Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»


Mario Vargas Llosa, en «Elogio de la lectura y la ficción»:

«...leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida [...] debería ser mejor.»

·

La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

·


sábado, 20 de diciembre de 2014

CUNA DE MIS SUEÑOS


¡Ah! Cuna de mis sueños,
no pienses que en ti vivo,
pues no soy tu cautivo
si digo que te quiero.

En ti es la fantasía
la forma de un imperio
que en todo su improperio
concibo apostasía,

incluso de ti misma,
pues solo ya recuerdo
que todo es como un sueño
de pura hipocresía.

Y sé que no comprendes
el truco de mi juego
donde algo digo y luego
no siento cual pretendes.

Entiende que en ti muero,
consumo tanta vida,
que solo así conciba
la cuna de mis sueños.

20 de Diciembre de 2014


LITTLE CAPRICE


Es un capricho mío
(pequeño, siendo honesto)
tenerme tan funesto
faltando los motivos.

Es un jovial capricho
(pequeño, ciertamente)
pensar constantemente
las rimas y los ritmos.

Austero es mi capricho
(pequeño, por supuesto)
si aquesto compro y esto,
del mundo en consumismo.

Prefiero por capricho
(pequeño y valedero)
vivir y hacer que pienso
la muerte cual mi sino.

Es un capricho mío
(pequeño, sin dudarlo)
el Mundo al calcularlo
sin forma ni sentido.

20 de Diciembre de 2014


jueves, 18 de diciembre de 2014

CURA EN SALUD


Evita decepciones
sacrificando todo;
no dudes ni escatimes
tu vida en algún modo.

Porque si te rechazan,
en ti no queda culpa,
mas plácido recuerdo
te aviene por disculpa.

Si abusan, creen que abusan;
no saben que tú sabes
con adelanto el riesgo,
lo mismo subsanarte.

Así no hallare burla
tu «dar» cual devaneo,
porque padezcas gozo
que fuese tu deseo.

Y siéntete contento
de no ser arrogante:
no fuerzas reconozcan
aquello que tú vales.

18 de Diciembre de 2014

 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

DOLOR CRÓNICO


Que me duele el futuro
porque soy adivino;
porque sé todo sino,
que me inquieto y fracturo.

Que me duele el pasado
porque todo recuerdo,
porque incluso algún cerdo
pueda ser evocado.

Que me duele el presente
porque en él todo sufre,
porque en él hallo azufre
de la vida y la mente.

Que me duele el transcurso
porque todo me duele,
porque ya todo suele
conseguir vano curso.

Que me duele dolerme
porque ya nada quiero,
porque sólo prefiero
en la nada perderme.

17 de Diciembre de 2014


lunes, 15 de diciembre de 2014

«PECHO A PECHO CERCANOS», TRADUCCIÓN AL ESPAÑOL DEL POEMA «HERZ AN HERZ GESCHLOSSEN», DE RENE HESSE


Herz an Herz geschlossen.
Seele an Seele verbunden.
Die Liebe in sich gefunden.
Glück mit Glück vereint.
Groß werden ganz leicht.
Bund zur Liebe gefunden.
Leben mit Sinn bis zum Schluß.




(Traducción)

Pecho a pecho1. cercanos.
Alma con alma conexos.
El amor en sí encontrado.
Alegría y alegría unidas.
Lo grave se torna ligero.
Alianza hallada en amor.
Hasta el fin hay sentido en la vida.


Traducción: Alfredo Salvador C. García
14 de Diciembre de 2014.
Ciudad de México.

1. Literalmente, «Corazón a corazón»


domingo, 14 de diciembre de 2014

LOCURA DE ALMANAQUE


VOLUNTAD PROPIA


«Era una piedra en el
agua, seca por dentro»

Ella usó mi cabeza
como un revólver.
Soda Stereo


Nunca sé cómo explicar que “mi” voluntad, no porque me pertenezca o porque yo la posea, sino porque ella me persigue y acosa, no se vende. No puedo intercambiarla porque así mi voluntad no lo quiere. Alguna vez intenté negociarla, y aunque estuve dedicándome a hacer lo que otros me decían que hiciera, no lo hacía porque ellos lo dijeran, sino porque mi voluntad decía que hiciera caso a aquellas personas. Y fue por ella que dejé de venderla, aunque seguí haciendo lo que otros decían que hiciera: ellos me pagaban y yo sólo hacía lo que hacía porque la voluntad lo ordenaba. La plata, un metal que mi voluntad y yo –porque ella quiere– apreciamos, sólo era el comienzo, la tentación seguida, aunque al final ella decidía y yo sólo actuaba en consecuencia.

Cuando Andrea se presentó, pidió a cambio de estar eternamente conmigo que le cediera mi voluntad. Por más que quise, por más que tuve el deseo de cortar los hilos que estaban atándome a ella, mientras uno se destensaba ya otros veintiocho estaban anudando la carga, como si mis intentos de emancipación pudieran contarse únicamente con todos los números naturales, y los intentos de la voluntad para someterme sólo pudieran contarse con todos los números reales. Era la voluntad misma la que ordenaba que yo intentara desatarla de mí. Y por tal motivo terminé olvidando a Andrea. Pienso que la voluntad de Andrea (no Andrea misma) también así lo quiso.

Cuando Paulina se presentó, la voluntad me dijo «Ámala y adórala hasta el fin.» Aprendida la lección, sabiendo que sufría más intentando cortar la carga de la voluntad, no hice más que eso, amar y adorar a Paulina, siempre porque la voluntad me pedía que sufriera al alejarme de ella.

Justamente es la voluntad que está diciéndome «Escribe “Escribe esto” y escribe “escribe aquello”», y yo lo hago. No puedo impedirlo: el querer impedirlo es también una orden de la voluntad que siempre está acosándome. Y deberíase ver que yo carezco de sentido del humor: me dice que ría porque ella lo quiere, que me enoje porque ella lo quiere, y yo sólo finjo o no finjo (porque la voluntad quiere) que estoy ríendo o molesto. Cuando intento dar a entender que la voluntad me somete, nadie lo comprende porque casi somos ella y yo uno mismo, y parece que ella es parte de mí.

No es así: ella y yo estamos aliados, y pensamos de la misma forma, y nos gusta lo mismo, y odiamos lo mismo, no obstante, eso es porque yo la obedezco, siguiéndola en aquello que me dice que piense, guste u odie. Soy tan inevitablemente fiel esclavo de ella que no sé lo que es la libertad. La voluntad me dice «No sepas qué es la libertad», y yo cumplo; la voluntad me dice «Intenta saber qué es la libertad», y cumplo. La voluntad es incapaz de decirme «Sé libre», porque yo sería incapaz de cumplir, porque ella nunca ha pretendido darme una orden que yo no pueda llevar a cabo: porque sabe que sin ella, muero, y sin mí, muere.

Tampoco empleo (la voluntad no lo quiere así) este pensamiento que subyace obscuro, para no asumir las consecuencias de mis actos. Al contrario, la voluntad persecutora dice que asuma tales o cuales consecuencias, o que no asuma cuales o tales consecuencias, y de inmediato, como si la Teoría de la Relatividad tuviese falla alguna, hago exactamente lo solicitado. No puedo deslindarme, simplemente porque la voluntad me pide que así sea, aunque ella nunca reciba la culpa de nada, o la reciba porque ella ordena que la haga recibir alguno de los “pagos”.

Pienso –porque la voluntad me dice que lo piense– que en la muerte efectivamente seré libre, es decir, que sabré lo que es no tener voluntad propia.

 

 



IRREFRENABLE


«Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero

Vivo sin vivir en mí.
Santa Teresa de Jesús


Cuando desperté aquella mañana, más bien madrugada, los oídos postizos cantaban. Entonces los retiré para alcanzar el silencio. No obstante, como nunca antes había ocurrido, seguían cantando ya no los oídos postizos, sino mis oídos de verdad. Sonaba Interpol, con volumen alto, pero nada en mí, ningún cable, ningún implante, ni siquiera mi voz, estaba activado para hacer sonar canciones, con notable orden alfabético, cabe decir.

·

Nos vimos en la cafetería donde a través de los jueves nos habíamos buscado, y no pude soportar el llanto una vez sintiendo las manos de sus dedos (así se sienten las cosas con este tipo de sordera) tan cerca y tan lejos de las manos de mis palmas. Pedimos nuestras bebidas, pero cada quien la propia, ella un café así, y yo un café asado que terminó siendo un americano. · Andrea · Había olvidado lo que era sentirla, besarla con locura.

·

Seguí escuchando voces en el mutismo de mis oídos, «I am ready, I am ready for the floor...» y, con cierto agrado por tratarse de mi repertorio preferido, fui tomando parte del día a día. Sin embargo, no lograba atinar del todo las palabras de la gente que se refería a mí. Mientras alguien decía «¡Hola!», sonaba en mis oídos (no en mi cabeza) «My heart will never feel, will never see, will never know...» · Ocasionalmente llegué a pensar en el suicidio · Luego, cuando Andrea volvió a ignorarme, simultáneamente distinguí «¡Oh!, mi corazón se vuelve delator...» Más tarde, encontrando a Paulina, escuchaba «Is this love, is this love, is this love what I'm feeling?...», sin permitirme prestar plena atención a la peculiar forma con que ella decía que decía que estaba diciendo que pensaba lo que decía que decía que estaba diciendo. A pesar de la interrupción auditiva, aquel día terminó como solían terminar los días anteriores.

·

Comoquiera, pensando en la gente querida, la gente detestada, la gente por querer y otros asuntos pendientes, fui vencido por el cansancio, hasta la mañana siguiente (mejor dicho, hasta la madrugada de aquel día) en que la música no había cesado, ahora despertando con dos canciones al mismo tiempo: porque frecuentemente alguna melodía invade mis pensamientos desde la inconciencia, y determina el estado de ánimo con que he de continuar las próximas horas; entonces yacían en mí tanto la canción habitual como la canción de mi parcial sordera ruidosa. · Ocasionalmente llegué a pensar en el suicidio · Pensé, con cierto dejo de decepción, que nada importaría si cambiase el repertorio en la memoria de los oídos postizos, porque antes había demostrado –aproximadamente– que no existía relación entre éstos y el que yo creía eterno canto de mis oídos de verdad.

·

Pensé, en casa nuevamente, que retirando la memoria electrónica de los oídos postizos podría suspender los sonidos en mis oídos verdaderos. · Andrea · Canciones que si bien no eran agobiantes, tampoco eran útiles mientras en realidad sólo anhelaba un poco de silencio. Intenté lo dicho, y no ocurrió nada como yo esperaba: la música seguía conmigo. Regresé la memoria al sitio original y después de cepillar mis dientes, tras haber tomado la cena, me dispuse a escribir algún poema, como que tengo arraigada esa costumbre semejante a los niños que leen un cuento antes de dormir.

·

Sólo así, entre la podredumbre de los sonidos, con la repetición de fin incierto, cada palabra dicha, cada acto ejercido, cada beso de amor y cada beso en desamor; cada recuerdo en general, retornaba cuando menos lo esperaba, cuando menos lo requería. Ocasionalmente llegué a pensar en el suicidio (también así se sienten las “cosas” con este tipo de sordera), y sólo por aquella primera vez quedé condenado para todo lo que dure mi “locura” a escuchar con qué ansiedad consentí ahorcarme con una bufanda, luego no, y luego el siguiente narrador viene a decir que el anterior me hizo escuchar que Y. Kusama persigue puntos; yo frases relatando mi vida · Andrea· ...

·

Imposible fue hilvanar las ideas porque otros pensamientos de cantautores ajenos a mi soledad (¿existe la soledad ajena?) interferían. Siempre he de leer en voz alta los poemas que escribo, sin embargo, en tales circunstancias encontré por vez primera un real inconveniente a la sordera de silencio que no sé porqué me perseguía. Recordé que los ciegos de Saramago no podían dormir por el mar de leche que veían tanto de día como de noche, y reflexioné sobre el insomnio que sufría: estaba casi seguro de que no podía conciliar el sueño no tanto por el ruido, como cuando algún vecino se encuentra de fiesta a altas horas de la obscuridad, sino por no haber concebido la rima.

·

Cuando mis soyozos se desprendieron descarnadamente, cuando no pude evitar decirle «¡Estoy loco!», cuando no pude cesar de perder el control, ella acarició mi espalda, me abrazó, y me prometió toda la ayuda que necesitara. Una esperanza yacía en mí, creyendo que sólo un poco de afecto rompería con el encantamiento de las interminables voces, no obstante, sólo me distrajo, sin terminar con la sordera que apenas permitía traslucir las voces amadas, las que sonaban de verdad.

·

Comoquiera, pensando en la gente querida, la gente detestada, la gente por querer y otros asuntos pendientes, fui vencido por el cansancio, hasta la mañana siguiente (mejor dicho, hasta la madrugada de aquel día) en que la música no había cesado · Andrea ·, ahora despertando con dos canciones al mismo tiempo: porque frecuentemente alguna melodía invade mis pensamientos desde la inconciencia, y determina el estado de ánimo con que he de continuar las próximas horas; entonces yacían en mí tanto la canción habitual como la canción de mi parcial sordera ruidosa. Pensé, con cierto dejo de decepción, que nada importaría si cambiase el repertorio en la memoria de los oídos postizos, porque antes había demostrado –aproximadamente– que no existía relación entre éstos y el que yo creía eterno canto de mis oídos de verdad.

·

Porque no tomé siesta alguna, porque el insomnio pretendía recorrer el horario de sueño, porque el malhumor es demasiado fatigante, caí dormido sin siquiera cenar, sin siquiera pensar en Saramago · Andrea · nuevamente, sin siquiera pensar que no había pensado en Saramago nuevamente, sin siquiera pensar que ni siquiera había pensado que ni siquiera había pensado en Saramago nuevamente, etc., y sin anhelar rima alguna. · Ocasionalmente llegué a pensar en el suicidio · Quizá la carga de la batería de mis oídos de verdad estaba agotada, porque a la mañana (o madrugada) siguiente no se escuchaba el interminable borboteo de los cantantes y compositores, sino algo más terrible (según yo): una voz –que yo no evocara– relatando frase por frase cada una de las cosas que hube realizado desde el día en que hubo comenzado la sordera sin mutismo.

·

Por tal motivo seguí con la rutina, de malhumor, ya que en la mente sonaba «Allá en la fuente, había un chorrito; se hacía grandote, se hacía chiquito...», mientras que en la otra locura escuchaba «Veo las cosas como son. Vamos de fuego en fuego hipnotizándonos...» El malestar era originado porque ninguna de las canciones me resultaba agradable del todo y por la simultaneidad con que concidieron.

·

Cuál fue mi sorpresa, que al despertar en la última de las mañanas (madrugadas) siguientes me percaté de haber estado soñando lo que hasta ahora he vuelto a vivir, y que después de esta frase volveré a creer que había soñado.

·

Así, no saludé a nadie que no me saludara primero, ni intercambié palabras con Andrea –porque de hecho nunca las intercambiamos–, ni con Paulina tantas como ella y yo hubiéramos deseado. · Ocasionalmente llegué a pensar en el suicidio · Ya tarde, pasadas las actividades diarias y los convencionalismos ficticios, los amores inalcanzables y las amistades traicioneras, en el transporte público, sólo escuchaba una canción, y en la mente la interminable zozobra por una placentera repetición que es causa de la zozobra por una placentera repetición que es causa de la zozobra, etc.

·

Justamente es la voluntad que está diciéndome «Escribe “Escribe esto” y escribe “escribe aquello”», y yo lo hago. No puedo impedirlo: el querer impedirlo es también una orden de la voluntad que siempre está acosándome. · Andrea · Y deberíase ver que yo carezco de sentido del humor: me dice que ría porque ella lo quiere, que me enoje porque ella lo quiere, y yo sólo finjo o no finjo (porque la voluntad quiere) que estoy ríendo o molesto. Cuando intento dar a entender que la voluntad me somete, nadie lo comprende porque casi somos ella y yo uno mismo, y parece que ella es parte de mí.

·

Porque no tomé siesta alguna, porque el insomnio pretendía recorrer el horario de sueño, porque el malhumor es demasiado fatigante, caí dormido sin siquiera cenar, sin siquiera pensar en Saramago nuevamente, sin siquiera pensar que no había pensado en Saramago nuevamente, sin siquiera pensar que ni siquiera había pensado que ni siquiera había pensado en Saramago nuevamente, etc., y sin anhelar rima alguna. Quizá la carga de la batería de mis oídos de verdad estaba agotada, porque a la mañana (o madrugada) siguiente no se escuchaba el interminable borboteo de los cantantes y compositores, sino algo más terrible (según yo): una voz –que yo no evocara– relatando frase por frase cada una de las cosas que hube realizado desde el día en que hubo comenzado la sordera sin mutismo.

·

Habré de explicar porqué tal situación era menos llevadera que la anterior: si algo hice, lo escuchaba en palabras mientras realizaba más cosas. Luego, cuando la narración alcanzó el punto en que hubo comenzado la, digamos, lectura de ella misma, se juntaban dos especies de lecturas: una diciendo todo desde el principio –como parte de la primera narración– y otra diciendo lo que la primera estaba diciendo, es decir, si en una lectura escuchaba «Porque no tomé siesta alguna...», en otra escuchaba · Andrea · «Escuchaba (el narrador ignorado refiriéndose a mí) «Porque no tomé siesta alguna...»...», y terminé escuchando una carga insoportable de relatos que decían lo mismo, o lo que había escuchado, o que narraban que yo · Ocasionalmente llegué a pensar en el suicidio · había escuchado que yo había escuchado lo que había hecho, y semejantes.

·

Habré de explicar porqué tal situación era menos llevadera que la anterior: si algo hice, lo escuchaba en palabras mientras realizaba más cosas. Luego, cuando la narración alcanzó el punto en que hubo comenzado la, digamos, lectura de ella misma, se juntaban dos especies de lecturas: una diciendo todo desde el principio –como parte de la primera narración– y otra diciendo lo que la primera estaba diciendo, es decir, si en una lectura escuchaba «Porque no tomé siesta alguna...», en otra escuchaba «Escuchaba (el narrador ignorado refiriéndose a mí) «Porque no tomé siesta alguna...»...», y terminé escuchando una carga insoportable de relatos que decían lo mismo, o lo que había escuchado, o que narraban que yo había escuchado que yo había escuchado lo que había hecho, y semejantes.

·

Pensé, en casa nuevamente, que retirando la memoria electrónica de los oídos postizos podría suspender los sonidos en mis oídos verdaderos. Canciones que si bien no eran agobiantes, tampoco eran útiles mientras en realidad sólo anhelaba un poco de silencio. Intenté lo dicho, y no ocurrió nada como yo esperaba: la música seguía conmigo. Regresé la memoria al sitio original y después de cepillar mis dientes, tras haber tomado la cena, me dispuse a escribir algún poema, como que tengo arraigada esa costumbre semejante a los niños que leen un cuento antes de dormir.

·

Sentía que, de alguna forma, la “infinitud” de las canciones sin interrupción era tan grande como la de todos los números naturales; aparte, la “infinitud” de las narraciones, una encima de la otra y así sucesivamente, era tan grande como la de todos los números reales. · Luego, cuando la narración alcanzó el punto en que hubo comenzado la, digamos, lectura de ella misma, se juntaban dos especies de lecturas · Al primer día, sólo escuchaba una voz (que no era la mía); al segundo día, dos voces; al cuarto día, tres voces; y exponencialmente en el tiempo las voces fueron acumulándose · Ocasionalmente llegué a pensar en el suicidio · , hasta que logré distinguir veintiocho voces simultáneas, y decidí platicar todo lo ocurrido con Paulina.

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...luego uno vuelve a recordar lo que distintas voces dicen, lo que mis oídos de verdad se empeñan en conservar. Por ejemplo, que Fernanda no es nada y, sin embargo, significa “algo”, y que ella no sabe que alguna vez, por esa (maldita) única vez en que el suicidio fue contemplado, todo se ha ido al traste y lo recuerdo cada día de mi vida, como a Gabriel García Márquez tras haber terminado de leer «Cien años de soledad» a las dos de la mañana (no madrugada aún) del diecisiete de diciembre de dos mil once, habiendo comenzado la lectura el ¿ocho de diciembre?, un día posterior a haber terminado de leer · Andrea · «El amor en los tiempos del cólera», tras una enorme pausa que etc.

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Nos vimos en la cafetería donde a través de los jueves nos habíamos buscado, y no pude soportar el llanto una vez sintiendo las manos de sus dedos (así se sienten las cosas con este tipo de sordera) tan cerca y tan lejos de las manos de mis palmas. Pedimos nuestras bebidas, pero cada quien la propia, ella un café así, y yo un café asado que terminó siendo un espresso. Había olvidado lo que era sentir, medir con la vida.

·

Todos vamos a morir, y allá terminarán todas nuestras cotizaciones y estimaciones. El valor de la plata radica en que es un metal duradero, fiel metáfora del «sudor de la frente». La Poesía es invaluable, porque es trascendental. El dinero es quizá como la vida: vale aquello que deseamos que valga.

·

Cuando mis soyozos se desprendieron descarnadamente, cuando no pude evitar decirle «¡Estoy loco!», cuando no pude cesar de perder el control, ella acarició mi espalda, me abrazó, y me prometió toda la ayuda que necesitara. Una esperanza yacía en mí, creyendo que sólo un poco de afecto rompería con el encantamiento de las interminables voces, no obstante, sólo me distrajo, sin terminar con la sordera que apenas permitía traslucir las voces amadas, las que sonaban de verdad.

Por la noche vislumbré la solución a mis problemas: inicialmente, con la resignación de quedar sordo por el resto de mi vida. Luego, decidí vivir lo que deseaba escuchar en los interminables relatos que iban teselándose uno con otro, luego empalmándose uno tras otro, hasta terminar de vez en vez con mi cordura. Entonces comencé la redacción irrefrenable de los poemas que habrían de acompañarme para siempre, quizá incluso después de la muerte (¿qué es la muerte?, ¿quién dice?) · Recordé que los ciegos de Saramago no podían dormir por el mar de leche que veían tanto de día como de noche, y reflexioné sobre el insomnio que sufría: estaba casi seguro de que no podía conciliar el sueño no tanto por el ruido, como cuando algún vecino se encuentra de fiesta a altas horas de la obscuridad, sino por no haber concebido la rima. · Comencé a amar a Paulina, a adorarla, quizá aún escuchando que los interminables narradores (que eran el mismo simultáneamente) preguntaban «Is this love what I'm feeling?», · Ocasionalmente llegué a pensar en el suicidio · no obstante creyendo que podría vivir con ella quizá todas las vidas pasadas y futuras, semejantes en cantidad al número de colecciones hechas a partir de la colección de todos los números reales.

·

Habré de explicar porqué tal situación era menos llevadera que la anterior: si algo hice, lo escuchaba en palabras mientras realizaba más cosas. Luego, cuando la narración alcanzó el punto en que hubo comenzado la, digamos, lectura de ella misma, se juntaban dos especies de lecturas: una diciendo todo desde el principio –como parte de la primera narración– y otra diciendo lo que la primera estaba diciendo, es decir, si en una lectura escuchaba «Porque no tomé siesta alguna...», en otra escuchaba «Escuchaba (el narrador ignorado refiriéndose a mí) «Porque no tomé siesta alguna...»...», y terminé escuchando una carga insoportable de relatos que decían lo mismo, o lo que había escuchado, o que narraban que yo había escuchado que yo había escuchado lo que había hecho, y semejantes.

·

Cuál fue mi sorpresa, que al despertar en la última de las mañanas (madrugadas) siguientes me percaté de haber estado soñando lo que hasta ahora he vuelto a vivir, y que después de esta frase volveré a creer que había soñado.







UNA ONZA DE LIBERTAD


«¿Amarme? ¿Quién creyera? Habla
con la misma voz que nada dice
si eres una música que calma.
Yo oigo, ignoro, estoy feliz.»

Tu voz habla amorosa.
F. Pessoa


Pensé en dejar de pensar en Fernanda. Como de la nada terminó la despedida, al final nos abrazamos, antes dio ella unos pasos hacia atrás, yo también hacia atrás, y comenzamos a despedirnos, «¡Nos vemos!»

Reí. Sabía qué estaban pensando, qué pensaban los demás, que los demás no sabían que yo sabía lo que ellos pensaban, y comencé a adivinar lo que todos pensaban simultáneamente. Parecía, antes del acto de adivinación que habría de realizar, que nadie sabía nada. Todos lo sabían todo.

Terminé por deducir que ella se desquitó, quizá, porque la otra ella requería venganza, entonces los había ayudado a lo que yo sabía que posiblemente los demás sabían que ocurría, pero que nadie se atrevería a decir. Siendo como soy, ni siquiera yo intentaría debelar todo lo que sabía acerca de ellos.

–Son cosas personales –él dijo entre escalofríos cuando no la vimos.

Y confirmé lo que ya sabía, que Fernanda lo sabía desde el comienzo. Pensé que la onza libertad se encontraba en trescientos pesos antes de decirle a Fernanda que era como la plata.

Fernanda, eres como la plata –dije.

Como de la nada terminó el saludo, al final nos abrazamos, antes dio ella unos pasos hacia atrás, yo también hacia atrás, y comenzamos a saludarnos, «¡Hola!»

Todos vamos a morir, y allá terminarán todas nuestras cotizaciones y estimaciones. El valor de la plata radica en que es un metal duradero, fiel metáfora del «sudor de la frente». La Poesía es invaluable, porque es trascendental. El dinero es quizá como la vida: vale aquello que deseamos que valga.

14 de Diciembre de 2014
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