Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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miércoles, 19 de junio de 2013

EN LA CALLE



Herta Müller nos dice,
sin necesidad de decirlo,
ni siquiera saberlo,
que el poder de la prosa
y la sutileza poética
resultan en un acertijo.

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Para Dolores.

CABELLERA CASTAÑA

Vieron una cabellera castaña. La cabellera tenía ojos, y los ojos pupilas verdes. Los ojos de la cabellera me sonrieron y en reciprocidad los míos les sonrieron igual. Al hacerlo, mi cabellera, que es de color negro, como la selva nocturna, no pudo más que hablar y preguntar. La cabellera castaña contestaba a las preguntas de mi cabellera pues no la comprometían. Cada uno de mis cabellos pensó lo mismo y entre sí se respondieron las mismas preguntas de introspección. Quizá cada uno de los cabellos de esa cabellera castaña también se respondían entre sí varias preguntas que de vez en vez a todas las cabelleras suelen ocurrírseles. Sin embargo, mis cabellos junto con sus ojos igualmente negros en su tono silvestre, pensaron lo impensable: que la cabellera junto con sus ojos verdes podían abrazarlos durante largas tardes con sus largos brazos y enormes manos que por el momento solamente los saludaban. La voz de mi cabellera se enredó tanto al preguntar como al despedirse. Nuestras cabelleras habían sido presentadas.

MÁQUINA DE VIENTO

El viento fue empujado del túnel hacia nuestras vidas. Las refrescó o las enfrió, eso dependiendo de sus estados anímicos. Con el viento avanzaron otras vidas empujadas por la misma máquina empujando el viento a través del túnel. Dentro de ella, también había viento gracias al ventilador cuya finalidad era refrescar mi vida hasta enfriarla por completo. Seguí contento, pero el viento me recordó algunas desgracias. Mis recuerdos me llevaron a otras desgracias, y así sucesivamente. Siempre se podía ser, según dicha sucesión, a cada hora un poco más desgraciado. La máquina se detuvo y el viento fuera de ella, pero generado por ésta, también hizo alto entre toda la gente que consiguió refrescar los ardores y congelar los temples. Todas las personas que ingresaron a la máquina lo hicieron con libertad plena. Quienes salieron, lo hicieron interrumpidos por quienes entraron. No hallé escrituras bíblicas que profetizaran esa desigualdad. Me hice hombre sin libertad plena a la siguiente estación.

DEDOS AMIGOS

Leí lo que otros dedos narraban. Entonces los dedos se hallaban durmiendo. Comenzaron mis falanges a articular una breve historia con un breve consejo a la postre, y terminaron leyendo el texto inicial con cierta dificultad: mis falanges leen lento y en aquella ocasión tenían prisa. Dentro de poco dormirían; no podían evitarlo. En parte por su naturaleza dormilona y en parte por su naturaleza obediente. La instrucción gozaba de claridad: «No tardes mucho». Mis falanges respondieron que no. Que no tardarían demasiado en dormir.

Los dedos a los que respondían mis falanges eran dedos amigos. Las respuestas entre éstos y mis falanges diferían por un día, aproximadamente. Los dedos, amigos de mis falanges, vivían a siete horas en avión, a un mes en barco como polizones, y a doscientos años de historia antigua entre conquistadores y vencidos. Los dedos dormían mientras mis falanges cenaban leche y pan. Los dedos despertaban mientras mis falanges dormían. Ellos le contestaban a mis falanges lo escrito y enviado, «Enviar». Diecisiete horas después mis falanges discutieron nuevamente con los dedos amigos. Los dedos y mis falanges esperaban conocerse algún día en persona.

OÍDOS POSTIZOS

Antes de dormir, un par de oídos postizos le hablaba a mis oídos de carne y hueso. Yo no estaba capacitado para escuchar a los fotones. No tenía sentido que los oídos postizos no me hablasen tan de cerca. En ocasiones cantaban cosas muy lindas y en otras hablaban con voces ajenas, prestadas. Solía buscar que ese par de oídos plásticos estimularan al par de oídos hechos por quién sabía qué dios. El estímulo podía ser tan ecléctico como diversidad de voces había en cada cuadrante. Estos cambios respondían a necesidades que se modificaban sin piedad. Los oídos de carne y hueso preferían lo rocoso, lo independiente, lo electrónico y un poco menos lo disparatado. Casi todas las voces ajenas eran de gente blanca. Mis oídos eran morenos. Casi nunca hacían hablar a Bob Marley con su voz en préstamo.

ITERACIÓN EJERCIDA

Juré que fue la bufanda la que se enredó en mi cuello y no yo quien enredó la bufanda alrededor. No me creyeron. No lo hicieron porque me encontraron llorando. Lloré porque me asusté: cuando la bufanda se enredó sentí un calambre que paralizó mi cuerpo entero. Aprendí que el miedo es un calambre invadiendo hasta la última gota de sangre. Desanudé la bufanda como pude y retomé el control de la situación. Del susto, sólo pude repetir imparablemente una palabra intrínseca a toda la vida: «Algo». Cuando el ritmo incierto de la palabra disminuyó, rompí en un llanto tan inacabable como la iteración antes ejercida. Esa noche yo no lograba conciliar el sueño de tan sólo pensar en el miedo. No fui yo, fue la bufanda. Luego, la música ocultó el miedo y dormí, sin recordar, ni siquiera soñar, que tampoco fui yo quien tomó la navaja de afeitar, etc. Al día siguiente no tuve rostro para nada ni para nadie. Aún ocultaba los resabios de cicatrices a la altura de mis muñecas.

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Descubrí el sonido de «La Bruja negra».

Necesitaba escuchar el tamborileo de mi propia culpa.

19 de Junio de 2013