que yo alcanzase a descifrar algún interés particularmente dañino hacia mí.

Otra de las tantas revelaciones que ofrecí a Roberto fue el odio que tenía por mi padre. Él se encuentra tres metros bajo tierra desde que tengo veintitrés. Él nunca me quiso. Y como tal, un padre odiando a su hijo, me he de suponer que yo no era realmente su hijo. Mi madre no soportaba que yo hablase peste alguna de Juan, mi padre, por lo cual a nadie de nuestras amistades pude haber revelado nada entorno a dichos sentimientos que a pesar de reconocerlos sinceramente, me generaban culpa. Cuando conocí a Roberto me presenté como Juan C., el hijo de Juan C. Roberto me contestó que él era Roberto Rivas, hijo de Roberto Rivas. Tal acto de imitación me simpatizó mucho, pues me sentí frente a mí mismo, como si alguien me estuviese reconociendo en todas mis facciones y perversiones. Entonces me decidí a hablar francamente de todo aquello que nadie supiese yo pensaba. Por tal motivo verdaderamente cándido Roberto supo en la segunda ocasión en que nos encontramos sentados frente a frente, bebiendo yo un café y él también un café, mi odio decidido a Juan. Roberto no se sorprendió y eso tampoco me sorprendió a mí. Él de alguna forma actuaba como mi reflejo y por ello quizá aparentaba conocer todo de mí sin que yo se lo contase. No obstante tenía un gran deseo por hablar con él así como uno habla consigo mismo en la soledad. Alguien que me comprendía en todo: un regalo del destino. Roberto me dijo en un acto de independencia como individuo y no como mi hermano «Con razón te presentaste como su hijo. Lo odias tanto que le perteneces.» En aquel instante Roberto me rescataba de una esclavitud con la cual había cargado años y años de pereza por un pasado horripilante llamado «Juan». Sin saber cómo demostrar mi agradecimiento, le ofrecí a Roberto ir a mi casa, donde mi madre, Elena T. de C., nos recibiría, según yo, con los brazos abiertos. Roberto me dijo que no quería abusar de mi confianza. Toda una mentira sospecho ahora, pero en su momento lo creí sincero. Le dije que no había nada de abusivo en él, que yo era quien lo invitaba francamente. Entonces sin más opción, Roberto me acompañó.

Llegamos a la casa de mi madre, que era mi casa. También vivían allí mi hermana menor, Elena C., y mi primo Eugenio C. Él se encontraba en la casa por un par de años hasta que él terminase sus estudios universitarios. Luego, se enlistaría en el ejército. Al menos así nos describía sus planes. Mis tíos, Leonor de C. y Eugenio C., se mostraban conformes con tal planificación. Pero el mismo Eugenio me reveló sus verdaderas intenciones a las cuales por alguna razón atroz no me opuse:

– ¿Sabes?, Elena es muy linda. Está muy bien educada.
– Pues así son nuestros padres. No podrías esperar menos.
– Elena necesita un hombre. No siempre podrá mantenerlos tu padre. Juan está envejeciendo cada vez más primo. Tu madre, la oigo, se queja de la impotencia de Juan, de sus achaques...
– ¡Déjate de burradas!
– Tú mismo ya lo sabes. No tienes por qué avergonzarte. Yo no he de contar nada a nadie. Pero déjame decirte algo, Elena es muy linda para ir a ofrecer sus escasas energías a la fábrica. Las costureras no ganan nada y se mueren de hambre si no consiguen alguien quien las mantenga. En cambio yo...
– ¿Tú qué? ¿Pretendes llevarte a mi hermana para cumplir todos tus deseos asquerosos?
– No Juan, nada de eso. Elena es preciosa y no permitiría que nada le llegase a ocurrir. A pesar de ello he de admitir que sí, me encantaría complacerme en algunas ocasiones...
– ¡Degenerado!
– Baja la voz primo, bájala. Lo único que deseo para Elena es una vida mejor. Tu padre dentro de poco morirá y tú tendrás que decidir su destino.
– Elena jamás te querría para nada. Además, tú no sabes el tiempo que aguante Juan. ¿O qué? ¿Piensas matarlo?
– No, no. Es mi tío. Pero no hace falta ser adivino para darse uno cuenta de la endeble salud de tu padre. Elena me quiere. Ella confía en mí y «yo en ella».
– ¡Cretino!
– Por favor Juan. Llegará el momento en que aparte de tu primo sea tu cuñado. Entonces dime lo que quieras. Por ahora sólo he de notificarte que deseo Elena sea feliz. Tú no te opondrías, ¿o sí?
– ¡Lárgate! ¡Lárgate de esta casa!
– No puedo. Sigo estudiando. Cuando termine me llevaré a Elena. Ambos seremos felices. Ojalá no me des demasiada guerra para oponerte a nuestra dicha.

Terminó aquella frase y me dio un puñetazo en el estómago. Me dejó sin aliento por un par de minutos. De haberme opuesto realmente a los deseos de Eugenio, hubiese dicho cualquier cosa a quienquisiera, pero no me atreví. Sólo hasta la llegada de Roberto él actuó por mí. Llegamos a mi casa y como invitado de honor, Roberto. Se encontraba mi madre allí, terminando de cocinar. Era sábado, un par de horas después del mediodía. Mi hermana Elena había salido con unas amigas que la invitaron a la función de las dos y media donde presentarían «Una vida en secreto». De las películas más baratas. Ya la hemos visto exhibida más de una vez, y la seguimos viendo no por gusto, sino por disimular nuestra pobreza. Elena, mi madre, detestaba esa película. No claudica en decir que «Es totalmente ridículo morirse por un perro. ¡Por un perro!» Roberto ya estaba al tanto de esto. Cuando arribamos él se presentó cortésmente. Mi madre correspondió y en privado me reprendió por llevar amigos a la casa sin previo aviso. Que la comida no alcanzaba y que ahora tendría que quitarles a todos parte de su ración porque el «muchachito» no tenía consideración por la familia. Me disculpe por mi torpeza e intentado solucionar la situación, me ofrecí a comprar algo después, que yo lo pagaba. Mi madre me dijo que no, que ya lo dejara así. Salí a ver qué hacía Roberto. Miraba las fotografías colgadas en la pared y las colocadas en las dos mesitas donde los floreros se acompañaban de sonrisas pasadas de unos niños en cuya inocencia no se dejaba translucir el futuro. Las flores eran plásticas y por lo mismo, inmortales. Le dije a Eugenio que en unos minutos estaba la comida. Él no se inquietó y me respondió que no había problema, pues no tenía hambre. Mi madre nos llamó a la mesa y acudimos sin demora porque ya nos encontrábamos antojados de comida por el aroma tan exquisito despedido por la sartén.

Serví agua para él, agua para mí y nada para Elena, mi madre, porque ella no nos acompañaría. Siempre que ella servía la comida, lo cual era siempre que no se encontraba enferma, no se sentaba a la mesa con todos, sino que se servía aparte, después de encontrarnos todos satisfechos. Ninguna de las dos Elenas era gorda. Al contrario, pienso yo estaban desnutridas. Sin embargo, a los casi sesenta años de Elena, mi madre, intuyo que su delgadez se debe a los malos hábitos adquiridos a lo largo de los años en que ella nos había servido de comer tanto a mí como a mi hermana y a mi padre, y más recientemente a mi primo. Porque en el hecho de servir y volver a servir la doble ración que siempre pedía Juan, mi padre, misma que la obligaba a repartir el gasto de comida entre cinco, o bien con mi primo entre seis, ella perdía toda noción del apetito. Al final del ritual alimenticio, Elena no quería saber nada de comida pero tenía que ingerir algo para mantenerse viva. Entonces se obligaba a masticar y sorber lo masticable y sorbible hasta que, por un acto de intolerancia a todo lo comestible, no terminaba de comer siquiera una tercera parte de lo que todos habíamos comido, excepto Juan, que comía doble ración. Eso no representaba en absoluto un ahorro, porque en lugar de guardar las sobras, las desechaba para que nadie nos diésemos cuenta de su anorexia. No sé cuándo es que los demás se percataron de ello. En lo concerniente a mí, supe de su enfermedad, misma que no era considerada enfermedad porque no la habíamos evidenciado, un día en que por alguna razón apetecí un poco de agua después de comer. Todos ya nos encontrábamos frente al televisor y ella, como de costumbre, supuestamente comía en la cocina. Entré de improviso y mi madre, con toda discreción lenta y gradual, así como Camila y Roberto en el parque, para no sorprenderme, tiraba la comida a la basura. Tenía en aquella época catorce años.

Roberto se servía muy bien de los cubiertos. Aquel día la orden fue de albóndigas con spaghetti alrededor. Mientras masticábamos la carne molida y aspirábamos los spaghetti, mi madre cuestionó la procedencia de Roberto. Antes de que yo pudiese contestar, él lo hizo:

– Soy de Santa Bárbara Vieja.
– Cerca del Museo Popular, ¿cierto?
– Así es señora. Está usted muy bien enterada.
– Ja, ja, ja. Tantos años hacen a una conocer incluso lo inescrutable.
– Apuesto a que sí. Podría preguntarle cualquier cosa de la ciudad y usted, no es por decir que tenga mucha edad puesto que no se le nota, podría contestar grandes enigmas para mí.
– ¡No, si lo años sí pasan! Ya no me siento como antes. Ahora me duele todo. Cuando yo tenía la edad de mi hija Elena, ¿cuándo iba a padecer por el frío o por el calor?
– No diga eso señora, usted sigue luciendo muy bien.
– Gracias joven. Roberto ¿verdad?
– Así es señora. Roberto Rivas Marmolejo.

Mi madre, halagada y muy sonriente, se metió a la cocina a esperar su turno de hacer no sé qué muy bien, pero hacer algo finalmente. No preguntó nada sobre el oficio de guarda-cadáveres que ejercía Roberto en el depósito de cadáveres de la policía municipal. ¡El susto que hubiese presentado mi madre! Ella es muy supersticiosa. Antes hubiese preferido hacerle una limpia que servirle de comer a Roberto. Le hubiese pasado el cilantro, el perejil y un huevo por todo su cuerpo para alejar a tantos espíritus acarreados por él y sus prendas en busca de un soplo de vida. Pero Roberto ya sabía cómo evitar hablar de aquel asunto tan tenebroso para la mayoría de las personas y acudía a sus tácticas de seducción con tal de desviar las conversaciones a charlas más agradables. Al cabo de unos minutos llegó a la casa Eugenio. Al vernos sentados y comiendo en la mesa, Eugenio se disgustó tanto que no saludó siquiera. Rápidamente se dirigió al interior para servirse un vaso con agua, saludar a su «adorable» tía, y abandonar el ámbito para quedarse en la habitación que tenía asignada desde que llegó con nosotros. Roberto entendió todo y no intentó provocar a Eugenio saludándolo innecesariamente. Terminamos de comer. Roberto me ayudó a recoger los platos. Mi madre, encantada por las adulaciones de Roberto, dijo «Deja, deja, tú eres invitado. No tienes por qué recoger los platos, deja que lo haga Juan.» Roberto contestó «Nada de eso señora, para eso tengo mis dos manos. Puedo ayudar a su hijo, que es mi amigo aparte.» Mi madre volvió a quedar encantada. Salimos de ese espacio estrecho donde todos los conflictos domésticos convergían y eran atañidos a mi madre, y tomamos asiento en la sala. No terminábamos de instalarnos cuando llegó mi padre. Odiándome como siempre, me ignoró. Sin embargo, para recalcar su odio, no ignoró a Roberto. Se acercó y preguntó «¿Quién eres?» Roberto contestó su nombre y su función «Soy Roberto Rivas Marmolejo, amigo de su hijo Juan.» Mi padre, conforme, asintió y se alejó hacia la cocina para que le sirvieran de comer. Acto seguido, mi primo Eugenio salió para acompañar y hacerse acompañar durante la comida por su tío. Seguimos conversando Roberto y yo, ellos siguieron comiendo y pasados casi tres cuartos de hora llegó mi hermana. Al verla entrar, Roberto se puso de pie. Elena se aproximó y en vista de las circunstancias también me puse de pie y dije «Elena, te presento a un amigo, Roberto.» Él tendió su mano y dijo «Roberto Rivas Marmolejo» Mi hermana actuó en consecuencia y también se dispuso a saludar a mi amigo diciendo «Encantada. Elena C.» Se miraron por unos segundos más y luego, como marcan las normas de civilidad, se soltaron las manos. Él la siguió con una mirada furtiva mientras ella se dirigía sinceramente encantada hacia el comedor y luego a la cocina. Retomamos nuestra conversación, pero Roberto se encontraba algo distraído. Salieron los hombres del habitáculo de la alimentación. Mi padre se sentó en otro sillón, aparte de nuestras reacciones. Mi primo Eugenio se dirigió con cargos de furia a su habitación. Ya no conversamos más. Roberto quería irse y yo también quería que se fuera: no deseaba que continuase presenciando más miseria. Entonces nos introdujimos al comedor y anuncié la partida de Roberto. Mi madre salió de la cocina y se despidió después de limpiarse las manos con el trapo de franela roja que cada tres meses remendaba. Luego, sin que mi hermana se pusiera de pie y sin interrumpir mucho su comida, Roberto acercóse para estrechar la mano con ella. Le avisé a mi padre nuestra partida, pero él no volteó. Acompañé a Roberto a la parada del transporte. Él me dijo «Tu hermana es hermosa» Yo le dije «Acuérdate de Eugenio. Él es su futuro marido.» Roberto pensó un poco y después de reflexionar se disponía a decirme algo, pero vimos que se acercaba el transporte. Entonces sólo alcanzó a afirmar «Ya verás que las cosas cambian. Ya verás».

Hoy que recuerdo lo acaecido, no me explicó cómo llegamos hasta este punto. Mejor dicho, no me explico cómo llegué hasta este punto. Intentaré retomar algunas ideas que he logrado deducir sobre las actitudes de cada quien, sin por ello estar muy seguro al respecto. Tiempo después de aquella peculiar visita, Roberto comenzó a visitarme. O al menos eso creo. Porque realmente siempre llegaba a las siete de la tarde entre semana, justo cuando Elena acababa de llegar del colegio. Justo cuando toda la familia acababa de comer. Justo cuando mi madre se encontraba lavando los trastos surgidos de tan imperiosa necesidad de alimentarnos. Se introducía desde que tocaba a la puerta. Toc, toc, toc, toc, toc, ..., toc, toc. Luego, mi padre que ya sabía de quién se trataba se aproximaba a abrir. Recibía con gusto a Roberto. Siempre con los brazos abiertos. También mi madre y mi hermana se hallaban encantadas por su presencia. El único que no congeniaba con tanta alegría era Eugenio, que se escondía en su habitación. Como sólo era un huésped temporal, no se le obligaba a recibir a la amistad de la familia. En cuanto a mí, ya ni nos saludábamos porque ya nos lo sabíamos todo de memoria. Yo sacaba de una caja algunas historietas y él compartía otras tantas que llevaba al interior de la chaqueta que siempre tenía que vestir: por trabajar con los muertos era muy susceptible a cualquier tipo de enfermedad. Reíamos a veces y disfrutábamos de la compañía mutua. Claro, al menos eso creía yo. Luego se aproximaba Elena a observar lo que hacíamos sobre la mesa del comedor. Llevaba una labor de costura. Unas miradas más y ya mi hermana se sonrojaba. Yo me hacía el tonto. Roberto también se hacía el tonto. Para entonces él y yo entendíamos el plan: él le robaría a Eugenio toda posibilidad de estar con Elena. Todo era cuestión de tiempo. Los meses transcurrieron con toda tranquilidad y paz. Nunca había experimentado tanto alivio en mi propia casa, donde más que comodidad sufría de miseria, siempre miseria. En aquellos días incluso mi padre llegó a dirigirme de vez en vez algunas palabras. No obstante, para que el plan terminase por funcionar todo aquello tenía que terminar. Roberto y yo lo sabíamos. Sin embargo, él nunca me comentó nada entorno al final de aquellos días de tanta felicidad y dicha en mi corazón y en el corazón de toda mi familia, excepto claro de mi estorboso primo Eugenio. Roberto decidió que era tiempo suficiente para hacer de mi hermana su mujer. Con ello conseguiría tenerla a sus pies y, efectivamente, Eugenio perdería toda posibilidad. Nada más criminal que un plan así consentido por mí, su hermano, pero igual yo consideraba a Roberto mejor opción para Elena que Eugenio. Así que él, Roberto, valiéndose de todos mis secretos, algunos tan estrechamente ligados a Elena, otros revelados exclusivamente para la conquista de Elena, o sea que eran secretos de ella, la hizo su mujer a mis veinte años de edad, o diecisiete años de mi hermana. Al poco tiempo, Eugenio salió de su habitación exclusivamente para golpear a Roberto. En la trifulca, mi padre salió golpeado por su sobrino, yo terminé amoratado por Eugenio y Roberto escapó. No volvió a la casa por Elena, mucho menos por mí. Las tensiones se tornaron más extensas y me terminaron culpando de forma implícita por la gran tragedia que constituyó la huída de Roberto, nuestro estimadísimo amigo. Al mes, mi padre me corrió de la casa.

¿Quién más podía ayudarme en tales circunstancias si no era Roberto? Entonces lo busqué irremediablemente. Y como el que busca, encuentra, Roberto me acogió bien en su cuarto de habitación, aunque eso sí, a hurtadillas porque no se le permitía cohabitar con nadie, fuese hombre o mujer, ni aún por una paga extra. Le conté todo a mi amigo y él no tuvo más que admitirme en su vida por tiempo indefinido. Comí de él, y también vestí de él. Dormí en el suelo porque no había dónde más. De aquellas ominosas noches conservo mi padecimiento en la espalda. Roberto dejó de alegrarse mucho por mi presencia. Porque cada vez que llegaba del trabajo, o supuestamente del trabajo, lo hacía a muy altas horas de la noche. Y cuando llegaba me miraba con menos aprecio que obligación. Yo sabía que él podía fácilmente deslindarse de mí y también arrojarme a la calle, pero él no lo hacía por amor a Elena. Me tenía como un arma para el nuevo acercamiento. No tenía qué hacerlo, pues necesitado ya estaba y además lo seguía estimando, pero comenzó a torturarme con todo lo que él sabía de mí: culpas, desilusiones, amarguras y desventuras, todo lo utilizó para mantenerme allí pero sin mucha gracia de la antigua dicha que habíamos vivido en las visitas que él hacía a mi casa. Al comienzo no me sentía tan mal, pero conforme los días avanzaron, él insistió mucho en uno de mis puntos más débiles: A... Con ella era imposible fallar, al menos conmigo.

A... era el amor de mi vida. Aún lo sigue siendo. He tenido que intentar olvidarla más por salud mental que por placer. Porque recordarla me genera el mayor de los placeres. Pero uno no puede estar viviendo con los recuerdos, así que la he dejado por la paz. Apenas la recuerdo por alguna circunstancia, la borro de mis pensamientos ejecutando alguna otra actividad. Por aquel entonces, cuando llegué a vivir con Roberto, yo había abandonado la Universidad. ¡Ah, cómo extraño la Universidad! Allí la conocí, por supuesto, a A... Le conté, también por supuesto, entre otras cosas, mi patética historia con A... a Roberto. Una historia que él habría de aprovechar para esclavizarme a su dominio y mantenerme en su casa durante un año y siete meses sin salir un solo instante. Además no podía ejecutar el menor ruido, porque las personas se enterarían de mi presencia y Roberto terminaría también en la calle. La energía eléctrica la cortaba cuando él se retiraba a «trabajar» mientras que yo estaba impuesto a la luz solar. No tenía nada qué hacer allí, así que comencé a escudriñar en el archivero abollado que tenía en su habitación hasta encontrar las revistas y cuadernos que Roberto conservaba ordenados en dos columnas dentro del segundo cajón. El mueble era gris y lo había conseguido en una repartición que en las oficinas gubernamentales se hizo. Un día en aquellos casi dos años llegó de una rifa de las que se organizaban anualmente. En aquella ocasión había conseguido un saco y una silla acojinada en el respaldo y en el asiento. Disfruté mucho aquella adquisición porque logré dormir en algo más decente que el suelo, aunque fuese sentado.

Cuando entré en su habitación y encontré las revistas y los cuadernos, hojeé el contenido de los que estaban en la parte superior. Eran revistas eróticas y los cuadernos, diarios de experiencias en el depósito donde él trabajaba. Descubrí que Roberto era necrófilo y que, como bien dice la palabra, hacía suyos a los cadáveres. Sorprendentemente, no sólo ejercía con los cadáveres de mujeres sino también con los de hombres, todos de muy diversas procedencias. Las revistas, lucubro, lo acompañaban en sus fantasías. Temiendo algo peor, guardé los cuadernos y sólo conseguí estimularme con las revistas. Y tuve el tiempo suficiente para hojearlas todas, una por una, página por página. Día tras día perseguía la luz cerca de la ventana que se entrometía afortunadamente por el tragaluz de la habitación. Me gustaba el tomo tres del año veintisiete de «Penthouse». También me reconocí con la edición cincuenta y seis de «Private». Nunca antes había tenido tanta libertad sexual como en aquellos días. Sólo fue cuando Roberto llegó un día demasiado temprano que de costumbre cuando me fue vedada con llave su habitación. No me dijo nada cuando me encontró semidesnudo exclamando no recuerdo qué barbaridades encima de su cama, mientras con mis manos ejercía la debida labor placentera. Solamente se quedó mirándome, esperando a que me percatase de su presencia. Cuando volteé a mirarlo, me asusté y levanté del piso el pantalón. Introduje mis piernas en él, lo abotoné y subí la cremallera rápidamente. Luego, con su rostro pleno de seriedad, me dijo «Déjalas. Yo las ordeno.» Así lo hice. Dejé las revistas encima de su cama y me retiré a lavarme las manos. Mis ánimos se modificaron súbitamente y no me sentía bien. Tenía náuseas y no deseaba confrontar a Roberto fuera del baño. Espere unos minutos, no recuerdo cuántos, y fue cuando Roberto llamó a la puerta para decirme que quería entrar. Salí y él entró. Y cuando él volvió a salir me encontró de pie, sin saber qué hacer. Entonces, no sé si para tranquilizarme, me dijo «Vamos a cenar». Comenzó a cocinar algo y comimos. Luego bebimos leche, café no porque el café causa insomnio, y repartió un pan que había comprado después del trabajo. No hablamos de lo ocurrido, sino de Elena:

– Te alegraría saber que Elena ya se graduó del bachillerato.
– ¿En serio? Sí, de verdad me alegra.
– Ellas, tu madre y tu hermana, esperaban verte, pero les dije que te encontrabas indispuesto.
– Me hubieras avisado y yo hubiese acudido contigo a la ceremonia.
– No. Tu padre se hubiese disgustado tanto que te hubiese golpeado.
– No importa. Él ya no me importa en absoluto.
– Déjalo así. Ya pasó la ceremonia. No puedes revertir el tiempo para verlas a ambas.
– Las extraño mucho.
– Lo sé. Pero debes estar aquí. No puedes salir así porque sí. Los vecinos se enterarían de tu presencia.
– Entonces, ¿qué hago? Aquí me aburro mucho...
– No sé. Medita.

Dicho esto Roberto no me dejó continuar. Se levantó de la mesa y recogió su taza y su plato con las migajas de pan que quedaron obligadamente. Al ver que también yo había concluido, hizo lo propio con mi taza y mi plato. Roberto apagó las luces y se encerró en su habitación. Yo, me dispuse en mi silla a reposar la mente y el estómago. Al día siguiente desperté cuando él ya se iba a trabajar. Me había servido de desayunar y entonces deduje que él había sido lo que en verdad me había despertado. Comí y él recogió los trastos para dejarlos en la cocina. La cerró con llave al igual que su dormitorio y me dejó solo en la sala. A partir de eso, sólo comía dos veces a diario. Curiosamente él no cerraba con llave la puerta de la entrada, ni yo había intentado violar su cerrojo. Aunque cabe decirlo, él comenzó a mostrarse más enérgico conmigo, sobretodo aquella ocasión en que la tentación casi me gana. Otro día de ocio me hizo pensar muchas cosas. En mi madre, en mi hermana, también en el odio que sentía por mi padre, en Roberto, cómo lo conocí. Él se presentó como Roberto Rivas Marmolejo. Lo que yo no sabía, y terminaría averiguando meses más tarde, era la relación de noviazgo que sostenía con A... Entonces, mi hermana quedaba relegada al papel de amante. Lo supe aún después de cuando por segunda vez me vi tentado a salir de aquel ámbito. La primera coincidió nuevamente con la pronta e inesperada llegada de Roberto. Él me dijo «¿A dónde?» y yo le respondí «A por ti.» No confiando más en mis expectativas respecto a él y sus recomendaciones y órdenes, puesto que era su casa, comenzó a cerrar con llave también la puerta de la entrada al apartamento. Por lo tanto, yo no podía salir. ¿De dónde resurgió esa intención por volver al mundo exterior? De A... Recordándola y no logrando sosegar mi corazón, no pensé en nada más y me acerqué a la puerta de entrada. La forcé con cierta desesperación desaforada y viendo que no surtían efecto mis fuerzas, me rendí sentándome con la clásica posición de flor de loto frente a la puerta. Ensayé nuevamente y no obtuve resultado alguno. Por tercera vez hice la puerta hacia atrás y hacia adelante y fue cuando la señora Genoveva, según se presentó, acercóse para preguntarme qué hacía allí encerrado, que quién era. Le contesté que era un inquilino de Roberto. Ella se extrañó porque no estaba permitido para ese cuarto tener acompañantes. Le respondí que estaba al tanto de la situación, pero que él me había acogido con cierto favor porque era mi muy querido amigo y porque no tenía dónde vivir. Quedando ella al tanto de las noticias, sacó de su bolso, según alcancé a escuchar y después logré observar, el juego de llaves de todo el edificio. Entonces pudimos hablar frente a frente:

– Gracias.
– No, de qué. Dígame, ¿por qué estaba encerrado?
– No..., no lo sé.
– Usted, ¿de dónde viene?
– No lo sé.
– ¿Sabe?, permítame invitarlo una taza de té. ¿Le parece?
– Me parece abuelita.

Le dije «abuelita» porque era una anciana muy gentil. La señora Genoveva era la dueña del edificio, por lo cual contaba con las llaves de cada apartamento. Ella vivía en la planta baja, pero había subido al piso de mi amigo Roberto porque visitaba de vez en vez a la señora del apartamento contiguo a donde yo me encontraba.

– Dime, hijo, ¿cuánto tiempo llevas viviendo aquí?
– No lo sé. Estoy esperando a que llegue Roberto.
– Roberto tardará en llegar. Siempre llega tarde. ¿Tienes familia?
– Familia. Mi padre me odia.
– ¡Ah!, entiendo. Entonces Roberto te ha acogido.
– Sí, con todo el favor que ello conlleva.
– Bien. Hijo, tengo que decírtelo: estabas secuestrado.
– No, eso no. Yo estaba por mi voluntad allí. Usted misma lo vio, quise salir cuando lo desee y consideré necesario.
– Pero, estabas encerrado bajo llave. Eso no es de alguien libre, sino de alguien secuestrado.
– No. Roberto es mi amigo y jamás me secuestraría.
– ¡Ay! Lo que no sé es cómo pudiste estar escondido por tanto tiempo sin que yo me diese cuenta. Ahora tendré que dar parte a la policía y me voy a meter en muchos problemas.
– ¿La policía? No, Roberto no me ha hecho nada. Simplemente yo vivía allí. Él me da de comer y me deja dormir en la silla que tiene. ¡Es muy cómoda!
– ¡Ay, ay, ay! Hijo, bebe tu té. Bebe. Debes estar exhausto.
– Gracias abuelita.

En efecto, Roberto me había mantenido secuestrado por un año y siete meses. Yo no lo creí así porque en verdad quería a Roberto. El psiquiatra me explicó que padecí el síndrome de Estocolmo. Ahora lo entiendo. Pero en esos instantes, frente a la señora Genoveva, no lo percibí. Como tampoco alcancé a percibir la constante tortura que ejercía Roberto hacia mí. Él me hizo creer que lo necesitaba más que a nadie en el mundo. Durante el proceso judicial en su contra vi que A... lo visitaba. Aún yo creí que él la había llamado para consolarme en la pérdida; en realidad ella se estaba haciendo cargo de muchos de los trámites que a él concernían. Yo seguía bajo la custodia policial. Cuando mi familia se enteró del asunto, mi padre se suicidó. Según dijo mi madre, no podía creer lo que había hecho en contra de su hijo. No creí esas palabras. Realmente sospecho que él murió porque no podía soportar el proceso de «su» Roberto. Elena me visitó en la clínica psiquiátrica. Me abrazó como nunca lo había hecho. Me dijo que pensaba casarse con él, Roberto, pero que esto ahora es imposible. Ella me explicó que A... pretendía junto con él hacerse del mucho o poco dinero con el que ellos contaban. Que A... era su novia y que ella, mi hermana, estaba siendo engañada con la idea de que su hermano Juan sólo podía estar en contacto a través de Roberto. No creyéndolo aún, le dije que no se preocupara, que Roberto saldría pronto y que A... no tenía nada que ver conmigo sino por el recóndito pasado en el que estuve enamorado de ella. Entonces Elena me dijo «Quítate la venda de los ojos. A... ni siquiera sabe quién eres. Quítate la venda de los ojos. Roberto es un delincuente sin escrúpulos. Si no te quitas la venda de los ojos, nos perderás Juan, nos perderás a mí y a nuestra madre. Ya perdiste a nuestro padre. ¿Qué más quieres?» Estuve en silencio y luego, sin más, pregunté por Eugenio. Elena me aclaró que él había ingresado al ejército. Eso me tranquilizó, porque enseguida vi reflejada mi tranquilidad en el alivio de la expresión de Elena. Otro día vi a mi madre. Lloró mucho y casi no me dijo nada. En virtud de la ausencia de palabras, no logré entender ni aprehender nada de aquella visita.

La señora Genoveva es una gran persona. Hoy soy empleado de ella: me ha puesto a cargo de la administración del edificio. No está mal y puedo vivir en el apartamento con más luz del segundo piso del establecimiento. La visito todos los días para beber un poco de té. Ella es muy importante para mí, porque es quien más me ha comprendido. Tolera que, por ejemplo, siga diciéndole a Roberto «mi amigo». Para mí es inevitable. No obstante, ya no lo creo más mi amigo. Así como con A..., él es un resabio de un pasado ominoso que si bien jamás olvidaré, y no lo pretendo así porque si no estas líneas de tan dolorosa historia no existirían, sí pretendo superar. Mi vida no está en sí resuelta, pero al menos hoy cuento con la certeza de ser libre. Libre a pesar de que casi nunca salgo de mi apartamento. Sin embargo, sé que nadie puede cerrar bajo llave no sólo la puerta de éste, sino cualquiera de las puertas de mi conciencia o de mi voluntad.

28 de Marzo de 2013
 
 

martes, 26 de marzo de 2013

UN COMENTARIO LIBRE


[Esta entrada participa en la IV Edición del Carnaval de Humanidades alojado por Kurt Friedrich Gödel en el blog presente.]

En coautoría [inintencionada] de @daphnella y @elchen00. Incluso para Gödel no había intención a priori.


***


S. – Medir es alterar un objeto para decir cómo se comporta respecto a la alteración. Esto no implica que si no se mide las cosas no existan. Si es así, no hay motivo por el cual sorprenderse de la dualidad ondulatoria y corpuscular de las partículas subatómicas. Tampoco resultan sorprendentes las implicaciones del principio de Heisenberg. Se puede medir porque las cosas existen, no al contrario. Que las cosas existan y no se sepa porqué es otro asunto. ¡Para ello se tendría que medir la no-medición!

D. – ¿La apreciación cualitativa no entraría aquí?

S. – ¿De qué forma?

D. – Sí, observable nada más, no medible.

S. – Es que la medición no implica precisión. Simplemente es observación ante la alteración.

D. – No me refiero a eso. Tú dices que hay que medir y pregunto si es estrictamente cuantitativo.

S. – No. Las descripciones ante la alteración pueden o no implicar números. Pero, ¿cómo observar lo que ocurre cuando no se observa?

D. – OK. Ya te entendí, aunque es un problema más bien de «¿lo vemos porque existe, o existe por que lo vemos?»

S. – Exacto. En mi opinión científica, en principio las cosas existen. Entonces, el problema radica en la observación, la medición. O bien, en la no-medición.

***

V. – (Como respuesta al primer comentario) Pensando, aunque no podamos comprobarlo.

S. – Esa posibilidad nos lleva, en la teoría, a rasgos de incompletitud lógica, pero creo que no habría que precipitarse.

V. – No me parece precipitado.

D. – No, y es bastante lógico.

S. – Es que hace falta demostrarlo tanto en la práctica como en la teoría. De forma más detallada y precisa.

D. – Sería muy interesante trabajar algo así.

V. – Para eso te tenemos S., desquita el sueldo. Je, je, je.

D. – Ja, ja, ja, invita.

S. – ¡Oh!, ja, ja, ja. La lógica es pasión, no sueldo. Creo que eso le pasa a los físicos. Trabajan por sueldo. Es una hipótesis.

D. – La Ciencia en general es por pasión, que te paguen es un extra.

V. – Y dices «OK., al cabo el cheque ni tenía fondos.»

D. – Es decir, confórmate con que existe.

S. – Para algunos ni eso. La lógica, según no sé quien y no lo quiero saber, no es nada.

V. – Qué mal.

S. – Lo que busco no es tanto que a la gente en general le interese la Lógica, sino a los científicos y artistas.

V. – ¿Por qué?

S. – Ellos son los primeros a quienes debería de interesar. En el fondo, todos trabajan con la Lógica, pero no la reconocen.

V. – Así es, actúan en automático sin saber por qué.

D. – En realidad sí, me apunto entre ellos.

S. – La situación es que sin Lógica se suele llegar a complejidades del tipo «gato de Schrödinger» que bien podrían no serlo. Es más, incluso los matemáticos ignoran la Lógica y llegan a imprecisiones como la vieja teoría de conjuntos de Cantor. Ahora lo ves D. De todas formas es sólo reconocerlo. Lo demás es aplicarlo.

V. – Es que, ¿cómo decirlo?, reflexionar todo, todo el tiempo quizás tampoco sea la solución.

D. – Y entonces caes en una frialdad que deja de ser pasión, complicado.

S. – Mmm... no creo que reflexionar sea frío, sino en verdad apasionante.

V. – Por eso dicen que «el Hombre sueña como dios, pero vive como un animal.»

S. – ¿Puede ocurrir al revés? ¿Vivir como dios y seguir viviendo como animal.?

V. – Sí, según Homero. Creo que D. se refiere a una frialdad como de: «– Espérame, estoy ocupado.– mientras la vida pasa.»

D. – Algo así, pero mejor discernir que razonar, mejor inquirir que preguntar.

S. – Je, je, je. No creo que discernir a la de «a fuerza» funcione mucho. Eso sí, inquirir sí. ¿Qué fue lo que dijo Homero?

V. – Los dioses de «La Ilíada» y «La Odisea» viven como dioses pero sueñan como animales.

S. – Demasiado ocio por parte de los dioses. Yo prefiero pensar como hombre y seguir viviendo como animal, todo junto. Porque digo, mi naturaleza animal es innegable.

V. – No puedo agregar nada más.

D. – Yo prefiero trabajar en ser más persona que criatura.

26 de Marzo de 2013

lunes, 25 de marzo de 2013

BREVE ANÁLISIS LÓGICO Y RETÓRICO DE LA CIENCIA Y EL ARTE COMO PRECURSORES DE LA VERDAD


[Esta entrada participa en la IV Edición del Carnaval de Humanidades alojado por Kurt Friedrich Gödel en el blog presente.]

Apreciar o no apreciar, he allí la cuestión. La frase podría igualmente tomarse con «Medir o no medir», pero más allá de esta semejanza estructural en cuanto a la retórica al estilo Shakespeare, la «apreciación» y la «medición» corresponden a un objetivo idéntico: el hallazgo de la verdad.

La verdad. Los aspectos del Universo, todo lo que es posible tener una idea que es real, presentan siempre evidencias. La verdad de un aspecto radica única y exclusivamente en dicha evidencia. Por ejemplo, se tienen cinco piedras encima de una mesa y se pretende evaluar si son efectivamente cinco las piedras allí. Uno como «medidor» procede a determinarlo a través de un método para tal situación. El método es, teniendo entendido lo que «cinco» quiere decir, de entre muchos posibles, ir contando de una en una las piedras hasta terminar con todas. Si realmente son cinco las piedras, la última debe ser nombrada con la palabra «cinco» en virtud de que se sabe primero va la palabra «uno», luego la palabra «dos», etc. Después de tanto, la prueba de la veracidad de la oración «en la mesa hay cinco piedras» puede darse por cierta o no.

Sin embargo, se dijo que existen otras formas de acercarse a la comprobación de la existencia de las cinco piedras sobre la mesa en cuestión. Se procederá a generar entonces otro método. Supóngase que en una sociedad dada, en lugar de tener por entendido el orden de las palabras «uno», «dos», etc., se representa a cada uno de estos conceptos por medio de imágenes. Entonces el «uno» se representa por «\», el «dos» se representa con «\o», etc. Al final, el «cinco» se representa con la imagen «\o/ X». Dicha imagen en realidad simboliza a una persona dedicando un abrazo. Que la sociedad hipotética haya admitido este tipo de formas para expresar una situación, la «apreciación» del «cinco» particularmente, podría bien ser fortuita. Entonces, una muestra afectiva termina por representar que existen cinco piedras sobre una mesa. O viceversa, las cinco piedras ahora representarían esta imagen amistosa.

Es posible, dentro de nuestra naturaleza humana, que las verdades puedan adquirirse así, a través de símbolos muy diversos y métodos muy variados. Todo depende de la conveniencia que tenga tal o cual método para comunicar tales o cuales ideas. Incluso, como puede observarse de la sociedad hipotética, no es que el primero de lo métodos expuestos les pudiese resultar más conveniente, porque en ella comprenden dicha verdad entorno a las piedras mucho mejor a través del segundo método que de ella surgió. Entonces:

«Existen diversos métodos de los cuales uno puede servirse para adquirir la verdad

No obstante esta implicación derivada de los ejemplos expuestos, cabe preguntarse cómo se valida la validez de uno u otro método. Esto es sencillo. Primeramente, el método implica una forma de representación de la evidencia que la realidad, el Universo, muestra. Después, tiene una forma de corrección. En el primer ejemplo, con el método de «cuenta y error», se tiene una forma de representar el orden de las piedras, una después de otra, mientras se efectúa la cuenta de uno en uno. En el segundo ejemplo, con el método de «imagen y error», se tiene una forma de representar la esencia numérica de las piedras, una imagen para cada colección específica de piedras, mientras cada imagen presenta una condición emotiva, sensible de recuerdos y actitudes, para cada persona. En ambos casos existe la «prueba» y el «error». La prueba es verificar, según ejemplos y definiciones previas, si lo representado está de acuerdo con la evidencia. El error consiste en detectar alguna incongruencia con lo ya sabido de antemano.

Los métodos de expresión de la verdad una vez teniendo validez ayudan a asegurarse de que lo dicho o escrito, o pintado o esculpido, o imaginado, entorno a cualquier aspecto de la realidad sea verificado lo más verdadero posible. Se puede notar además que la verdad no depende del método, sino de sí misma. La evidencia nos lleva a la verdad, pero la evidencia sí depende en su totalidad del método utilizado. Ahora, las evocaciones que traigan cinco piedras, dependiendo del método, también son independientes del hecho veraz. Si la amistad reflejada con la imagen «\o/ X» es asociada a las cinco piedras no parte del hecho de que las piedras sean cinco, sino de las consideraciones que tenga dicha sociedad para la amistad. Igualmente, si la expresión «cinco» no inspira nada no depende del hecho de que sean cinco piedras en una mesa, sino de las acepciones que se tengan socialmente entorno a la palabra en cuestión.

Es posible que algunas verdades sean difícilmente expresables a través de ciertos métodos. El caso de las cinco piedras es sencillo, sin embargo existen ejemplos más complicados en la actualidad. La «Teoría de la relatividad» no sería explicada en todos sus aspectos de una forma sencilla, a través de imágenes concretas, porque la sociedad en la cual las personas somos educadas no dirige la atención de esa manera hacia un cierto tipo de verdades, sino de otras maneras, como el simbolismo deductivo. La misma teoría podría expresarse a través de una novela que revele todos los aspectos referidos y referibles y no necesariamente acudir a los hechos matemáticos de los cuales se vale la Física para deducir dicha verdad. Es más, la verdad que expresa la teoría de la relatividad es una verdad que no realmente se sabe si lo es. La evidencia al momento justifica que sí es posible considerar lo dicho o expresado por la teoría como verdadero, pero no se ha constatado que ésta sea en todo caso cierta para evidencia que hasta entonces no se conoce y pueda afirmar algo contrario a lo previsto. Otros métodos no quedan exentos de esto: pueden igualmente expresar verdades y más verdades supuestas, sin que ello garantice que realmente tengan certeza.

Existen otras verdades expresadas a través de la Literatura que no necesariamente podrían asumirse así permanentemente. Un caso notable es la exposición de la «soledad» a través de una novela dedicada a dicho tema, «Cien años de soledad». Si la soledad es o no una derivación de la cotidianidad y de las frecuentes ocurrencias del mismo destino, puede asumirse como una deducción completamente válida. Al momento no hay otra obra técnica o estética que haya logrado una consideración más general, o una refutación, a la verdad de la soledad. No obstante, esto no garantiza que la justificación simbólica propuesta para dicho aspecto cierre las puertas a nuevas explicaciones. La evidencia de todo no se puede tener, aunque es posible acercarse a ello constantemente.

La verdad, en principio, no tiene limitaciones expresivas. Se ha mostrado con los ejemplos sobre las cinco piedras que simplemente somos nosotros los limitados a dichas formas diversas, en ocasiones convenientemente, pero a la larga no necesariamente. La diferenciación de los métodos entorno a la verdad no puede llevarnos sino a la desatención de todas las posibilidades para aprehender el conocimiento. Muy posiblemente la mayoría, si no es que todos, los problemas de comunicación, la causa fundamental de la violencia, provengan de la aniquilación (inintencional casi siempre) de la distintas formas de verificación o de entendimiento de la verdad. Muy probablemente, si no es que seguramente, los problemas educativos, de estudio y aprendizaje, provengan de la misma forma de ignorar todas nuestras posibilidades metodológicas. Ensayar la búsqueda de distintas demostraciones de una misma verdad nos lleva a la corroboración de la misma, o bien a la refutación de ésta y a la mejora de los métodos en un sentido o en otro.

Porque si de alguna forma Albert Einstein acudió a las suposiciones casi fantásticas, literarias, para poner a prueba las ideas de la mecánica newtoniana, fabulando suposiciones entre observadores y observaciones, lograría detectar las incoherencias de la teoría de Newton y, nuevamente acudiendo a su expectante Matemática lograría establecer una explicación más amplia de la naturaleza del Universo. O bien, si formalizando a través de símbolos casi equivalentes al Álgebra es posible detallar los fundamentos de la soledad de Gabriel García Márquez y llegar a nuevas consideraciones entorno a la misma, o comprobar que lo dicho efectivamente es cierto, entonces puede renovarse la Literatura desde sus cimientos, o consolidarse como uno de los métodos por excelencia, al igual que la Física y el Cálculo.

La «apreciación» y la «medición» pueden constatarse como métodos de adquisición de la verdad. Métodos que en realidad, de acuerdo con lo dicho anteriormente, pueden complementarse y, terminando con la disyuntiva inicial, llevarse a cabo como las mejores herramientas en contra de la ignorancia. Una que, irónicamente, podemos ignorar para ser más humanos, menos bestias y quizá algún día, todo lo que queramos.

25 de Marzo de 2013