Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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jueves, 18 de abril de 2013

EL CONSEJO DEL OSO. LEÓN TOLSTOI.



Dos amigos atravesaban un bosque intrincado y salvaje, en el que no había vestigio alguno de civilización.

De pronto, apareció ante ellos un oso hambriento que les salió al encuentro con actitud amenazadora.

Uno de los dos amigos, atropellando al otro, huyó sin preocuparse del compañero. Procurando su propia salvación, se encaramó rápidamente a un árbol.

El otro, para salvarse, no encontró fórmula mejor que tirarse en tierra, quedándose inmóvil y sin respirar, como si estuviera muerto.

Llegó el oso, lo lamió durante un buen rato y, creyéndolo muerto, se fue.

Cuando el oso desapareció, el amigo que había subido a un árbol, todavía temblando, preguntó:

Cuando el oso se acercó, parecía que te estaba hablando. ¿Qué te dijo?
Me dijo una sola cosa: que no me fíe nunca de los amigos como tú.


domingo, 14 de abril de 2013

EL SABIO CONSEJO


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Para Iliana, cuyo recuerdo evoca inocencia.

La ansiedad invadía ocasionalmente de manera estomacal, ocasionalmente de manera urinaria. Esperando las indicaciones, el niño no sabía qué hacer con todo eso que no lo hacía llorar pero lo destinaba al desasosiego de su conciencia. Más era la conciencia de estar desasosegado la que él no alcanzaba a comprender, así como había tantas, demasiadas circunstancias que en la infancia él no lograba comprender ni concebir. Entonces guardábase la necesidad por cagar u orinar en lo más recóndito y comenzaba a bailotear. Pero bailoteando no lograba conseguir sino la atención de quienes no debían percatarse de lo que en su interior se desataba. Le preguntaba Carmen «¿Quieres ir al baño?» y él contestaba «No». Siendo juez de una paradoja evidente, Carmen insistió «Entonces, ¿por qué bailas?» Él no supo qué contestar y se remitió a insistir que no deseaba ir al baño. Una vez dicho esto, y por no darle motivos a Carmen para continuar su interrogatorio, docenas de preguntas todas ellas equivalentes a la primera, desistió de su bailoteo. Así, Carmen logró calmar su curiosidad y no preguntó más. Sin embargo, detener la exteriorización de la inquietud de su compañero no implicaba que esta última desapareciera. Más aún, simplemente se relajó, pero no lo abandonó como no habría de hacerlo cada mañana durante los próximos siete años. Sólo hasta que ingresara al ámbito y tomara asiento él podía apaciguarse consigo mismo, es decir, con su cuerpo.

Julieta hubiese sido recordada tiempo después por muchos de los pequeños como una modelo de pasarela. Pero sólo en la subconsciencia, porque Julieta era tímida e incesantemente silenciosa; no ofrecía argumentos necesarios para que alguien la tomase en cuenta para la aprehensión del pasado. Aún así, como los pequeños eran pequeños, la toleraban y respetaban porque no habían alcanzado a comprender las nociones de rechazo contra aquellos mayores, los que resuelven problemas en vista de su incapacidad e inexperiencia. Esto no cambiaría con los años, o sea los pequeños que se convertirían en su mayoría en adultos seguirían demostrando su hipocresía por conveniencia. Eso que no cambiaba los hacía, efectivamente, más humanos. Julieta, tan preciosa como muda, apuntó sobre la sonoridad del aire «Álvarez». Y Álvarez denucióse «Presente». Nuevamente apuntó Julieta «Avendaño». Y Avendaño denuncióse al igual que Álvarez «Presente». Todo el alfabeto, desde la A hasta la Z, la que terminaba con «Zúñiga», denuncióse uno por uno. Todos excepto «Torres» que no se encontraba. Fue una fortuna para él, quien antes bailoteaba su ansiedad matutina, pues «Torres» le era insoportable. Carmen era, al contrario, su salvación. «Torres» se encontraba adelante. Carmen se encontraba un asiento detrás de él. Si «Torres» le encimaba un trozo de aguacate, o el aguacate completo sobre las notas de «Ciencias Naturales», Carmen le ofrecía una solución siempre coherente a todos sus problemas inmediatos. Tan sencilla ésta, que él no lograba vislumbrarla, más por sus prejuicios que por sus capacidades. Él demostraba el asco hacia un aguacate ajeno. Carmen tomaba con un poco de papel la bola verde magullada, se levantaba y dirigía al bote de desechos y regresaba diciéndole «Ya». El resto del problema quedaba en manos de la víctima. Porque el aguacate dejaba su mancha sobre la nota que se refería al mar. Verde sobre el blanco que debería ser coloreado como el agua difractando los rayos solares. Así que él, con toda la voluntad de artista que no sabía poseía se hizo del ingenio para sustituir la marca del delito por el dibujo de una tortuga, su animal favorito. Así, al finalizar, la tortuga ocultaba la mancha. Pero el aguacate no es precisamente noble, por lo tanto su grasa se infiltró debajo de aquella página hasta el anverso. Cuando el tiempo de la revisión se anunció, Julieta reprendió sin indagaciones la temeridad del niño por incluir aquella mancha en su repertorio de notas. Él intentó explicarle el crimen que Torres cometió, pero ella no le permitió discutir. Simplemente él, el artista de la tortuga, era muy sucio al realizar sus notas. La decepción no hizo mella esencial en el pequeño hasta que su madre lo cuestionó por esa «porquería». Él le explicó toda la historia sin tintes especialmente vengativos, sino justicieros para sí, pues en problemas se encontraba sin duda, y su madre lo cuestionó «¿Y no le dijiste a la maestra?» Él dijo que sí, pero que no le había hecho caso. Su madre, resignada a las soluciones parciales e indiferentes, sin ambición, de su hijo, lo dejó así.

No siempre la justicia era para él. De hecho, no en pocas ocasiones los senderos del destino lo colocaban en el predicamento de explicar lo que sin averiguaciones era pensado sobre él. Esta situación también hacía humanos a todos a su alrededor. Otro día, «Torres» sí asistió. Pelafustán como era, «Torres» no gozaba mucho de inquietar a su víctima en otra ocasión, sino en general a cualquiera que así lo permitiese. La ocasión del aguacate no constituía en lo mínimo aquello máximo realizable por «Torres». Las niñas, tan damitas como suelen ser, aborrecían lo que «Torres» decía sobre ellas. Sin embargo, «Torres» no era el único capacitado para generar malestares. «Flores» estropeaba todo a su paso. Era el más alto de los compañeros del pequeño ansioso. Éste último aspiraba en cierta medida la estatura de aquel gigantón al final de la fila. Los niños eran bastante curiosos. No llegaban a la pubertad con sus nueve años a cuestas y ya se emocionaban con las perspectivas sexuales. La niña «Díaz» ponía de manifiesto que conocía el nombre «pene». Lo hizo así con otras tres amiguitas y las cuatro en conjunto le dijeron a la víctima del aguacate de «Torres», «Ya sabemos cómo se llama lo que tienen los niños. ¡Se llama pene!» Rieron de manera increíblemente desaforada para una palabra que al pequeño no causaba impresión alguna. Efectivamente, él sabía que tenía un pene y que por tal motivo era varón. Años más tarde, lejos de la adolescencia, él hubiese pensado «Es lógico, tengo pene y por ello se me considera varón». Sin embargo, en aquellos años él «era varón» y no «se le consideraba varón» porque tenía pene. La niña «Díaz» siguió ahogada en la carcajada sin fin con sus amiguitas. Él no se inmutó. Su madre habíale explicado de qué iba el dimorfismo sexual, aunque quizá no con esa expresión, dimorfismo, pero sí con la explicación que los padres otorgan a los niños: «los niños tienen pene y la niñas tienen vagina». Más tarde, y como todos los días en el recuento de lo acaecido, él refirió a su madre lo dicho por la niña «Díaz». Toda una anécdota para la madre, tan experta de forma innata en la educación de sus hijos, pero también comenzó a reír, aunque no con el desafuero de la niña «Díaz». Rió más por aprensión ante lo inesperado de la experiencia. Y le dijo a su hijo «Pero tú ya sabías lo que quería decir; ya te lo había explicado.» Él dijo que sí, que no entendía por qué se rieron. Sinceramente no lo entendía el pequeño. Su madre le explicó que esos temas no eran algo de lo cual todo el mundo hablase, que era algo muy privado. Él asintió, pero como en muchas de las ocasiones que así terminaba las conversaciones con su madre, realmente no comprendía el mensaje entorno a la privacidad de la palabra «pene».

Jamás alcanzaría a desarrollar el pequeño el pudor suficiente para evitarse decir tal palabra. Más aún, en los años cuando «se le consideraría varón» y no «sería varón», a él le disgustaba el uso del «pilín» o el «pajarito» para reemplazar el nombre técnico del «pene». De todas formas, él no prestó más atención al tema. No la misma que, otro día, lo agobiaría al punto de una responsabilidad desafortunada el que Carmen lo hubiese encontrado resolviendo su ansiedad masturbándose. Él no se percató de lo que estaba haciendo. Simplemente lo hacía porque no terminó el apunte, ya se lo iban a revisar, no sabía él qué hacer, y la única forma que había encontrado para desahogarse sin excretar aquello que le generaba asco era excitándose y remitiéndose al placer. Extrañamente, él no entendía lo que hacía por la reducción al instinto que poseía en sus manos. Pero al ponerse de pie porque algo le aquejaba Carmen lo observó con inquietud. Nuevamente, y como en aquella primera mañana, le preguntó a su amigo «¿Quieres ir al baño?» Él le contestó que no. Ella insistió «Entonces, ¿por qué te estás agarrando?» La vergüenza de quien era hizo que él quitara la mano de la región genital un poco sorprendido, y demasiado cohibido. Le dijo a Carmen que no, no quería ir al baño. Carmen sospechó, pero no preguntó más. Nuevamente, la evidencia había desaparecido. La sarta de equívocos instintivos y sexuales entre los niños del ámbito no era ni mucho menos algo poco habitual. Tampoco era algo con poca inocencia. Realmente los niños no pretendían evocar sus deseos más perversos, pues ni siquiera los tenían, sino que deseaban comprender el porqué de tantas sensaciones irresolubles. Así, el jugueteo agresivo con los lápices de colores diversos expresaba el desahogo de una aburrición constante y una creatividad no encausada. Y el robo de los estragos en esa guerra donde los lápices por poco dejaban tuertos a varios constituía el deseo por poseer mucho, mucho más, siempre más y más allá de los confines de su saciedad: la señal temprana de las adicciones a cualesquiera pasiones. En ese lugar, no había religión, pues Julieta se encontraba fuera. Sin ella, la libertad mas instintiva renacía como en los tiempos donde «López» mordía las cobijas en busca del sabor salado de las telas sudadas con el influjo acalorado de su madre o su padre, con quienes dormía hasta que los deseos de sus progenitores los orientaron a tomar la decisión de construirle una habitación aparte al niño. Una libertad como aquella de la niña «Díaz» disfrutando de mirar a su primo, «Díaz» igual pero siete años mayor. El mismo de quien estaría enamorada hasta el reconocimiento de su propia infancia y la supuesta idiotez que ello conllevaba. La misma libertad que el niño «Torres» desconocía al jugar con sus primos, todos ellos mayores que él, y lo empujaban de aquí para allá hasta rechazarlo del modo más infame que a un niño se le puede rechazar. O la misma libertad que el siempre ansioso niño víctima de un aguacate experimentaba en su soledad, de aquí para allá sin nadie diciéndole qué ni cómo, pues su abuelo le otorgó las llaves de su inocencia, mientras el viejo elaboraba los deberes que le eran encargados al niño. Para todos los pequeños, los días más lejanos no existían más. Y como no existiesen, el dibujo de una tortuga representaba una indiferencia por la vida, latencia surgida de la domesticación por los deberes. O la palabra «pene» hacía las veces de amor que no debía existir por un primo atractivo. O el aguacate sobre la libreta de notas de la torpe víctima retomaba la misantropía maleducada de una crueldad de primos.

Toda esa cotidianidad de hechos existía ante la vista gorda de Julieta, curiosamente tan menuda y atractiva. Su jefa la había llamado para charlar de su grupo. Los niños eran demasiado inquietos y generaban demasiados problemas. Ni siquiera los más silenciosos comprendían un conjunto de seres capaces de una poca de inocencia. Eso según ella. No obstante, ni Julieta ni la jefa de Julieta, ni nadie en todo ese mundo de adultos imbéciles reconocía el valor más inocente entre sus pequeños. La inocencia definida por los adultos obedecía a los prejuicios de un estereotipo. Un niño que no constituye ningún escándalo. El niño que en su introversión es el más «bueno» de todos. Ninguno de los pequeños alumnos de Julieta carecía de inocencia. Por el contrario, cada uno expresaba lo que eran sus vidas de la manera que podían y sólo porque su inocencia así los hacía actuar. Otro día, en ocasión de la primavera, los niños comenzaron a declararse ante las niñas. La niña «Díaz» era de las más asediadas. Igualmente la niña «Ávila» y en general todas las niñas cuya complexión fuese delgada. Él, la víctima ansiosa, el amigo de Carmen, fue de los primeros en admirar la fabulosa imagen de la niña «Ávila». Acercóse a su oído, con la inocencia que alguien a los nueve años puede representar, y le dijo «¿Quieres ser mi novia?» La niña «Ávila» contestó que lo pensaría. Ese acto liberador, la catarsis magnífica, constituiría el eje de las idílicas ilusiones del pequeño para el resto de su infancia. Eso mucho antes de que la niña «Ávila» le dijera que sí y tres días después le dijese que no. Eso mucho antes de que su madre lo hiciese sentir avergonzado por un hecho que para él lucía natural. Porque a él no le interesaba la niña «Ávila», sino las circunstancias placenteras que implicaba el decir «¿Quieres ser mi novia?» Así lo mismo para el niño «Cárdenas» que también se declaró a la niña «Ávila» con los emparedados elaborados por su madre supuestamente para él. El niño «Cárdenas» no había de constituir un enemigo. Más porque las declaraciones se diferenciaban por algunas semanas. Y aunque quien pega primero, pega dos veces, el amigo de Carmen no pegó más intensamente que el niño «Cárdenas». Sí, la inocencia remarcaba a los niños. Así lo percibiría el amigo de Carmen algunos años más allá de aquellos estropicios infantiles, con el reemplazo de Carmen, la joven «Paz». Ella entraría en un conflicto equivocado donde tanto su madre como ella se enamorarían del mismo hombre. La primera por confusión, falta de identidad, y la segunda por el mismo motivo. La razón obviada sobre el refrán, de tal palo, tal astilla. Pero en aquellos años de afectos cortamente elaborados, vagamente admirables y lejanamente consumables, defectos semejantes a los de la joven «Paz» no serían observados. No era por indefinición de su personalidad que los niños se buscasen los unos a las otras, sino por un plan de naturaleza. Aprecio por la estética de una niña con las trenzas quietas, de cabellos brillantes. Aprecio por el halago que los niños hiciesen de la primera. O aprecio por quién sabía qué, pero siempre algo que el instinto les llamaba a ejercer.

Carmen no quedó ni herida ni alucinada por el acto de valor que su amigo consiguió. Más aún, él tampoco se alejó de Carmen, pues su amiga le atraía por la confianza de que era ella y nadie más que ella. No era amor, pues el amor que él experimentaría llegaría años más tarde, cuando A..., según él se llamaba ella, le provocaba una perdida del control total apenas ella asomaba su imagen. En cambio Carmen simplemente se reducía de una forma cándida y feliz a la niña con quien podía contar en el caso de cualquier eventualidad. No era obligación tampoco asumida como con Roberto Rivas años más tarde, donde los favores se convertían en moneda de cambio. Carmen era más el apoyo que él concebía sin temor a equivocarse, simplemente porque era ella sin intereses ni preocupaciones por alguna falta de comprensión hacia él. Claro, así no lo expresaba él, sino que hablaba con Carmen para decirle que los Reyes Magos le habían llevado un trenecillo. El mismo que se suponía sustituiría era el vehículo anaranjado llamado Metropolitano y acortado Metro. Asimismo, Carmen le revelaría que su papá le había regalado una muñeca Barbie. Los dos eran felices entonces, cumplidas las revelaciones perspectivas del hogar a la escuela. No tenían envidia el uno del otro y la vida continuaría de tal forma mientras los años no se convirtiesen en el pretexto de una infamia atroz. Sin embargo, así fue. El tiempo y la inocencia vista como «el peor de los grupos» llevó a desintegrar la maraña de niños inquietos, tan ávidos de aprender de la vida lo que ni sus padres ni sus maestros, ni nadie frente al televisor o en la calle podía mostrarles.

Él, el amigo de Carmen, y Carmen también, acudían a las clases de natación. Otros cinco niños los acompañaban y el maestro igual. Los niños conversaban sobre el frío que se sentía al entrar al agua. Antes él tenía miedo porque la presión le oprimía por vez primera el pecho y no le permitía respirar con los pocos pero significativos pascales que ese acto tan burdo constituía, sumergirse en el agua. Carmen, por el contrario, se manejó cual pez en el agua: ella había ingresado mucho antes a otros cursos de nado. Pasados los meses, ambos se encontraban en condición de conversar sobre lo mismo, aunque no de llevarse igual en el transcurso de la alberca clorina. Porque ella se alejaba con la fluidez de los años mientras que él apenas reconocía un estilo y ya le exigían que realizase otro tipo de manotazos y pataleos. La torpeza se reducía en los juegos. Carmen no tenía grandes pulmones. Él, en contraste, se manejaba con unos pulmones de capacidad volumétrica masculina. Así, cuando las apneas se convertían en el juego predilecto, él salía quizá no vencedor entre todos, pero vencedor si competía con su amiga. No era necesario efectuar comparaciones entre ellos mismos. Como amigos de infancia que eran, simplemente se decían que les gustaba mucho el juego de las apneas y que uno llegaba a la segunda raya y la otra llegaba poco antes de la segunda. Así quedaban los hechos, muy lejos de los ruidos de compañeros perversos que los orillaban a ellos mismos a la degeneración. Así era la hora de natación, pues se desprendía del ruido de los descubrimientos que la niña «Díaz» hacía de palabras de su madre entorno al falo, o bien del horror de un aguacate impregnado en la albura de una insignificante hoja de papel. Durante esos minutos acuáticos, él avanzaba reptando detrás de Carmen porque ella era más rápida. Luego, intentó aprender a mover las ancas. Pero las ancas de alguien no dotado de manera innata para el esfuerzo físico no se mueven de inmediato. Carmen le explicó cómo moverlas, al igual que el maestro de nado, pero él siguió sin comprender de qué se trataba. Entonces continuó reptando, como ya sabía hacerlo, sin la técnica precisa pero al fin y al cabo manoteando y pataleando como cualquiera que aprende a reptar sobre el agua. Luego, salieron los siete niños del agua. En aquel momento, él y Carmen sería conscientes de la realidad: volverían al hoyo de inocencia animal. Ellos gustaban más del pequeño estanque donde la inocencia no era animal, sino estilizada.

Ambos tenían los cabellos húmedos y llegaron juntos adonde sus compañeros esperaban formados en las filas del grupo que eran. Se separaron como ellos sabían hacerlo, él con los niños y Carmen con las niñas. Más excitados esta vez, los niños que no asistían al curso de nado ineludiblemente terminaban sudados y apestando exasperantemente. No era un aroma de chivo, como refería erróneamente Julieta, sino un aroma de sudores tras la corretiza que la niña «Díaz» practicó para atrapar al niño «López», el mismo que practicó su propia corretiza para atrapar al niño «Álvarez», el mismo que practicó su propia corretiza para atrapar a alguien más que también seguiría la consecución del juego hasta un final suspendido de tajo por el maestro de Educación Física. Para entonces, el pequeño «Cárdenas» ya tenía las rodillas abolladas y la niña «Téllez» no conservaba nada del peinado que su madre había armado para ella en la mañana antes de llegar al colegio. Luego, comenzó la clase pero los niños se encontraban inquietos, más de lo usual. Entonces, Julieta se rindió ante el devaneo de gritos y voces que no lograba callar. No sabiendo qué hacer, con todo y la aprensión que pedir ayuda le causaba, perdió más los estribos por los niños que por su personalidad endeble y solicitó la ayuda de una colega. Salió y regresó con Lourdes, una educadora severa. Los niños la vieron entrar y dejaron de hablar o gritar. Entonces Lourdes dijo «¿Qué les pasa? La maestra Julieta quiere dar su clase pero no puede porque ustedes no se callan. Ya hicieron destrozos allá afuera y todavía llegan a hacer destrozos adentro. Ya. No es justo que Julieta se enoje todo el tiempo porque no obedecen o porque no se están quietos en sus lugares, como debe ser. Ya, por favor.» Los niños callaron, efectivamente, pero más por la dureza en la voz de Lourdes que por el mensaje reflexivo al que ella invitara. Julieta le dio las gracias a su colega, pero Lourdes, donde los niños no la viesen, le dijo que ella debía de aprender o si no la correrían de allí. Que no era posible que ella no pudiese conservar el control de su grupo. Julieta regresó al interior del salón y los niños hablaron poco, luego más y finalmente lo usual. El amigo de Carmen y Carmen no se dirigieron la palabra ante la tensión, aunque ellos mismos eran conscientes de que nos les correspondía la culpa que le achacaban al grupo completo. Lourdes se refería a unos «destrozos allá afuera», pero ninguno de ellos dos sabía de qué se trataba, pues sí se encontraban afuera, pero no con los demás, sino nadando.

Claridades tan ausentes como ésa contribuyeron en cierta medida a que los niños equivocaran su perspectiva de la justicia. Las madres de los niños, a su vez, acusaron a Julieta de ser «mala maestra». Como la palabra «mala» se impregna más rápido que cualquier otra palabra en aquellos de espíritu medieval, la trifulca en la junta donde reunieron a todos los padres de ese grupo terminó por separar a los niños para el año siguiente. Desde allí, todos se comportaron en la medida de sus posibilidades. Julieta, esperando el final y no volver jamás a vivir una experiencia semejante. Los niños, en cambio, más quietos vieron algunos de sus miedos hacerlos callar. Eso en el curso de las dos semanas siguientes al altercado con Julieta. Pasado ese periodo de tiempo, las risas volvieron como un signo más de inocencia, donde a los niños les importaba menos el futuro que disfrutar del presente. La última alternativa, tan boba como interesante para el resto de los niños fue la corrección que hizo Julieta al estilo de caminar que tenía Carmen. La víctima de un aguacate, el torpe nadador y ansioso por excelencia, parecía tener problemas siempre, una vida llena de conflictos en comparación con ella, su amiga Carmen. No obstante, Carmen caminaba como avión siempre que giraba, fuese hacia la izquierda o hacia la derecha. A nadie le importaba aquella manía mientras Carmen estuviese mucho más plantada en la sensatez inocente que el resto de sus compañeros, pequeños demoniecillos para todos los demás adultos. Pero en la víspera de la separación, Julieta notó que Carmen hacía lo mismo que un avión al girar. Entonces le dijo «Carmen, ¿por qué caminas así?» Carmen se extrañó. Entonces la pequeña preguntó «¿Cómo?» Julieta le contestó «Así, como avioncito». El grupo quedó paralizado unos segundos observando la corrección de Carmen, un acto fuera de lo común pues a ella nadie la corregía. Su amigo la observó con la razón que tenía Julieta: no era la primera vez que él se hacía la misma pregunta «¿Por qué caminará así?» Entonces Julieta hizo caminar a Carmen de vuelta a su lugar para que desde allí iniciase de nuevo el trayecto de antes, pero sin ser un avión. Carmen no lo resistió y volvió a ser un aeroplano. Julieta la volvió a corregir y Carmen insistió en ser un avión. Fue hasta que Julieta hizo como ejemplo lo que Carmen hacía cuando todo quedó completamente claro entre las dos. Carmen partió desde su lugar, desaceleró, pero sin detenerse, dio la vuelta con los brazos quietos, ya no en forma de alas, y recorrió el trecho faltante hasta donde Julieta se hallaba. Todo un triunfo fue aquél, pues alguien en ese lugar era al menos corregible. Pero Carmen y su amigo, una sencilla y el otro complicado, una simpática y el otro inseguro, una experta y el otro aprendiz, poseían cada uno talentos que de no haber sido por las ineficiencias de sus padres y maestros hubiesen derivado en algo más que la corrección de avión a niña, o de aguacate a estudiante. Él admiraba la Naturaleza de las cosas obvias y más aún de aquellas que nada tenían de obvio. Ella conocía la perfección de los cantos y la maravilla de la sincronía corporal. Él reconocía su propia esencia con la presencia de la gente pacífica. Ella se reconocía con las charlas amenas. Quizá en algún instante del futuro ellos se extrañaron mutuamente, pero la soledad de la infancia, oculta por los estragos de otras soledades con las cuales debían compartir el aire, los había acostumbrado a la desatención. Él ingresaría a un grupo donde sus compañeros gozarían de una inocencia más civilizada, engreída. Ella, tendría la fortuna de ser tan feliz como él. Aún se recordarían y quizá en algún arranque del destino él pudiese tener otro aguacate para que ella le diera su sabio consejo.

15 de Abril de 2013