Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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viernes, 8 de noviembre de 2013

EL ESTILO DEL DIABLO

Para Paulina, y a vosotros, mis amigos,
que comprendéis.

La paleta era roja, de caramelo, y estaba en su boca. Sus labios también se habían teñido de rojo, y su lengua, y su saliva, y aun el aliento a cerezas que exhalaba con cada frase se encontraba así entintado. Si su aliento hubiese sido límpido, hubiera estado teñido de un color transparente. La paleta era roja, era de caramelo, y se encontraba luego en la boca amiga de aquella ya teñida de un escarlata infantil. Poco a poco pasó a teñirse cada exhalación con esa misma tintura. Y teniendo ambos pigmentadas sus bocas de igual forma, la paleta ya no existía, ya no estaba en la boca de nadie y hacía parecer que algo compartía la pareja más allá de la cándida oferta de un caramelo ensalivado una vez de una forma, y luego de otra.

Algunos vieron en ese gesto una nada inocente insinuación. Compartir saliva a través de una paleta era lo más cercano a compartir saliva por un beso francés. Y los besos franceses significaban, significan, y muy probablemente signifiquen en el futuro exclusivamente pasión. A sorbos o a lengüetazos, pero un beso francés inspira entrega, ya lo esculpió Rodin, ya lo filmó Fellini. Entonces se asumía que compartían una pasión a través de la paleta, de los mismos colores, y de los mismos sabores y alientos expirados. No obstante, para tentar al Diablo hace falta ser más perverso que él.

Ella le compartió su paleta, él la aceptó, y si ella pretendió alguna insinuación en forma seductora, él entendió cuál era el juego y lo disfrutó sin encandilarse como el resto de los hombres. Esto ocurrió mientras ellos se encontraban de pie, frente a frente, enfrente de todos sobre el descanso de la escalera. Pero sabían aun dentro del juego que dicha posición resultaba peligrosa: nunca faltan hombres “hábiles” que empujen “accidentalmente” al prójimo y lo eliminen. Descendieron uno, dos, tres, ..., siete peldaños hasta llegar al final del camino, a la planta baja. Ahí mismo decidieron qué más hacer, hacia dónde dirigirse, si alejarse la una del otro –y también, necesariamente, el uno de la otra– o no.

El acto de seducción –o de tentación– se convirtió en costumbre, después en ritual, y por último en compromiso. No obstante, comprometer al Diablo es imposible: el Diablo no le rinde cuentas a ningún hombre. Entonces ambos se acompañaban por un motivo más allá de lo ineludible. Él la esperaba salir de la oficina y ella se hacía esperar. Ella ansiaba salir, en parte porque el ámbito viciado de vapores imperativos se torna siempre, al final del día, insoportable, y en parte porque el Diablo no suele dejar esperando a la tentación. Si los dichos y refranes existen es por él, Satanás, puesto que es quien más disciplina tiene por esencia propia, debiendo cumplir su «No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy». Después de todo, para conseguir lo que desea necesita actuar.

Ambos caminaban sobre el pasillo hasta la recepción, luego hasta la entrada que para entonces ya era salida, y finalmente hasta la acera de una calle como todas, gris y muy ordinaria. Ellos mismos compartían esa ordinariedad con la acera del mundo mientras siguiesen el mismo juego desde las siete de la mañana hasta las tres de la tarde. Día con día el juego pasó del encanto a la sumisión, lo cual no quisieron ni pidieron, ni mucho menos tuvieron la intención. El Diablo se torna metódico pues de todas formas él también es susceptible al tiempo. Las calles avanzaban bajo los pies de la pareja, ella en tacones altos y él en tacones más o menos falsos.

Cuando el suelo cesó de moverse, se encontraban en la esquina. El cruce les ofrecía un tiempo de espera en ciertas ocasiones, o un tiempo de veloz avance en otras de ellas. Él la esperaba a ella. Ella seguía el paso de él. Y encontraron, siendo metódicos en la tentación, una solución infalible para empatar los ritmos: se tomaban de la mano. Él de costado a los vehículos, a la izquierda, y ella de costado a los otros vehículos –éstos avanzando– a la derecha. Una vez que el cruce cesó de moverse bajo sus pies, él volvía a ser más viril en su impulsivo andar, y ella nunca había perdido la correspondiente cadencia femenina. Él la rodeaba discretamente para retomar la posición a la derecha de la acera, la destinada para los caballeros. Ya nadie gritaba «¡Agua va!» para que ellos anduvieran por las calles urbanas, grises y ordinarias como gesto protector ante la orina del desatino, pero él mantenía la costumbre porque el Diablo metódico seguía paseándose ante el arcaico reto de esquivar el agua que iba. Pero el Diablo sabía que dicho hábito no existía: lo hacía para hacer evidente de a poco la miseria de los ancestros.

Siguió avanzando el suelo sobre los pies de la pareja. Y junto con el suelo también las miradas iban siendo distintas y se iban quedando atrás, al igual que los edificios y al igual que el tiempo recientemente pasado, pero siempre revivible en la ordinariedad del hormigón. Sin embargo, a la mitad del avance del destino aparecía el apetito. Porque algo es cierto, el Diablo de sólo disolver paletas se muere de hambre. La vida gris del exterior se escondía ante la brillantez del alumbrado artificial al interior, ante la blancura de los manteles, ante el sonoro tintineo de los cubiertos, sí, pero el Diablo, que siempre es metódico, permitía que hubiera evidencia del estatismo cotidiano: el diálogo con el mesero siempre era idéntico.

–¡Mesero!, queremos ordenar.
–Sí, permítanme.

–¡Mesero!, queremos ordenar.
–Sí, la carta.

–¡Mesero!...
–¿Sí?
–¿Tiene guisado de res?
–No, sólo pollo.
–Entonces, caldo de pollo con arroz y, aparte, la ensalada de papa.
–Hoy no hay arroz.
–Entonces que sean frijoles a lado de la ensalada.
–¿Y la señorita?
–¿Qué apeteces?
–Lo mismo que tú.
–Y de beber, de favor, dos vasos de agua.

Una vez servida la orden, la conversación avanzaba partiendo desde un comienzo que inexplicablemente aparecía, como si del origen del Universo se tratase. Un día él preguntó «¿Cuántas paletas quedan» y ella contestó «No tengo idea». Y aquello sonaba como si el Diablo anduviese sin rumbo. A cada bocado surgía un nuevo juicio, un nuevo prejuicio, el morbo por alguna situación y él admitía todo de ella porque ella siempre tenía la razón. Y en verdad la tenía. Él se limitaba a la añadidura de experiencias que infinitesimalmente iban construyendo el anecdotario de ambos. Así, las ocurrencias se improvisaban comenzando con «Una vez» o con el más elaborado «En cierta ocasión», y eran terminadas por la opinión de ella que él tendría para confirmar de buena, de mala, y la mayoría de las veces de simpática por medio de una sonrisa tan auténtica como ensayada instintivamente. Ciertamente esa sonrisa no era fingida, ni la de él ni la de ella, pero era precedida por una práctica al estilo del Diablo.

Un día así hablaron ambos:

Tu jefe me hizo recordar lo maldito que he sido. Una vez dejé de dirigirle la palabra a G..., y ella me preguntó qué ocurría, porqué la trataba así, que si éramos novios o no. Le contesté que ella me había preguntado si quería ser su novio, y que yo le había respondido que sí, pero que no le había confirmado que en verdad lo fuésemos.
–¡Ja!, te excediste.
–Quizá, de hecho, sí, pero fue justo. Después de todo, desde el comienzo supe que me atenía a su liviandad. Otros me advirtieron sobre eso, que la habían visto con uno, o con otro, qué más daba, de todas formas yo lo sabía. Sólo jugué al mismo juego que ella, sólo que, quizá, de una forma sutil y audaz.
–Le dolió, sin duda, ¡ja!
–No era la intención, pero así es ella. No puedo hacer nada al respecto y menos porque eso ya es solamente pasado.
Tu jefe es un maldito, pero es un estúpido. Él no sería capaz de hacer lo que tú hiciste. Él no piensa en lo que hace.
–Por mi parte, que él haga lo que quiera. Con el jefe sólo tengo que ver lo del trabajo. Y, en dado caso de que intente afectarte, entonces me afectaría a mí..., pero no es capaz de hacerte nada. Ya lo dijiste, él es un estúpido.
–A tu jefe yo sólo le hablo para el trabajo. Soy amable, pero no soy gentil. No se me antoja ser gentil con él.
–¿Y con quién sí?
–Contigo, con mi familia. ¿Con quiénes más?
–Gracias. Yo sólo soy gentil contigo. De alguna forma, como nadie me obliga a nada contigo, ni siquiera tú misma, puedo ser gentil. La gentileza requiere de hombres libres.
–¿Tú me habías dicho que la libertad no existía?
–Sí.
–Entonces ya no entiendo.
–Es simple: mi destino es ser gentil, y para ello debo de creer que soy libre. Mi destino es olvidarme por unos instantes de que no poseo libertad. Quisiera convencerte de lo mismo, de que tú actúas según el destino.
–A veces lo haces, pero siempre me pregunto las cosas y... no sé, prefiero escucharte a ti aclararlas.
–Ja, ja, ja, sí, por eso estamos aquí.

Ambos eran los comensales más lentos. Los meseros detestaban a los comensales dilatados, pero a ninguno le importaba lo que opinaran a través de las torceduras de boca y de ojos: ellos pagaban, tenían derecho a consumir el tiempo a su antojo, tanto como la comida, y los meseros sólo debían recibir la orden, servirla y entregar la cuenta. Una vez cumplida esta otra parte del ritual, la pareja se encontraba nuevamente sobre la acera siempre móvil, de vuelta a la ordinariedad gris de la calle. La conversación sobre la mesa podía alcanzar la intimidad que pueden alcanzar los secretos al ser exhibidos. En la calle, los transeúntes siempre escuchaban con agusada atención, los secretos apelaban al morbo y no podía terminarse cómodamente lo ya comenzado durante la comida. Pero el Diablo no tiene prejuicios. Entonces él comenzaba a observar temas más perversos y ella no se intimidaba, al contrario, seguía la corriente ya fuera con ejemplos o, de todas las veces las menos, con propuestas igualmente pecaminosas.

Él era la mente traviesa y ella la mano pecadora. Si él enunciaba «mango», ella lo guiaba hacia un inusitado puesto de mangos para satisfacer la gula. Si él enunciaba «cerveza», ella contaba alguna barbaridad cometida por J... durante la última reunión, a la que jamás asistió él: las reuniones eran un asunto incómodo por su amplia pereza por la gente. Él era amable, pero jamás gentil, excepto con ella. Si él enunciaba «el placer de los hombres», ella lo instruía con testimonios lascivos y él le confirmaba con alguna otra frase que inquietaba a la anciana que los escuchaba mientras el semáforo no cambiaba del rojo al verde. Pero ellos no esperaban esta vez para cruzar, sino para que algún taxi se detuviera y que ella pudiera abordarlo.

El vehículo se hacía presente. Él abría la puerta. Ella ingresaba con quietud pero con presteza. Él cerraba la puerta de un modo semejante a como ella había ingresado. El vehículo avanzaba y, antes de hacerse éste invisible, ella agitaba la mano en señal de adiós y él la agitaba en señal de hasta pronto. Al día siguiente se volverían a encontrar. Y en los fines de semana ambos sabrían mutuamente de su existencia, ambos contarían con los teléfonos portátiles listos el uno para el otro, o para otros, esto no importaba. El Diablo puede estar aquí o allá, jugando con las piezas de un ajedrez empatado desde el comienzo, o con los dados de un Dios que no sabe jugar al azar, o con las almas de algunos cándidos incautos. Era válido extrañarse, sí, pues de cualquier forma algo compartían y algo ya se habían robado entre sí sin siquiera percibirlo. Pero no eran válidas las reglas, esclavizando el uno a la otra, o viceversa, puesto que ambos eran gentiles, ambos seguían su destino, y ambos, por separado y cada quien a su manera, juzgaban la vida con la misma espontaneidad de las atenciones y los halagos.

8 de Noviembre de 2013