Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

·

La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

·


sábado, 13 de abril de 2013

PIROPO


      Que exclamar todos quieran, «¡puta!».
      Miradas la exhortan desnuda al sacrificio
      de empuñaduras firmes, las vergas plateadas.

      Perversiones diversas exigen, «¡mamá[cita]!»
      unánimes voces, lujuria bestial. Invaden,
      «babosos», idílicos gritos; sudores solares,
      vergüenzas infames, pudores faltantes.

      Sobrando las voces de intensos matices,
      aullando lobos a coro insultante, de ella castrante
      venganza impotente: tacones que
      apuran solemnes de puta, mamá o fálico verdugo,
      juego y seducción sobre el sádico sexo.

      13 de Abril de 2013

       

viernes, 12 de abril de 2013

EL MEDIO TIEMPO DE LA IV EDICIÓN DEL CARNAVAL DE HUMANIDADES


Sin fin. La IV Edición del Carnaval de Humanidades aún no llega a su fin. Historias como ésta, donde la participación es permanente, realmente parecen nunca terminar. Se podría pensar esto, la permanencia permanente, porque se ha contado con veintiocho aportaciones recibidas en un periodo de treinta y tres días. Cada una con su respectivo resumen. Cada una llevando a cabo su propia intención por comunicar. Cada una susceptible a los Debates. La información que genera información. Dice el diccionario, debate: discusión. Y como suele ocurrir con el diccionario, el clásico de clásicos, se debe buscar la palabra de la definición. Por lo tanto, dice el diccionario, discusión: examinación minuciosa sobre una materia. La materia: el núcleo de cada aportación al Carnaval. La examinación minuciosa: los cuestionamientos, definiciones, redefiniciones, observaciones, pruebas experimentales y pruebas sobre las pruebas, análisis gramatical y síntesis retórica... Todo ello con tal de desentrañar en el abismo de la «verdad» que no cesa de exhortarnos a su búsqueda.

Se han Retomado a los clásicos. En todos ellos se observa, primeramente, admiración. Se ha compartido, de muy distintas formas, las razones por las cuales hemos de admirar a los artistas y científicos que conceden su creatividad para explotar la genialidad. Pero ellos, los clásicos admirables, no fueron lo que de ellos sabemos sólo por su clarividencia divina, sino por los clásicos que los precedieron. Por una parte, los científicos enarbolando la precisión y exactitud, los cálculos y eficiencias, las deducciones y los esquemas, todo por dilucidar entre números y argumentaciones el valor de tal o cual parte de la Naturaleza. De tal o cual parte de nuestra Humanidad. De tal o cual parte de tantas y tantas perspectivas que se pretenden unificar. Teorías que de uno, el descubridor, pasan al otro que la entiende y sucesivamente entre todos los que entienden y pretenden entender evidencias replicables o replicables en la imaginación, surgen las ideas que obvian al Universo.

Por otra parte, los artistas enarbolando los matices entre dimensiones. Como en la Pintura, el pleno sobre un plano. Como en la Música, el pleno en el plano espacial y sus secuencias temporales. Como la Literatura con sus planos que se curvan de maneras casi einstenianas, entre el presente y el pasado intentando explicar el futuro. O como la Escultura con sus planos tangibles, un nuevo plano sensorial. Todo por dilucidar entre pinceladas de colorido u opaco Destino que somos los ejemplares exangües sobre un bólido más bólido apenas que la millonésima del Sol. O bien, que entre destinos descritos con historias elocuentes se vislumbran estructuras de pensamiento y observación. Con las sonoridades representando alientos y los alientos a la aprehensión de alguna forma u otra cosa que de universalidad ofrecen horizontes creativos e ilimitados.

El reto de la Ciencia y el Arte, y cualesquiera disciplinas propuestas en el hallazgo de la «verdad» ha de ser que entre admiraciones y objeciones teóricas se convenza al público a desechar el paradigma, a que el «ser clásico» no influya en las decisiones, sino que esto radique en los hechos. Porque los clásicos no son para adorarlos. Se estudian. Se entienden. Porque al igual que esta IV Edición ellos también han tenido intenciones por comunicar. Se desmenuzan. Y una vez entre tanto, generar el nuevo paradigma. Convertirse en clásicos y ser desterrado del Salón de la Fama. Pero nunca, a diferencia de los ámbitos triviales, los clásicos son eliminados. Ya está el caso de Lamarck que hoy día con el epigenoma pasó de ser denigrado a ser considerado. Los clásicos nos llevan por el camino. Camino de ingenios. Cómo soportar tempestades. Entonces, que este Carnaval y los que vengan se discutan, y se analicen. Que se guarden en la memoria y que de la memoria florezcan. Que volvamos a las raíces y de las raíces, las hojas. Que de las hojas la verdura y el color del Árbol de la Sabiduría. Porque no es la intención, como Adán y Eva lo quisieron, el llenarse de soberbia concluyendo que, por ejemplo, el Universo se expande, sino el vivir nuestra propia existencia. Existencia humana. Debatible. Por consiguiente y se ha dicho, permanente.


SOBRE LOS DEBATES Y LAS VOTACIONES

De cada aportación al Carnaval, mismas que en un listado serán expuestas con sus respectivos resúmenes a continuación, puede extraerse un cuestionamiento o una crítica razonable así como se ha exhortado en la introducción que precede. Para ello existe un espacio definido y acondicionado por la matriz del Carnaval de Humanidades. Presionando aquí, es posible ver los diálogos que entorno a esta edición del Carnaval pueden realizarse. A manera de comentarios.

También es posible participar en el debate a través del Hashtag #CHumanidades, tiene el mismo fin que en el espacio propuesto por la página matriz del Carnaval.

Sobre las votaciones, también la matriz del Carnaval ha de sugerir la forma de realizarlas. Con ello se intenta reconocer a los participantes, como un incentivo a la creatividad. No obstante, todas las entradas, como que cada una ha merecido un resumen, son importantes y, reiterando, cada una es susceptible de discusión.

Entonces, las contribuciones hechas a la IV Edición del Carnaval de Humanidades, con una breve exposición donde se invita a leerlas:

1. Reflexiones al margen del simposio, de @Ununcuadio.

Nos comparte algunas perspectivas que en el VIII Simposio de Enseñanza e Historia de las Ciencias y de las Técnicas surgieron. Cómo es que algunos «hitos» se forjaron hace ya casi siglo y medio, y otras curiosidades históricas entorno a la Ciencia del antepasado.

2. Agua se escribe con 'h', de @JesusGarozRuiz.

Un artículo que exhibe una perspectiva muy constante en el mundo químico: la clásica palabra «agua» sometida a su fórmula, y otros asuntos al respecto.

3. En las orillas del océano cósmico, de Rodolfo Zermeño.

Como un homenaje a Carl Sagan, se expone (después de presionar la opción Ver más...) la actitud expedicionaria que la humanidad tenía antaño y las consecuencias que esto representa hoy día.

4. Caspar David Friedrich: el infinito y lo sublime, de Vicente Varas Bucio [@elchen00].

En palabras de su autor, Caspar David Friedrich es un clásico fundamental hoy día por su concepción del artista «como intérprete del mundo». En este texto se exhibe al pintor Friedrich, éste a su vez exhibiendo al hombre «sometido a la mortalidad».

5. "Promesse de bonheur" Felicidad embotellada, de Mariana Orozco.

De François Coty, el perfumero, a la realidad de nuestra «esencia», expresa lo sutil de la misma y las implicaciones que tienen las circunstancias entorno a las necesidades ficticias.

6. Una propuesta para la tercera cultura de C. P. Snow, de @Ununcuadio.

Una búsqueda permanente de la verdad como la tercera cultura, a través de no importa cuáles medios, Ciencia o Humanidades, queda expuesta en este texto que abre un sendero para la discusión de su efectividad.

7. El "homeópata homeopático" y la bacteria que nunca existió, de @ManoloSanchezA.

Señalando la existencia de un clásico que nunca lo fue, nos exhorta a poner a prueba nuestra capacidad de crítica, más que científica, lógica, valiéndonos de las herramientas más sutiles: reconstrucción histórica, análisis cuantitativo, y cabría sugerir un análisis sociológico.

8. ¡Tú también puedes ser científico!, de @Ununcuadio.

Disfrutando la experiencia que resulta de revivir a los científicos clásicos (Newton, Tesla, etc.) por medio del Arte, específicamente el teatro, su autora nos comparte una forma más en la cual es posible conjuntar a la Ciencia con otras disciplinas cuyo objetivo siempre será uno común al de ésta: acercarnos más a la verdad.

9. Mutantes, de @ReCienciablog.

De mutaciones reales y ficticias, esta entrada refleja la presencia de la cultura científica en la cultura popular, tanto más interesante y común la una se vuelva como la otra le siga, y un aspecto que jamás deberemos olvidar (léase la última frase de la entrada).

10. Condena y muerte de Jesús el nazareno, de Daniel García-Parra.

A partir de la incuestionable existencia de un personaje histórico clásico como lo fue Jesús el nazareno, el autor de este texto consigue cuestionarse de manera metodológica la influencia de éste, el nazareno, en el pasado, analizada con las herramientas históricas, allegándonos un poco más la verdad; todo esto para entender (indirectamente) los hechos de hoy y del futuro.

11. Presocráticos, de @daphnella.

Indudable resulta la presencia de los griegos en la era moderna. Ideas tan impresionantes como increíblemente próximas a la realidad en las explicaciones del Universo participan hoy día con base en autores clásicos que en este texto se exponen de forma breve.

12. Breve análisis lógico y retórico de la Ciencia y el Arte como precursores de la verdad, de Kurt Friedrich Gödel.

Proponiendo una resolución al problema de la conjunción de saberes científicos y artísticos, estos últimos como representantes de las Humanidades, la anfitrionía presente ofrece el texto aquí señalado. [También se encuentra aquí.]

13. Horas muertas, de @JesusGarozRuiz.

Sean los programas televisivos unos clásicos o no, siempre queda lugar, al menos como se muestra en el texto aquí mostrado, al doble análisis: objetividad y subjetividad de una serie de ironías entorno a la moderna vida sedentaria.

14. Un GRAN hombre, de @bioamara.

Las Humanidades se encargan, en muchos de los casos, de mostrarnos por qué somos miserables. Ahora, la Ciencia ha contribuido junto con el «GRAN hombre» a mostrarnos no sólo por qué, sino cómo evitar dicha miseria.

15. Un comentario libre, en coautoría de @daphnella, @elchen00, y K. F. Gödel.

La brevedad del diálogo, tan espontáneo como verídico, desentraña algunas conclusiones entre estilos de vida y perspectivas ante la lógica del Universo. [También se encuentra aquí.]

16. Ésta es mi cruz, de Nuncacreíquefuerabuenaidea.

De entre los problemas clásicos de la vida, este texto nos comparte aquel conflicto sobre la identidad, tan discutido antes y después, tan acompañable por las Humanidades de forma certera: vaya que su autora tiene razón, «Ésa es nuestra cruz».

17. Arquímedes y el Doctor, de @cuantozombi.

A través de una imagen fundamental para la historia de la Ciencia, este texto permite entrever de una forma audaz no sólo el valor del hombre, sino del intelecto del mismo, su ingenio y sus pasiones.

18. A hombros de gigantes, de Iván Rojo.

La frase de Newton como inspiración de la poesía. La frase de Newton como precusora de recuerdos, de anhelos, por la búsqueda eterna entre la «miseria» y el «diamante», que es lo que somos y poseemos según su autor, es decir, somos seres humanos.

19. Paréntesis, de @Ununcuadio.

La Literatura, como ha de suponerse, nos lleva a la aprehensión de la realidad. Existiendo realidades diversas, incluso es posible olvidarse de hechos y personas semejantes a «Don Juan Tenorio» descrito por Zorrilla y retomado como un clásico en este texto.

20. El anfígeno infernal, de @luisccqq.

Al igual que el azufre y el mercurio, podría pensarse que Ciencia y Literatura no se mezclan. Y si ahora se conoce al solvente que mezcla al «anfígeno infernal» con el «metal frío», también ha de existir el texto, como aquí se muestra, donde ambas ramas dedicadas al hallazgo de la verdad nos hagan recordar una parte de la historia de la humanidad y otros conocimientos entorno a ello.

21. ¿Dónde estabas y qué hacías cuando anunciaron que habían encontrado el Higgs?, de @ClaraGrima.

Higgs, al día de hoy, sigue siendo un posible candidato para el premio Nobel de Física. Pero nadie sabe a ciencia cierta por qué no existe el Nobel de Matemática. Quizá hayan sido pleitos de faldas o... Nadie lo sabe, pero pueden leerse aquí varias «teorías».

22. ¡Lo sabía, mamá! ¡π es racional!, de @ClaraGrima.

Saber si π es racional o no, es crucial para la humanidad. Sin este tipo de conocimiento ni siquiera el Arte sería lo que hoy es. Por eso no es exagerado referir que en este texto su autora y su «π racional» revelan, a través de la inocencia de los hombres, las claves sobre cómo aprehender el conocimiento, nuestra realidad.

23. Metafísica y mortadela, de Rafa Sastre.

Disponiendo de la «nada» como si lo fuese todo, este texto permite asociar los aspectos de la cotidianidad con el idealismo trascendental de los problemas filosóficos, con clásicos como Jesús Mosterín, a través de un diálogo fluido y figuras retóricas exactas.

24. Otra teoría más sobre el euskera, de @aitor_santis.

Reflejando las dificultades que, como en toda disciplina científica, los métodos lingüísticos representan, se exponen las diversas posturas sobre el origen del euskera, un caso peculiar y fundamental en el estudio de los dialectos ante su capacidad de perduración frente a la inevitable evolución que el tiempo conlleva.

25. Stern y Gerlach - El experimento que cambió el curso de la Física, de @altatoron.

Ni la teoría ni la experimentación son nada sin la cooperación mútua de éstas. Con tono fabulador y decididamente magnífico, este texto acerca a la Física cuántica desde un pasado de teorías inciertas hasta un presente donde aún no se olvida la importancia de dos clásicos resolviendo con un experimento crucial el futuro de los pensamientos más prometedores.

26. Del teorema de Gödel, de K. F. Gödel.

Sobre la historia de un teorema crucial para la Ciencia, un texto que desde la Lógica, tan empleada en lo cotidiano y admirada en lo profesional, aborda la sutileza del razonamiento humano.

27. Día internacional de la Mujer... en la Ciencia, de @mikael_mm.

A través de una mirada hacia la feminidad del conocimiento y los retos que nos esperan entorno a ello, el autor de este texto recuerda la importancia definitiva que tienen las mujeres para la subsistencia sobre la búsqueda de la verdad.

28. La Vía Láctea en la Grecia Clásica, de @Cuantosycuerdas.

Distinguiendo a la literatura clásica de la realidad física, el autor de este texto comparte su aprecio por las historias escritas, la mitología antigua, y las impresiones que en retrospectiva provoca la observación del pasado contrastando con nuestro futuro.

12 de Abril de 2013

jueves, 11 de abril de 2013

LA PRESENCIA INDIFERENTE

El tiempo de Tomasa había llegado. Tiempo acotado, de confines tajantes: tiempo de fin y para recordarse (si hubiese alguien para hacerlo) el comienzo. Su hijo Evaristo, el único, tenía que romper con aquel tiempo de manera definitiva, para simplemente no voltear nunca más hacia atrás, eludiendo la retrospectiva de su vergüenza.

Tomasa, como la más anciana en aquella vecindad, siempre, desde que tenía ese bastón, sin titubeos, sin tambalearse, caminaba de aquí para allá, haciendo a veces esto y otras aquello, hasta terminar una rutina itinerante pero sin sentido, donde Evaristo seguía constituyendo el fin último. Él, por su parte, víctima de aquella inercia, continuó yendo y viniendo, tal palo tal astilla, entre la madera y la viruta, y nuevamente la madera y el cepillo. Él anhelando la vieja época donde ideales había muchos, pero las voluntades, comoquiera que así lo viviese, escaseaban. Porque Evaristo a sus cincuenta y seis años, con una diferencia de veintiocho, muerta Tomasa a los ochenta y cuatro poco después del Miércoles de ceniza, uno lluvioso ciertamente, no contaba con la supuesta solvencia que cualquier ingeniero podría presumir, siguiendo detrás o envuelto por la madera o la viruta que manteníalo a él y a su madre sin hambre, pero que jamás resultaba suficiente. Tomasa, cuando Evaristo tenía veintidós, confiaba en que su hijo hubiese podido ejercer y mantenerla a ella y mantenerse a él dignamente, o sea como ella ambicionaba: un automóvil, Evaristo conduciendo, investido con un eterno traje sastre, ella presuntuosa, y cualesquiera ilusiones que alguien pobre, de ascendencia pobre, pobre de pasado porque sólo en la pobreza se ignoran las estirpes poco importantes, parientes poco más que pobres, también miserables, pudiese desear.

Los anhelos de Tomasa cada año, después de que Evaristo obtuvo un título «nobiliario», como ella se refería a la nobleza escolar, porque Evaristo sabía de todo un poco y algo más, pero no conseguía ni ejercer ese tanto de saberes ni que otros por él dieran quintos y pesos completos de salario vuelto sueldo, se desvanecían claramente. Evaristo, a pesar de soñar y compartir los sueños de su madre, aunándolo, por qué no, mujeres y galantería desenfrenada, no había sido educado con la ambición de «ser» y no sólo «creer» o soñar; Evaristo no entendió que el cordón umbilical se vence siempre y cuando el bebé quiera nacer y como él fuese un bebé muy adulto, no necesariamente él había nacido y, por consiguiente, jamás había parido Tomasa el engendro que no concebía apartarse del seno amamantándole, no deseaba buscar la dignidad anhelada y, según la vigencia legal, si el trabajo es la principal fuente de dignidad día a día, justicia tiempo por tiempo y peso por peso, que reciba cada quien su merecido, Evaristo no quería trabajar.

Tanta indefinición de carácter, ser quien anhela pero no ser quien está en los anhelos, implicaba un desperdicio de tiempo. Veintiocho, veintinueve, treinta años y Tomasa veía, sin desearlo así, cada vez más próxima la resignación de un futuro sombrío, certero, donde ella con sus cincuenta y seis, cincuenta y siete o cincuenta y ocho años seguiría amamantando todo tipo de moral torcida esculpida por Evaristo, moral donde el trabajo perdía concretitud a través de su indiferencia y latencia, frente al televisor, y tomándose el tiempo necesario para jamás convertirse en hombre. Era evidente que la fuerza centrípeta de aquel barrio perdido hacíalo susceptible a residir eternamente sobre el respaldo de su pereza y la pereza de su eventualidad escasa y buscada escasa. Evaristo no concedía tregua al sillón donde la comodidad hacía avanzar la decrepitud de un hombre sin consideración por su madre. Igual le daba que ella fuese cada vez más anciana y no contaba con la vergüenza suficiente para decirse a sí mismo «Tengo que mantener a mi madre». De alguna forma, la rebeldía de su adultez, o la adolescencia tardía que en la Universidad todos adquieren, hacíalo pensar que algún día él no importaría más, ni su madre, ni nadie ni nada y los hechos de la cotidianidad lo habrían de aproximar cada vez más a su muerte o a la compasión de alguien menos deprimido que él. Sin embargo, no fue así como sucedió. Porque a los treinta y un años de Evaristo, Tomasa añadió inicialmente una leve sugerencia y después una diatriba completa en contra de su hijo. «¡Bueno para nada, ya ponte a trabajar!» alcanzaron a escuchar los vecinos. Evaristo, no vislumbraba las quejas ni la culpa. No quería saber nada de ella ni de nadie. Sabía que su madre, por muy anciana y mañosa que fuese tornándose no lo sacaría de allí aunque fuese con policías. No tendría Tomasa las agallas para arrojar a su hijo contra la hoguera del mal, o del bien: ni siquiera Evaristo pretendía diferenciar nada sobre dichas palabras cargadas de moral.

Fue cuando Tomasa comenzó a padecer el climaterio. Y del climaterio para una mujer hipertensa, las soberbias arremetidas de la presión arterial. Mareos incontenibles, cansancios insoportables, caídas sobre la cama e idas y venidas entre la lucidez y la muerte. La carga patológica que no había interesado hasta aquellos instantes al cada vez más adulto Evaristo hizo que él volteara a analizar la vulnerabilidad no de Tomasa, sino de él mismo. Sin Tomasa, él no sería nadie. Nadie estaría dispuesto a mantenerlo de por vida. Nadie lo aceptaría como una carga que poco consume porque en la simplicidad de los días hasta los ratones consumen el queso abandonado sobre la mesa y el dueño del queso persigue al ratón hasta matarlo. Mucho menos el mismo dueño del queso aceptaría que alguien como Evaristo llegase a entrometerse en su dinero para quitarle siquiera poco menos que lo de un ratón. La frase «el muerto y el arrimado a los tres días apestan» resonaba sobre las imágenes sonorizadas que Evaristo planteábase. Un no sabía quién que le decía que no lo soportaba más. Entonces, en congraciación con su madre, para que ella no terminase dentro de los bochornos y exaltaciones fortuitas corriéndolo verdaderamente de la casa, Evaristo se decidió a abandonar aquella latencia perezosa y poco dignificante según decía «la ley» para convertirse en parte del movimiento trabajador.

Cuál sería su sorpresa cuando al salir de la obscuridad del hogar, tan cálido pero en aquellos días desquiciante, el mundo se veía totalmente diferente a como él lo conocía antes de terminar sus estudios, motivo único por el cual salía diariamente a la calle, y luego nada. Lo conocía miserable. Luego, estaría emanando miseria de la miseria procedente del pasado. Un alcantarillado que en las lagunas mentales de la cotidianidad de la cual antes apenas era consciente recordaba como sucio, para entonces, en el futuro que él llamaba presente, se presentaría más que sucio, inmundo, generando inundaciones o demostrando fugas de agua de no se sabía dónde provenían y por qué autoridad alguna hacía nada para evitarlo: por qué vecinos cualesquisierase no hacían nada por solucionarlo. Evaristo así lo pensó sin retomar por unos segundos el alcantarillado de su vida, tan estragado, según todos lo veían, como el alcantarillado público. Evaristo nunca creyó en las leyes, ni en la democracia, ni en nada ni nadie. Estancado en el pasado, Evaristo así lo siguió creyendo, sin matices, sin apreciaciones suavizadas o perspectivas cuestionables. Había comenzado a envejecer desde los años veinte de su corta vida. Necio, aferrado a lo que él conocía, siguió observando y encontró en la esquina de su casa un centro de prostitución. Cuando él estudiaba aquél establecimiento era menos vulgar: las prostitutas no salían ni de día ni de noche. Para el entonces futuro, pululaban éstas por toda la calle. Sí, parecía que el mundo de Evaristo se derrumbaba a la par que Evaristo mismo perdía la batalla contra la soledad. Decidió entrar al ámbito como alguna vez lo hizo para aventurarse con sus antiguos amigos, los que tenía en sus recuerdos, muy presentes, sin considerar él que lo tenían arrumbado en el olvido por eludir tanta desgracia que emanaba a flor de piel. Desgracia llama desgracia. Pero Evaristo no lo pensó como tal, pues después de todo la desgracia se justifica en la egolatría. El ámbito ya no lucía tan desdichado después de todo.

Aquí y allá Evaristo veía bailar el alcohol, bailar a las mujeres de sórdidas vidas y sórdidos clientes, y bailar a su cuerpo, estimulado, porque «Rubí» se presentaba desnuda ante él. Entre tanto, pensó «Al menos no todo anda tan mal. No salen sin ropa a la calle...» Lo que él no sabía era que durante las noches sí lo hacían. Su madre las aborrecía y él ingresó a tal ámbito inmediatamente redescubría al mundo que se plantaba ante sus ojos. También recordó su virginidad. Virgen por nunca haber experimentado el erotismo. Virgen porque jamás había trabajado. Entre tanta virginidad a la cual se encontraba destinado, Evaristo decidió a romper con al menos una de las dos formas. Y como él no tuviese dinero para romper con la virginidad por erotismo, se decidió por conseguir un trabajo. Y «la ley» no valía nada en aquél ámbito de drogadicción y esclavitud. Esclavitud por las drogas, las prostitutas drogadas. Evaristo no batalló mucho pues lo conocían. Bernardo, el viejo, lo invitó a pasar cuando Evaristo ya se disponía a preguntar en la barra por el encargado del ámbito. Bernardo le dijo claramente «Te quedas si así lo quieres. Te vas mientras yo te lo permita.» Y con tal contrato de palabra, tan sucinto como determinante, Evaristo quedó admitido. Podría pensarse que le vendía la mismísima alma al Diablo. Pero Bernardo no era tanto «El Diablo», sino un demoniecillo de cuarta categoría. Entonces la llegada de Evaristo se limitó a unos pocos siete meses. Durante aquél tiempo, Evaristo sirvió de guardaespaldas para Bernardo, «El Padre». Un apelativo común en la delicuencia, como que todos aspiran al liderazgo y poder que sólo un padre, padre de la sangre vieja y eterna, puede poseer. Bernardo contaba con el dinero suficiente, las armas suficientes, y las influencias suficientes para hacerse pasar por un «Padre». Evaristo no puso en duda aquello, pero después de tanto tiempo sumido y latente sobre el sillón de la sala donde vivía con su madre, él ya no contaba con más cambios a futuro. Era incluso sorprendente observarlo «trabajar». El hecho era que, pasó de un estado de miseria a otro, lo que nada tenía que ver con la tan prometida dignidad que «la ley» definía sobre el trabajo. Tampoco era que Evaristo trabajase de acuerdo a «la ley», pero para fines prácticos así le llamaba a su actividad de guardaespaldas. De igual forma, cuando Tomasa le preguntaba qué hacía fuera todo el día, Evaristo le contestaba que trabajaba. Tomasa, sabiendo que no todo podía ser maravilloso, no se disponía a preguntar por más, pues Evaristo saldría con alguna estupidez. Entonces las cosas así quedarían dentro de su casa: Evaristo trabajaba durante el día y solamente eso.

La paga no era mala, pero una vez allí lo castraron también por contrato. O bien, con mayor precisión, tenía Evaristo prohibido, al igual que todos los empleados, el tener algo qué ver con alguna de las «muchachas». No objetó nada, pues al final, por los años de latencia, Evaristo había asumido la costumbre de no excitarse demasiado no sólo con las mujeres, sino con nada que pudiese emocionar a las personas. Así, Evaristo no se sorprendería cuando la primera riña se presentase para él en aquel sitio. Tampoco se sorprendería de las constantes amenazas que llegaban para Bernardo por tal o cual conflicto menor. Al final, Bernardo mantenía sus negocios bajo control. Evaristo llegó a ser un empleado muy útil dadas las circunstancias que él vivía. Alguien que no reclama, que no aspira a más, y que puede vivir sin desear notablemente una «muchacha». Alguien que jamás lo delataría, no por fidelidad, sino por indiferencia. La gente como Bernardo buscaba a los que eran como Evaristo. Y mientras al hijo único de Tomasa le fuese pagado lo debido, como Bernardo en ese sentido siempre había sido justo, entonces el orden y la seguridad del dueño no peligrarían hasta cierto punto y hasta cierto día en que los representantes judiciales de «la ley» fuesen puestos al tanto del negocio. Un negocio demasiado jugoso como para que ellos no recibiesen las dádivas necesarias, ellos que preservaban el orden a gran escala, profesionales de la justicia y, sobre todo, salvaguardas de la soberanía y la libertad. Todo aquello demostrado en la libertad de poseer a las «muchachas» junto con la materia prima necesaria para tales fines. La justicia garantizada para el correcto cobro que un espacio como aquel tuviese que ejercer. Porque un ámbito así, según los judiciales, era necesario para el control de la población. Control de las pasiones y los fluidos derivados de dichas pasiones. Por eso ellos se presentaban a avisar que debían pagar por los servicios de la Seguridad Pública. Bernardo quedó inconforme, pero nadie con un revólver en la cabeza y la suficiente voluntad para vivir puede oponerse a nada. Evaristo, estando allí o no, tendría que saber lo ocurrido. Ahora tendría que servir de intermediario en el pago de los «servicios». Dentro del pago, más adelante, los judiciales exigirían la posesión de algunas «muchachas». Esto dolió en el orgullo de Bernardo que nuevamente no pudo oponerse, entonces por algún otro recurso de tortura mental. Las «muchachas» al servicio de los judiciales se convertían para Bernardo en mercancía maltratada. No soportaba más tal situación. Menos porque «la ley» respaldaba los actos de injusticia y desorden, esto último lo aborrecía Bernardo de sobremanera, que se cometían en su contra.

Evaristo vivió todo aquello con la misma indiferencia y suficiencia que en su recién llegada. Suficiencia para el trabajo. Él sólo se encargaba de los asuntos con los clientes convencionales, de dirigir a las «muchachas» al matadero judicial y a las entregas de dinero al servicio del Estado. Evaristo se había convertido, si bien no en un salvador, sí en un empleado de confianza que, sin contrato escrito, obedecía como si hubiese firmado con tinta desde siempre y para siempre conservando su indiferencia reservada. Bernardo pensó en muchas posibilidades: se asociaría con «Las Chinches» para evitarse más problemas, o se mudaría al barrio de «Los Panteoneros», donde «El Jefe» le debía un favor de sangre. No obstante, él sabía que por muy lejos que llegase, los judiciales lo encontrarían, si no los de aquel entonces, otros. No podía cerrar porque su reputación lo precedía. Tampoco podía romper los negocios con sus proveedores de drogas. Las «muchachas» se habían adaptado y sería difícil cambiar de residencia para conseguir nuevamente una camada de servidoras eficientes y complacientes. Evaristo, que de sus estudios conservaba algo de lucidez le sugirió, tras escuchar la diatriba en forma de monólogo que representaba Bernardo, que se infiltrara de alguna forma con los judiciales. Que a la larga los tendría tan presionados como ellos en esos instantes lo presionaban a él. Poco a poco cederían a sus peticiones por «amistad». A Bernardo le pareció excelente idea y, viendo que Bernardo era alguien decente, sin antecedentes registrados y con una carrera profesional a cuestas, decidió que Evaristo fuese sus manos, brazos y pies entre los uniformados. Evaristo se enfrascó al día siguiente con una solicitud de trabajo, como tantas, y viendo la decencia con que contaba este hombre los judiciales le negaron la estadía. Pero Evaristo demostró conocer perfectamente los pros y los contras de los cada cuales en su barrio y entre ellos los policías. Entonces, sin más, derogaron el rechazo para convertirlo en uno más de ellos. Evaristo no se ofendería por tal referencia, «uno más», porque a él no le interesaban, a diferencia de su madre, los «títulos nobiliarios» reconociendo sus dotes y aportes, sino que él era ejecutivo, efectivo, representando lo que deseaba sin la necesidad de un papel. Apenas llevó su Certificado de nacimiento, su Cartilla de servicio militar y todo asunto quedaba arreglado. No se atrevió a presumir, como lo pretendía Bernardo, su carrera profesional, que nada tenía de carrera pues no había ejercido nunca lo estudiado, además de que el ámbito no se prestaba para presunciones semejantes.

Aprendió, como sabía él aprender, a disparar un arma, luego dos, y al final progresó con la suficiente rapidez para ser admitido en un cuerpo local de vigilancia. Su labor: cobrar. Esto lo dominaba de haber estado con Bernardo y hacer pagar aún a los más endeudados. Así que cobraba en los recónditos pasajes de la «Colonia de los Zapateros» donde en tres ocasiones lo amenazaron por ser tan exigente y en esas mismas tres ocasiones los sometió sin mover un solo dedo, sino partiendo de lo que sabía de ellos: Bernardo se lo advirtió antes, que allí tenían pleitos con «Los Carniceros». Así, avisó antes de que lo tomasen entre sus brazos y dijo «Los Carniceros van a venir, así que ni me toquen, ¿eh?, ni me toquen.» Jamás «Los Carniceros» sabrían de la existencia de un tal Evaristo, o de un tal «Judicial Domínguez», pero el solo escuchar estas palabras hicieron recalcitrar a todos los encargados del burdel en la zona y desistieron de su vano intento por someter al nuevo cobrador. Aún considerando aquellos logros, Evaristo se mantuvo humilde, sin presumirlo y completamente indiferente al contexto. Mejor se adaptaba a él y su madre ya no sospechaba nada porque su hijo trabajaba con los policías, decentemente. O eso ella suponía, pues Evaristo hacía mucho tiempo que nada refería sobre su vida a Tomasa, su madre. Evaristo era discreto, sin embargo comenzaron a investigarlo para amarrarlo al igual que él podía someter con las puras palabras al cobrar. Entonces dieron con Bernardo. No obstante, sin registros no existe evidencia y comoquiera que lo que se sabía a pesar de ser cierto jamás se concretó con un contrato formal, Evaristo podía seguir caminando con toda justificación por los pasillos de las oficinas judiciales, pues «la ley» así lo marcaba, que «nadie podía ser despedido injustificadamente». Evaristo asistía siempre con la «Judicial Martínez» y el « Judicial Gutiérrez». Sin embargo, bien podía encargarse él por su cuenta, sin la penosa necesidad de llevar testigos a los eventos del trabajo. Evidentemente, la policía podía convertirse en un sitio más eficaz para el cobro regular (aunque no regularizado) de los prostíbulos y sitios de ventas ilegales, pero la burocracia se justificaba lo suficiente con «la ley». Evaristo ni siquiera se preocuparía por la existencia de la tal «ley» porque las admisiones y rechazos en las mafias no dependía de los escritos, apenas de las palabras, y todo en mayor sentido de la indiferencia que todos tuviesen al «hacerse de la vista gorda».

En cierta ocasión lo enviaron a una misión de averiguación. Se resolvería un delito de orden común, un robo a casa-habitación. De antemano sabía que se trataba de «Los Nenes» o de «Los Lacras». Entonces, al preguntar con voz imponente y con palabras apuntando a la altisonancia, la dueña del hogar se sorprendió tanto que poco faltó para que ardiera en un llanto incontenible. Evaristo se percató del error; no estaba tratando con «Las Chinches» o «Los Carniceros», éstos últimos que ni siquiera lo conocían, sino con un ama de casa común y nada corriente. Moduló su voz y retomó su retórica universitaria. Preguntó con una pose de compasión y comprensión, y fue así que entre el modo de actuación y el valor de lo robado logró estimar correctamente, sin dejar traslucir esto, que habían sido «Los Lacras» los responsables del robo. «Los Nenes» apenas despuntaban y si bien estaban ya entre los primeros, aún seguían estando «verdes». En cambio, «Los Lacras» tenían técnicas más elaboradas. Evaristo se dirigió al prostíbulo donde «Los Lacras», especialmente su jefe, se encontraban. Encontró Evaristo a «El Joyero», es decir, el jefe. Ya el nombre señalaba las ambiciones del hombre. Y Evaristo abrió la conversación:

Sabes por qué vengo.
¿Te felicito?
Cállate estúpido. Ten cuidado con lo que haces. No te podemos encubrir tan fácil todo el tiempo.
Tenía que hacerlo. A veces se deben correr riesgos.
Pues «córrelos» en otro barrio, pero no con los ricachones.
Entonces ¿qué? ¿Me vas a arrestar?
Cuidado, mucho cuidado. No respondo por mis jefes.
No me amenaces «Eva», ya sabes quiénes somos.
Y tú sabes también quiénes somos «Joyita». Que no se te olvide de lo que somos capaces, si no, pregúntale al «Pepe».
Ja, ja, ja, tú ni siquiera existías para mí cuando lo del «Pepe».
Pues como no existiera en aquel entonces, no me obligues a revivírtelo. ¿Entendido?
¡Uy!, te tengo tanto miedo.
Dame a un hombre. Tu robo cuesta caro.
Llévate a «La Mula». Él está muy nuevo como para que a alguien le duela. Además, participó en el robo.

Se llevaron aprehendida a «La Mula». Así de eficientes eran las palabras del «Judicial Domínguez». No había más «ley» que la aprovechable. Los abogados terminaban, en casos como el de «La Mula», o bien accediendo a pagar «el bono», o bien refundiendo a sus clientes en la cárcel. En ocasiones muy diversas, a lo largo de los años que Evaristo se mantuvo en el puesto, logró consolidar la paz que necesitaba su «socio» Bernardo. Socio moral, pues de ganancias no recibía nada. En ningún caso disfrutaba de las dádivas, apenas recibía el sueldo con el cual mantenía a su madre que ya no trabajaba por debilidad y enfermedad. La inscribió, para ahorrarse los gastos médicos, en la Seguridad Social. Él, fue inscrito por la burocracia sin preguntársele, desde el comienzo. De cualquier forma jamás requirió de tales servicios y cuando llegó a necesitarlos se encontraba demasiado viejo y lejos de la «justicia judicial». Evaristo seguía siendo el mismo hombre eficiente, sin quejas ni demandas sindicales como las ejercidas por ciertos grupos. Él no se esforzaba para robar del dinero «limpio», ni tampoco se esforzaba por robar del dinero sucio. Simplemente, no robaba a sus jefes. Esto lo hizo ser promovido con gran rapidez. No llegaría a ser jefe, pero sí lograría a sospecharse de que era las dos manos de éstos, y no sólo sus «manos derechas». Pero Evaristo no era las manos de nadie, sino víctima de su indiferencia, un destino deprimente y patético, plagado de sinsabores y sin miedos. Sin ambiciones. Jamás nadie lo sabría así, apenas lo leería correctamente Bernardo en la actitud de Evaristo, de lo cual además se aprovecharía, y así llegó a ganarse enemigos sin merecerlos: él, se insiste, jamás robaba a sus jefes ni a sus compañeros policías. Nunca hubo más paz entre los delincuentes que tras la llegada y el ejemplo de la «escuela de cobro» fundada, sin quererlo, por Evaristo. Apenas y se reportaban homicidios en las zonas donde Evaristo cobraba. Sabía él jugar con los miedos de cada uno de los grupos e individuos, siempre con premura acertada, hasta aquel ominoso instante, para él, en que los antiguos cobradores de Bernardo le tendieron una trampa. Así como él, Bernardo, había incluido a un infiltrado en el cuerpo de la policía, los policías enemigos antiguos introdujeron a algún principiante entre los trabajadores de Bernardo. La misión: confundirlo. Entre dimes y diretes hartar hasta el agobio al viejo con el cuento mítico de siempre que habría de convertirse primero en sospecha y luego en dogma de fe, diciendo que Evaristo estaba planeando destruirlo y que desde el comienzo había trabajado para los «judiciales». Bernardo así lo pensó pues no lograba concebir en ciertos momentos el tan rotundo éxito que tenía Evaristo con los policías. No todos los días alguien llega a sorpresivamente ascender en su puesto y menos en las mafias de ese tipo. Bernardo pensó que la absoluta indiferencia de Evaristo era precisamente para despistarlo y hacerlo confiar. Se lamentaba por haber tenido un gesto compasivo para alguien que sigilosamente se lo ganó de corazón.

Evaristo llegó a visitarlo, por el gusto de verlo después de llegar del trabajo a su casa. Evaristo no había cambiado. No se tentaba a servirse una de las «muchachas» en alguno de los cuartos del fondo, de la izquierda o de la derecha. Se dirigió a con Bernardo y éste lo señaló sin piedad. Lo estaba, por vez primera, amenazando de muerte con un arma. Bernardo le notificó por qué lo iba a matar. Evaristo disparó sin preguntar por más. Bernardo cayó con ímpetu y Evaristo se alejó. Regresó de nuevo al edificio de Seguridad Pública y narró lo sucedido. No paraba de repetir, como dejando entrever que de alguna forma jamás había faltado a «la ley», que los había hecho en su nombre. «Fue en defensa propia, en el nombre de la ley. No me pueden hacer nada, ¿verdad?» y nadie le respondía. La paz se había roto. Antes de dos días lo despidieron. Y el resto cayó por su propio peso. Lo aprehendieron sus antiguos enemigos y nadie se atrevió a defenderlo. Apenas su madre supo lo ocurrido, fue a visitarlo a la «Detención preventiva». Ella no podía ayudarlo en absoluto, por lo cual Tomasa partió a su casa a reposar la pena. No le habían retirado la Seguridad Social, por lo cual continuó con su rutina, visitando al médico, viviendo al día con la única modificación: dispuso de los ahorros que llevaba haciendo desde que no trabajaba. Los había hecho a expensas de Evaristo y, como ella no necesitara tanto, lo administró hasta la salida de su hijo de la «Detención». Los jefes de Evaristo no pretendían defenderlo, pues no querían colgarse la culpa del animal que rompió la paz entre las pandillas. Fue entonces que, recobrando la cordura plagada siempre de indiferencia, Evaristo dejó de lado el problema y se negó a hablar. Y cuando lo intentaban torturar, los judiciales eran sus conocidos. Entonces nadie se atrevía realmente a tocarlo. Sus enemigos no podían hacerle nada tampoco: aquel acto los delataría pues Evaristo era alguien que, sorpresivamente en el cuerpo de policías, todos querían. Tras casi un año de discusión sobre qué hacer con Evaristo, todos los jefes llegaron al consenso: lo dejarían en libertad. Y se olvidaron de que alguna vez existió Evaristo, el «judicial» que llegó a imponer la paz.

La indiferencia de Evaristo lo hizo llegar directamente a su casa y pretender arrojarse al abismo en el que antes de todo se encontraba. Contaba entonces con casi cincuenta años. «La ley» seguía valiendo lo mismo antes que después. Ni siquiera ésta había regido su liberación ni su aprehensión. Así como nunca se regía nada entre la burocracia y la corrupción de los grupos al interior del cuerpo policial. La paz no llegó por «la ley», sino por su sentido común, el manejo astuto del miedo y, por si fuese poco, jamás ejerció el «título nobiliario». Sin embargo, gracias a «la ley» su madre contaba con la Seguridad Social. Aquello no era suficiente. Tomasa necesitaba comer, no se dijera calzar y vestir. Por lo tanto, Evaristo no podía ejercer como tal su propósito inicial, de aprestarse a la vida ociosa y latente que antes había concebido. Si Tomasa no le dijo nada fue porque aún contaba con parte de los ahorros. Y cuando ya pretendía decirle algo, simplemente Evaristo se encontraba nuevamente trabajando. Tan indiferente a la vida, la nueva causa para que él se dedicase a alguna actividad fue la costumbre. El trabajo, lo había descubierto Evaristo, esclaviza eternamente. Una vez comenzado a hacer, se sigue trabajando y no se permite el descanso porque, al menos en su indiferencia, algo más se lo solicitaba. El ocio y latencia que el suponía ejercer en aquella segunda ocasión eran el resultado de querer descansar de una vida entre riesgos y juegos de «leyes» menos efectivas que sus propias palabras, votos y decisiones. Tomó un trozo de madera y comenzó a tallarlo con la vieja cuchilla que Tomasa había comprado al vecino del cuarto de arriba. Y como no le bastase sólo aquella herramienta, tomó el cepillo oxidado que encontró Tomasa un día de pepena intensa. Evaristo aún lo recordaba, siendo que eso había ocurrido a sus seis años de edad. Al final, el trozo de madera quedó hecho un marco para fotografía, garigoleado y las canaladuras donde sería fijada la fotografía bien definidas. Colocó su obra sobre el muro del patio que se encontraba enfrente de su casa. La vecina Elena lo compró. Evaristo continúo con el negocio, en ocasiones comprando la madera y en otras empleando aquella recogida por Tomasa en los días de pepena, cuando ella en su necedad, aunque ya no trabajaba como sirvienta en la casa donde vivían «Los Doctores», se permitía la recolección de algo de valor en los tiraderos públicos. Otros comenzaron a encargarle trabajos más sofisticados y grandiosos. Camas, mesas y un sinfín de artefactos que él mismo fue aprendiendo, como todo, a construir. La madera entonces se la proporcionaban sus propios clientes. Así continuó durante seis años restantes en que su madre, Tomasa, siguió viva. Ella misma llevaba un bastón confeccionado por su hijo, Evaristo, el hombre que vivió lo que nadie ha vivido ni vivirá en adelante, quien proclamó sin palabras una paz impensable, quien con su detención sofocó el sistema de corrupción y tortura que parecía insofocable, quien aprendió la verdadera dignidad del trabajo, quien recibió su «título nobiliario» sin ejercerlo definitivamente. Evaristo demostró en su época y en todas las épocas lo estragada que se encontraba «la ley», aquella que solía someter a las burocracias, ocultando las enemistades y amistades entre grupos aliados e individuos de la coerción. Evaristo demostró que la Justicia y la Libertad suelen ser más astutas que el propio sistema escrito, con sus contratos y subordinaciones a las cuales él siempre se presentó indiferente.

12 de Abril de 2013